Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/10/27 00:00

Los umbrales

¿La liberación sexual que predicábamos era esta vulgaridad? La pinta de las divas es un reclamo perpetuo: lo doy, lo doy, lo doy...

Los umbrales

Me he pasado media vida predicando la claridad de la escritura. Pienso que lo rebuscado y lo oscuro son pestes contemporáneas que, contra lo que pudiera pensarse, no son hijas de la dificultad, sino del facilismo. Es más fácil escribir de un modo confuso que de manera simple, pues lo simple requiere concentración y capacidad de aclarar y redactar

con orden los conceptos. En cambio para obtener lo oscuro basta con ensuciar el léxico o la gramática. Con el estilo difícil se puede engañar a muchos incautos que confunden lo incomprensible con lo profundo.

Uno podría escribir: "El futuro de la gobernabilidad pasa por el presente de la correspondencia entre el deber ser y el ideal de la democracia, que no es otra cosa que la tensión dualista de la sustancia real y el sueño utopista". A un blablablá así, intentamos darle sentido, y podríamos incluso encontrarlo profundo, pero no porque tenga un hondo significado, sino por el esfuerzo que hacemos por entenderlo.

Sin embargo, hay un umbral en el que lo simple, jalado todavía más hacia lo llano, no es más que vulgaridad y pura ramplonería. Hay escritores tan sencillos que aflojan la tensión y dejan aflorar, entonces, solamente lo burdo y la porquería. Los sinceros a toda costa, los crudos inútiles. Es conveniente la simplicidad, mientras no pase el umbral inferior de lo vulgar. Dos ejemplos: locutores de radio que se dedican a hacer chistes verbales de doble sentido; novelistas de segunda sumergidos en la pornomiseria y en la descripción explícita de lo más bajo.

Ante un escrito claro, pero ramplón, preferiría refugiarme entonces en esa especie de lenguaje secreto, abstruso, comprensible tan solo para los iniciados, que con tanta belleza predicaba León de Greiff: "Para el asombro de las greyes planas / suelo zurcir abstrusas cantilenas. / Para la injuria del coplero ganso / torno mis brumas cada vez más densas. / Para el mohín de lo leyente docto / tizno mis versos de macabros untos".

Otra parte de mi vida me la he pasado defendiendo los derechos del cuerpo contra las amenazas del pecado y las admoniciones moralistas de los predicadores religiosos. Creo que no debemos negarnos, en una vida tan llena de situaciones amargas y dolorosas, ese regalo casual y no tan frecuente de la felicidad de los sentidos. Sin embargo, recorriendo mi país, muchas veces no veo sino un regreso grotesco y permanente a la total animalidad del sexo. Muchas señoras y muchachas de Medellín se visten idéntico a como solamente se visten las putas en Berlín: las botas en el trópico, altas hasta las rodillas (que allá son la prenda para azotar la calle invernal), los escotes hondos hasta el ombligo, el abuso de prótesis protuberantes, el maquillaje sobre el maquillaje.

Cuando las veo así, publicistas de sí mismas, oferentes baratas en el competidísimo mercado de la carne, esa especie de cura que todos llevamos dentro se rebota en mí. ¿La liberación sexual que predicábamos era esta vulgaridad? Las imágenes de la publicidad y de la televisión, la pinta de las divas en las telenovelas, no es otra cosa que un reclamo perpetuo: lo doy, lo doy, lo doy. Y de repente, entonces, nada parece más atractivo que el recato casi monjil de las mujeres árabes, cubiertas hasta el último centímetro de piel, que solamente con los ojos te indican un camino improbable pero no imposible.

Me he pasado otro largo pedazo de la vida predicando la justicia, protestando contra la injusticia, poniendo la igualdad por encima de la libertad, denunciando la miseria de los pobres, la prepotencia de los ricos, los abusos de los poderosos. Y sin embargo, veo cómo votan los pobres, cómo a sí mismos y solos se clavan el puñal, de qué manera cambian un voto por un almuerzo o una botella de aguardiente, y con cuánta sevicia se atracan entre ellos, se matan entre ellos, y en vez de un trabajo de ocho horas diarias exigen tres subsidios que compensen con limosnas y paternalismo estatal su desidia y su inactividad. Entonces ese derechista que todos llevamos dentro sale también a relucir y dice: si eso es lo que quieren, si son tan brutos, que se jodan, que se queden así.

Y aunque otro día volveré a predicar la claridad (y escribiré artículos que se entiendan fácilmente y no parábolas difíciles de descifrar); y aunque otra vez defenderé la sensualidad contra la pacatería de los moralistas (y veré con ojos más tolerantes las minifaldas, las botas, los escotes); y aunque después vuelva a sentir compasión por la miseria de los miserables, hoy tengo ganas de estar en contra de mí mismo, de lo que siempre he pensado, y digo: que vivan los oscuros que solamente se entienden a sí mismos y se refugian en su torre de marfil; que vivan los castos que ven con horror este mar de vulgaridad y de sexo a toda hora como primer valor; y que los pobres sigan hundidos en su atraso, porque ellos mismos se lo han buscado pidiendo limosnas estatales y vendiendo su voto al último populista electoral.

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