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Opinión

  • | 1989/11/06 00:00

    LOS SORDOS

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Desde hace muchos años tengo la impresión de que en Colombia hay una epidemia de sordera. Lo que pasa es que no lo hemos descubierto, precisamente, porque todo el mundo anda sordo y nadie se da cuenta, de la misma manera en que el loco se considera cuerdo. Traigo ahora el asunto a colación por que me parece que ha llegado el momento de pedirle ayuda a al quien, a la ONU, a la Organización Internacional del Café, a la FIFA, al presidente Menem o a quien sea que pueda colaborarnos.

Despues de muchas meditaciones, debo confesarlo, la sordera es la única explicación que he podido encontrarle a ese extraño pero frecuente fenómeno colombiano que se ha extendido por todo el país, a lo ancho y a lo largo, en costas y montañas, en ríos y valles, en metrópolis y en aldeas consistente en que uno pregunta una cosa y le contestan otra.

Voy a ponerles un buen ejemplo, para que nos vayamos entendiendo. La otra noche miraba yo un noticiero de televisión. Aparecen los presentadores. Un caballero y una señora.

- ¿Qué tal, César Augusto? - pregunta ella, con amabilidad.

- ¿Qué tal, Judith? - replica él, sonriente.

Y se queda uno viendo un chispero, sin saber qué tal está cualquiera de ellos dos, porque vivimos en Colombia, la maravillosa nación de la fantasía, el reino de la imaginación, donde la gente contesta una pregunta con otra pregunta.

A veces también ocurre - si es que le vamos a meter sicología a este enredo - que esa costumbre no es más que una demostración de la agresividad colombiana, ya que todo el mundo vive a la defensiva, pensando que siempre hay en los demás una segunda intención, con el espiritu armado. La siguiente escena forma parte de nuestra vida cotidiana. Le ha sucedido a cualquiera.

- ¿Cuánto te costaron? - le pregunta un amigo a otro, en la oficina, mirándole los zapatos nuevos.

- ¿Te parecen muy feos? - revira el dueño.

- ¿Dónde los compraste? - insiste, con decencia, el primero.

- Me costaron 20 mil pesos para que sepas - replica el hombre, y se marcha por el pasillo, taconeando con orgullo.

Ese es un diálogo de locos, naturalmente, en el que las contes taciones no tienen nada que ve con lo que uno está tratando de averiguar. Como la violencia nos ha vuelto desconfiados, la gente está siempre a la expectativa viendo malas intenciones en las conversaciones más inocentes, y todo el mundo desconfia de las preguntas ajenas, aunque sean inofensivas.

Una mañana me encontré, accidentalmente, con un viejo conocido. Hablamos, del modo fugaz y telegráfico como se habla hoy, de una tercera persona.

- ¿Tamayo es pariente tuyo? - le pregunté.

- Los Tamayo son del Huila - dijo él, y se despidió.

Conozco una verdadera joya de esta sordería, un episodio que le ocurrió al periodista Caballero - a quien sus amigos embroman diciéndole que no es ni lo uno ni lo otro - con el chofer que lo recoge en su casa por la madrugada. El periodista subió al vehículo. El chofer prendió el radio. Sonaba un bolero viejo de Daniel Santos.

- Bonita canción - dijo Caballero, por decir algo.

- Ahora no me diga que no le gusta - dijo el chofer.

- Le estoy diciendo exactamente lo contrario - dijo Caballero.

- Además, le puse parlantes nuevos - dijo el chofer.

- ¿Son muy caros? - dijo Caballero.

- ¿Los boleros? - dijo el chofer.

- Los parlantes nuevos - dijo Caballero.

- Yo tengo esa misma canción en un disco viejo de la Sonora Matancera - dijo el chofer.

- ¿De qué año? - dijo Caballero.

- Los compré el sábado, en Sanandresito, y son japoneses - dijo el chofer.

Así, metidos en ese diálogo del absurdo que hubiera envidiado lonesco, cubrieron el trayecto en veinte minutos, hasta la puerta de la emisora.

Hace ya muchos años, en esa tierra mágica, de fábulas y leyendas, que es Barranquilla, me contaron la mejor historia que se haya oido en relación con la sorderología colombiana. Dos compadres se encuentran a la vera del camino, en la carretera de la Cordialidad, cerca de Sabanalarga. Uno está sentado en la hierba.
El otro camina con una maleta de madera en la mano, tratando de alcanzar el bus.

- ¿Para dónde va compadre? - pregunta el sentado - ¿Para Cartagena?
- No, compadre - responde el viajero - Voy para Cartagena.

- ¡Ah, caramba! - se asombra el sentado - Yo pensé que iba para Cartagena...

Y se despidieron con la mano en alto.
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