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Opinión

  • | 2011/10/01 00:00

    Los técnicos economistas

    Los economistas, de derrota en derrota y de fracaso en fracaso, han conseguido manejar tanto en lo teórico como en lo práctico la política desde hace siglo y medio.

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Dice esta revista, a la que supongo bien informada, que en el gobierno de Juan Manuel Santos los economistas profesionales mandan. El presidente lo es, y con él lo son dos tercios de los ministros del gabinete y la mayoría de los altos asesores: el de Hacienda, el de Minas, el de Agricultura, el de Defensa, el de Vivienda, el de Ambiente, el de Protección (sea eso lo que sea: aunque ya lo hemos visto). También el director de Planeación Nacional es economista: ese mismo Hernando José Gómez a quien le debemos (o más bien: quien nos debe, y nos seguirá debiendo) las firmas y refirmas y arrodillamientos y rearrodillamientos del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, que cuando entre por fin en vigor (si es que entra: pues un ángel de la guarda nos ha protegido hasta ahora), arruinará definitivamente el agro colombiano, de cuya ruina nace la violencia colombiana. La próxima oleada de la violencia rural (y de rebote urbano) será en Colombia la provocada por ese TLC que con tanto entusiasmo han mendigado los gobiernos de Santos y de Uribe: los gobiernos de los economistas profesionales colombianos.
 
No hablo solo de los últimos diez años. Desde hace mucho tiempo los economistas han demostrado de sobra, aquí y en medio mundo, que los gobiernos peores son los inspirados o manejados por ellos. Son menos malos todos los demás: los de los generales, los de los teólogos, los de los terratenientes, los de los abogados, los de los monarcas de derecho divino, los de los agentes secretos del espionaje, los de los periodistas. Incluso los de los políticos. (¿Una excepción quizás? ¿La del "milagro alemán" de Ludwig Erdhard en la Alemania de la inmediata posguerra mundial? No: ese gobierno lo dirigía económicamente el político Konrad Adenauer desde la Cancillería, y el economista Erhard se limitaba a traducirlo a la política desde el Ministerio de Hacienda. Cuando él mismo llegó a ocupar la Cancillería, el "milagro" se vino abajo). Los economistas, sin embargo, de derrota en derrota y de fracaso en fracaso, han conseguido manejar tanto en lo teórico como en lo práctico la política desde hace siglo y medio: desde el socialista "científico" Karl Marx hasta el capitalista también "científico" Milton Friedman y sus sucesores neoliberales, cualesquiera que hayan sido sus discrepancias ideológicas (por no decir "científicas"). Y los resultados han sido paralela y estruendosamente catastróficos, tanto del lado de los marxistas como de los friedmanianos. El fracaso de los primeros se vio de sobra con el derrumbe del llamado "bloque socialista" hace veinte años: solo sobreviven, como náufragos sedientos aferrados a los pecios de un naufragio, las dictaduras dinásticas autodenominadas socialistas de Cuba y Corea del Norte. El fracaso de los segundos está hoy a la vista: en los Estados Unidos, en la Unión Europea, en el Japón, en Singapur, en Suiza. En Colombia, no digamos. ¿Han salido mis lectores a la calle?

¿Keynes? Keynes era el socialismo moderado por la sensatez. No se atrevieron: si algo aterroriza a los economistas metidos a políticos es que los puedan tachar de "socialistas", como a ese gran burgués de Londres. (El último que desde la doctrina reclamó ese apelativo de gloria o de infamia fue Marx, pequeño burgués de Londres). De manera que Keynes, cuyas recetas de sentido común sacaron al mundo de la depresión de los años treinta (con la ayuda de un gran político, el presidente Roosevelt, y de una guerra mundial), cuando sobrevino la primera recesión de hace tres años era ya solamente un nombre de referencia: pero no un modelo.

Dice esta revista, en el artículo que comento, que los economistas profesionales que están en el curubito del gobierno de Santos han conseguido llegar a sus posiciones de poder "por su dominio de los temas técnicos, incluso por encima de sus inclinaciones políticas". Me parece que eso no es así, por el contrario: los temas llamados técnicos condicionan de cabo a rabo las decisiones políticas. O más todavía: la inclinación por la técnica es en sí misma una toma de posición política.

En Colombia, donde estamos con sobra de razón hasta la coronilla de la política de los políticos, deberíamos sin embargo tenerle también una sana desconfianza a la política de los técnicos. Aunque se llame distinto, es la misma.
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