Lunes, 16 de enero de 2017

| 2000/04/03 00:00

Los viejos odios

Los hechos de hoy recuerdan la oposición del liberalismo al gobierno de Ospina

Los viejos odios

Existen los partidos políticos, cómo dudarlo. Decir que se acabaron, que la juventud los desconoce, etcétera, es algo tan repetido que se han hecho viejos los jóvenes que desconocían los partidos, y hoy son políticos a su nombre. Existen como las brujas, están ahí. Tienen directorios, un poco anónimos, es verdad, pero mueven electores y figuran inscritos en el Consejo Electoral.

Puede ser cierto que las fronteras entre los partidos se fueron desdibujando, desde la época remota en que así lo reconocía el primer presidente Alfonso López. De hecho, en los últimos tiempos, hemos tenido gobiernos tan fuertes y restrictivos como los de Lleras Restrepo y Turbay Ayala, muy a pesar de haber sido liberales, y gobiernos permisivos, como el de Belisario Betancur (excepción hecha del holocausto, en que le ganaron de mano los militares) y aun el actual, que como ninguno se ha atrevido en materia de paz negociada, gobiernos que han sido conservadores.

Pero las que persisten al extremo son las fobias políticas. El enfrentamiento, hoy llamado polarización, que se ha dado, por ejemplo, entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana no ha sido solamente por la emulación generacional, ni por la escandalosa financiación electoral de uno de ellos, sino también porque ambos fueron gobiernos nacidos de convenciones políticas formales de partidos enfrentados.

Y la historia se repite. Los hechos de hoy recuerdan la inclemente oposición que hizo el liberalismo al gobierno del conservador Ospina Pérez, para ese momento histórico un hombre de extremada moderación en materia política. Ospina invitó a una sincera conciliación nacional, pero el partido caído del poder no le perdonaba haber sido proclamado, en convención de partido, por el máximo jefe de su colectividad, como tampoco le perdonó por años al presidente liberal, Lleras Camargo, que hubiera ‘entregado’ el poder. Esto se dice, a sabiendas del chisporroteo de indignación que puede ocasionar entre comentaristas, que ni siquiera vivieron la época de los grandes odios, o demonios, del medio siglo.

Así mismo ahora, descubriendo el sectarismo, el tan desconocido político como reconocido economista, Luis Guillermo Vélez, director encargado del Partido Liberal, enfrenta baterías contra la administración Pastrana, con una hipótesis que hace sonreír. Porque es inocente pensar que el actual mandatario quiera emular con Fujimori, o con Menem o, quizás, con Chávez, perpetuándose en el mando, en connivencia con las Farc (!).

Se vislumbra la intención del director encargado, de torpedear una labor de pacificación, porque no son personalidades de su partido las que lideran el proceso. Y eso que Procurador y Fiscal, indiscutibles jefes samperistas, han sido partícipes o, por lo menos, invitados a participar en las conversaciones. El Fiscal ha tenido una cierta dignidad en no aceptar, a la vista de sus funcionarios desplazados de la zona de distensión y, en su criterio, para salvaguardar la soberanía de la justicia.

La carga de caballería liberal se ha enfilado igualmente en contra del vocero Fabio Valencia Cossio, partícipe de los acuerdos de paz, intuyéndose, lo que no es difícil, su precandidatura presidencial. Sea lo que fuere y de las simpatías que fuere, es hombre de una importante trayectoria política. Hoy es víctima de las ironías de su émulo Horacio Serpa (a quien le va mejor con los refranes) y, por ahí también, de una truculenta descripción, a cargo de un humorista del diario de C. Ll. de la F.

La lucha política es así y se prefiere que no tenga bajezas, pero lo que sí es realmente de risa es que se piense en el cogobierno Pastrana-Farc, con miras electorales y con asambleas constituyentes de bolsillo que autoricen reelecciones, como en el Perú de Alberto Fujimori.

Lo de la paz ni siquiera se puede decir que esté andando. El acercamiento, más que todo personal, los viajes, los riesgos aéreos compartidos y demás, son factores de confianza entre los dialogantes, así como el tour instructivo por Europa, pero de ahí a la convergencia en puntos claves de negociación, que implicarían el vuelco total de las estructuras económicas, sociales y políticas del país, hay mucho trecho. La treta partidista consiste ahora en decir que si no es Andrés, por reelección, cualquiera que llegue al poder, cercano a su gobierno, será producto de un pacto secreto con las Farc, para continuar sin término las negociaciones.

Ante la llegada inminente de Samper, el candidato Serpa se empieza a ver en desventaja, como que a ambos los cubre el gran bulto del paquidermo. Pero no advierte que el arduo proceso hacia la paz no lo va a continuar ningún Valencia Cossio, sino, muy posiblemente, una mujer, la que a su vez tendrá que decidir si sale elegida de convención política o se deja llevar al desgaire de su organización y al azar de sus votos de franja.

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