Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2000/03/06 00:00

Los unos, los otros, y los demás

El discurso de Manuel Marulanda se ha vuelto tan confuso y contradictorio como el de Andrés Pastrana: los dos hablan como Cantinflas.

Los unos, los otros, y los demás

Se van ellos cogidos de bracete a viajar por medio mundo, mientras aquí nos seguimos matando. Es lo que llaman “negociación en medio de la guerra”: negociación entre unos, guerra entre otros. Decía Paul Valéry que la guerra consiste en que una gente que no se conoce se mata por otra gente que sí se conoce pero que no se mata. Por eso causó tan dolida extrañeza la amenaza del jefe de las Farc a los directores de los medios: ¡Pero cómo, si nos conocemos! ¿Acaso no somos de los mismos?

Manuel Marulanda dulcificó su tono, pero insistió en que no eran intocables. Con razón. ¿Por qué van a serlo, si los otros llevan décadas pidiendo que maten a Marulanda? Pero también es cierto que todos se están volviendo de los mismos: intocables unos y otros, mientras los demás se matan.

Y están haciendo de las mismas. Así, por ejemplo, los representantes de la guerrilla hacen ahora, como durante tantos años se les ha criticado a los parlamentarios del establecimiento, turismo internacional por cuenta del erario. Así también cobran impuestos: no sólo vacunas, rescates de secuestro, extorsión, sino también comisiones a los municipios, a los contratistas de obras públicas, a los transportadores, a los comerciantes. Impuestos que, como los que administran los políticos tradicionales, no se invierten en la comunidad, sino en aceitar maquinarias políticas, o armadas, a su propio servicio. Así también la justicia ‘revolucionaria’ que imparte la guerrilla en sus zonas de influencia es idéntica a la que imparten los jueces más venales del sistema: los fallos favorecen al más amigo, o al mejor postor. Así también las guerrillas se reparten el trabajo con el hampa común, a la cual pagan comisiones por sus secuestros, como los terratenientes pagan comisiones a los paramilitares por sus asesinatos. Y así también sus métodos de guerra ‘convencional’ son los mismos de destrucción total que le reprochan a su adversario: cilindros de gas o bombas de fragmentación, quiebrapatas o minas antipersonales. Y sus víctimas son también las mismas: la población civil.

Los propios guerrilleros defienden el uso de los cilindros de gas para destruir casas en los pueblos tomados alegando que si no son acaso iguales a las bombas que destruyen casas en los pueblos defendidos. Pues claro que son iguales, y eso es lo que tienen de malo tanto los unos como las otras. Pero que consideren que hay una justificación en esa equivalencia subraya justamente el hecho de que son iguales, e igual de malos, los que usan bombas y los que usan cilindros.

Tan iguales son, tan iguales se han vuelto, que ya están hablando igual. El discurso de Manuel Marulanda, tan claro y tan coherente cuando hablaba en marranos y gallinas sobre el origen de la guerra social, ahora que habla sobre sus métodos a la luz del derecho internacional humanitario se ha vuelto tan confuso y tan contradictorio como el de Andrés Pastrana: los dos hablan como Cantinflas. Tan iguales se han vuelto que el jefe guerrillero explica el reclutamiento de niños en la guerrilla con el argumento de que es “una norma de la organización”, usando el mismo enfoque leguleyo de los generales que hace un par de años defendían la participación en combate de los soldados bachilleres de 15 años citando una ley del Congreso. Tan iguales se han vuelto que dicen exactamente lo mismo: se adelantará una investigación exhaustiva —anuncian los comandantes de frente— para ver si tenemos secuestrado a un secuestrado, aunque como es sabido nosotros no secuestramos; se adelantará una investigación exhaustiva —anuncian los comandantes de división— para ver si hicimos desaparecer a un desaparecido, aunque como es sabido nosotros no ‘desaparecemos’.

Mienten unos y otros por igual. Miente el gobierno cuando pretende, contra toda obviedad, que la ayuda militar norteamericana no es para hacer la guerra. Miente la guerrilla, contra todo sentido común, cuando sostiene que el pago de extorsiones es una contribución para financiar la paz. Mienten tanto los unos y los otros que ya sólo son veraces cuando se acusan mutuamente de decir mentiras: los militares cuando afirman que la guerrilla sí secuestra, sí practica el terrorismo, sí se lucra con el narcotráfico; los guerrilleros cuando aseguran que el Ejército sí ‘desaparece’, sí practica la tortura, sí colabora con los paramilitares del narcotráfico. Unos y otros mienten descaradamente; pero a la vez se engañan, unos y otros por igual, cuando creen que cada cual está engañando al otro. Tumbándolo, para decirlo en buen colombiano. (Y ¡ay!, qué poco orgulloso me siento...).

Sólo tienen razón los unos y los otros cuando dicen, al unísono, la misma cosa: que los otros (o sea, los unos) nos están engañando a los demás.

Hay quienes piensan que todo este proceso de negociaciones por arriba acompañado de guerra por abajo acabará llevando a un cogobierno. A un gobierno compartido entre los unos y los otros, como fue en su momento (y sigue siendo) el sistema del Frente Nacional al que se llegó después de mucha sangre derramada por abajo cuando los jefes liberales y conservadores se dieron cuenta, por arriba, de que unos y otros eran exactamente iguales. Los que piensan así se consideran optimistas. Yo creo también que, en efecto, hacia allá va este proceso. Pero eso es lo que me hace ser pesimista. No por los unos, ni por los otros: sino por los demás.

Aunque, claro, la guerra total que preconizan algunos y patrocinan los gringos puede ser mucho peor. Para todos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.