Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2003/09/07 00:00

Los tres referendos

El proyecto de hoy, aunque se llama igual, es un referendo para ahondar la corrupción y reforzar la politiquería

Los tres referendos

De Alvaro Uribe esperaban los que votaron por él, y también los que no lo hicimos, que mostrara con la guerrilla la prometida mano dura, o, como él la llama, "mano firme". Y lo está haciendo, aunque sin muchos resultados. Salvo que se considere un resultado el que, por cuenta de haber llamado afeminados a los jefes guerrilleros, los haya excluido de la posibilidad de heredar legalmente a sus parejas. Se esperaba también que mostrara su ofrecido "corazón grande"; y también lo está haciendo, aunque sólo para con los paramilitares: les promete perdón y olvido de antemano, antes incluso de que empiecen las negociaciones (o quizás al cabo de unas negociaciones secretas). Se esperaba que subiera los impuestos; y lo hizo, lo hace y lo seguirá haciendo. Se esperaba que se arrodillara ante el capricho imperial norteamericano tanto como sus predecesores, o más aún si eso era posible: y ha sido posible. En fin: se esperaba que Alvaro Uribe fuera como parecía, y así ha salido: un hombre de derecha.

Pero también se esperaba -esperábamos todos, los uribistas y los antiuribistas- que fuera un tipo serio. No hay que olvidar que veníamos del payaso de Andrés Pastrana, del cuentachistes de Ernesto Samper. Y ese aspecto solemne y trascendental que mostraba Uribe en sus afiches electorales -la mano firme reposando sobre el corazón grande, y la mirada clavada en lontananza (aunque podía tratarse simplemente de la mirada vaga de los miopes)- nos parecía un aspecto de tipo serio. Ahora que hemos vivido un año de Uribe en carne y hueso, y no de Uribe en afiche, lo seguimos viendo solemne y trascendental, sí; y en eso, más que antioqueño, el Presidente parece tan caldense como su superministro Londoño. Pero ya no podemos creer que sea serio, y en cambio lo vemos de regreso a sus orígenes geográficos auténticos: es un culebrero paisa.

En todo: en la payasada demagógica de gobernar en directo para las cámaras de la televisión, desde los pueblos, o desde Arauca, o desde Cúcuta (lo cual, por otra parte, no es tan novedoso como pretende hacérnoslo creer la prensa unánime: hace ya más de un siglo el señor Sanclemente gobernaba desde Villeta, y en tiempos más recientes Turbay gobernó durante varios meses desde un Boeing 727 que daba vueltas y vueltas por el mundo). En la payasada de disfrazarse de arriero antioqueño para gobernar, con su ponchito de algodón al hombro y su sombrerito aguadeño y su carriel (y eso tampoco es nuevo: Andrés Pastrana, para gobernar, se disfrazaba de anuncio de ropa deportiva norteamericana).

Estos detalles, sin embargo, son simples detalles de histrión, muy propios de la vanidad habitual de los dirigentes políticos. ¿No se acaba acaso de disfrazar George Bush de piloto de guerra? Y al mismísimo papa Juan Pablo II, ¿no lo hemos visto acaso vestido de charro mexicano, de jefe sioux, de peregrino del Camino de Santiago, así como de Papa propiamente dicho, con triple tiara y báculo? Detalles, tonterías. Lo que de verdad muestra que el presidente Alvaro Uribe no es un tipo serio es su embeleco con el referendo.

Es verdad que durante su campaña electoral prometió una y otra vez que lo convocaría. Por eso su actual empeño en hacerlo aprobar por los votantes debería ser digno de elogio, como propio de un hombre de palabra que una vez elegido presidente cumple sus promesas de candidato. Pero no es así, porque el referendo que ahora pretende hacer aprobar no tiene nada qué ver con el que entonces prometió que presentaría. Eso se llama dar gato por liebre. Y no es serio.

Se trata, en realidad, de tres referendos distintos. El primero es el que le sirvió al candidato Alvaro Uribe en su campaña para encandilar incautos, el cual era, y así lo indicaba su nombre, un "referendo contra la corrupción y la politiquería". Ese referendo proponía cosas, si no demasiado importantes, sí serias, empezando por la muy impresionante y taquillera revocatoria del Congreso, que es la institución más desprestigiada del país por cuenta de la corrupción y la politiquería de sus miembros. Pero una vez en el poder, lo primero que hizo el presidente Uribe fue trasladarle a ese mismo Congreso que iba a ser revocado la responsabilidad de modificar a su antojo el texto del referendo que lo iba a revocar. Modificado el proyecto a juicio y conveniencia de los politiqueros, intervino la Corte para amputarle al referendo sus artículos más abusivos o simplemente más pendejos. Y como resultado de esas operaciones, el proyecto de referendo que hoy existe, aunque se sigue llamando igual que antes, es en realidad un referendo para ahondar la corrupción y reforzar la politiquería. Bastaría para demostrarlo así el hecho de que los ex presidentes Turbay y Samper lo apoyen con ahínco.

Y sin embargo tampoco es ese el referendo que los uribistas llamados "colombianos por el referendo" promueven mediante una campaña de dibujitos en la que intentan venderles a los votantes un tercer referendo, que no tiene nada qué ver ni con la corrupción ni con la politiquería, sino con las necesidades insatisfechas de los colombianos. "El referendo -asegura falsamente la campaña- es la oportunidad de dar mejor educación y agua a los colombianos".

Nadie va a rechazar eso, claro está. Pero es mentira. Y eso se llama dar faisán por liebre. No sólo no es serio, sino que además es una estafa.

¿No hay -pregunto desde la ignorancia jurídica- ninguna sanción prevista por los códigos para la publicidad mentirosa?

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