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Opinión

  • | 2008/07/24 00:00

    Los que vivieron el secuestro, ¿ahora víctimas del periodismo?

    El insensible tratamiento que los medios dieron a las experiencias de quienes sufrieron el secuestro no sólo ha caído en la vulneración de su derecho a la intimidad, sino también ha atentado contra su dignidad y por someterlos a una segunda forma de victimización

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Impresiona el poco profesionalismo con el cual los medios de comunicación han tratado las experiencias dramáticas vividas por los secuestrados recién liberados y por sus familias con motivo del cautiverio. Las afectaciones de sus relaciones personales han recibido la atención propia de los chismes de farándula: se difunden como si fueran información de interés público y se interpretan a través de especulaciones sin mayor fundamento, que parecen buscar saciar el morbo de los espectadores.

Así, la separación de Jorge Eduardo Gechem fue anunciada como primicia en confidenciales y teléfonos rosa, que sugirieron como causa de la ruptura sus amoríos en la selva. El saludo público de Ingrid Betancourt y su esposo al momento de su reencuentro fue juzgado como demasiado parco y dio lugar a conjeturas sobre el final de la relación. Y el distanciamiento de Clara Rojas e Ingrid ha sido objeto de múltiples elucubraciones que incluyen diferencias personales, enredos amorosos y un enfrentamiento directo surgido tras el nacimiento de Emmanuel.

Pero la falta de profesionalismo no se ha detenido ahí. Ciertos periodistas han interrogado de forma inquisitorial a los ex secuestrados sobre íntimas y dolorosas vivencias enfrentadas durante el cautiverio, que requerirían un abordaje especial a fin de no causar un sufrimiento mayor. Así, sin ningún escrúpulo, el periodista estadounidense Larry King preguntó a Ingrid si había sido violada, y Juan Gossaín preguntó a Clara Rojas si era cierto que hubiera tratado de ahogar a su hijo recién nacido en un río.

Estos y otros bochornosos episodios han sido ya criticados por otros comentaristas como Eduardo Pizarro y Maria Jimena Duzán por el hecho de vulnerar el derecho a la intimidad de los liberados. Creo, sin embargo, que el insensible tratamiento dado a las experiencias de estos por parte de los medios de comunicación no solo es problemático por vulnerar su derecho a la intimidad, sino también por atentar contra su dignidad y por someterlos a una segunda forma de victimización.

No hay que olvidar que los ex secuestrados y sus familias son, ante todo, víctimas de graves violaciones de derechos humanos, y que los hechos que pretenden escudriñar los medios se refieren a las atrocidades cometidas en su contra o a los daños producidos por estas.

Así pues, en la gran mayoría de casos, las rupturas de sus relaciones amorosas o de amistad constituyen uno de los muchos daños causados por tales atrocidades. Sin embargo, su tratamiento banal y morboso desconoce esta situación, y al hacerlo niega su condición de víctimas, equiparándolas a cualquier otra figura pública cuya vida privada atrae la atención. Dicha negación impide que las víctimas recuperen plenamente la dignidad que les fue pisoteada con los crímenes atroces, pues para que esto suceda resulta esencial el reconocimiento público de los daños sufridos y de su carácter injusto.

Pero además, muchos de los acontecimientos vividos durante el cautiverio que suscitan el interés de los medios son crímenes atroces particularmente sensibles, tal y como sucede en el caso de la violencia sexual. En ese sentido, indagar por ellos en un medio masivo de comunicación puede implicar una nueva forma de victimización para quienes los han sufrido, al exigirles revivir los hechos traumáticos a través de mecanismos inadecuados y en un escenario poco propicio para tal fin. En particular, las mujeres víctimas de violencia sexual suelen vivir una segunda experiencia de victimización cuando son interrogadas públicamente y por hombres sobre el acaecimiento del crimen, en razón de los sentimientos de vergüenza e inferioridad que ello puede generar.

Más aún, ese tipo de situaciones puede inhibir a las víctimas a narrar sus historias y a denunciar públicamente a sus victimarios a través de los canales institucionales por miedo a volver a sufrir una experiencia victimizadora, lo cual obstaculiza que aquellas satisfagan sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación. Quizás esto explica la respuesta de Ingrid y Clara a las ofensivas preguntas de sus entrevistadores, consistente en decir que había ciertas cosas que preferían dejar en la selva.



*Por Maria Paula Saffon es investigadora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad –DeJuSticia– (www.dejusticia.org), creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos.


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