Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1997/12/29 00:00

LUCES SOBRE UN CASO

LUCES SOBRE UN CASO

Confieso que el último libro de Germán Castro Caycedo, La muerte de Giacomo Turra, me ha dejado algún problema de conciencia. ¿Dónde está la verdad? Cuando, cerrada la investigación, leí el informe de la Fiscalía sobre este tormentoso caso, me pareció que sus conclusiones no dejaban lugar a dudas: los policías debían ser detenidos. Y así lo escribí en esta misma columna. Pero ahora... Lean el libro y comprenderán mi zozobra. Lo revelado en él hace tambalear muchas cosas, y entre ellas el propio informe de la Fiscalía. Dicho informe, en efecto, se basa en dos hechos para sindicar a los policías. Uno, que al ser llevado el joven Turra por primera vez al hospital de Bocagrande, la médica de turno no advirtió sino raspaduras en su cara y que, en cambio, 45 minutos después, cuando fue llevado de nuevo, ya moribundo, su rostro y su cuerpo estaban llenos de laceraciones y golpes como si en ese breve lapso hubiese recibido una golpiza de los agentes.El libro desvirtúa este indicio. Muchos testimonios coincidentes, recogidos allí, demuestran que, antes de ser llevado al hospital por primera vez, el joven Turra, víctima de una frenética alteración síquica, presumiblemente atribuida al alcohol o a la droga, se dio feroces golpes contra las paredes y el pavimento, fuera del restaurante Mee Wah. Nadie vio allí que los policías lo golpeasen sino que, antes bien, éstos intentaban sujetarlo y controlarlo.Si la médica no vio tales golpes la primera vez fue sencillamente porque Turra permaneció en el auto de la patrulla, en la oscuridad, y ella no lo examinó a la luz ni le prestó el auxilio médico debido, limitándose a ordenar a una enfermera una inyección de largactil y sinogan. Nadie normal, policía o no, lleva a un muchacho a un hospital para luego, una vez adormecido, golpearlo sin misericordia. La otra prueba: un testigo, que declaró año y medio después, habría visto cómo, al sacar a Turra de la patrulla y llevarlo a la inspección, un agente lo habría dejado caer en la escalera de entrada ("este h.p. me babeó") y otro le habría dado un puntapié. Los dueños del restaurante chino, que estaban allí, no vieron tal cosa. ¿A quién creerle? Además, Castro Caycedo demuestra que no había escalera sino una rampa: la escalera fue construida meses después. Dicho esto, yo entiendo la reacción del profesor Turra, padre de Giacomo, y del embajador Capece, que tomó estas pruebas como fundamento de sus empecinadas gestiones. Toda una concatenación de hechos explican _en primer grado_ su respectiva indignación. En efecto, el profesor oye decir a la Policía que su hijo murió por una sobredosis de droga y encuentra un cadáver lacerado, lleno de golpes. Una compatriota suya, residente en Cartagena, la señora Fava, que no estaba presente en el restaurante, le reporta una versión inexacta de lo ocurrido allí: los policías, llamados por el propietario, habrían dado patadas y golpeado ferozmente a Giacomo con bastones. Luego, otro testigo, Julio Londoño, un cuidador de autos en el edificio donde vivía Giacomo y a quien Italia le dio asilo humanitario, le dice que esa misma policía, después de la muerte del muchacho, entró al apartamento de éste y puso allí, como falsa prueba de muerte por droga, un tarrito con cocaína. Además afirma haber recibido amenazas. Con semejantes indicios uno entiende todo el furor que este caso pueda haber suscitado en la opinión pública italiana, en el gobierno de aquel país y en su embajador en Bogotá. Sin embargo, leyendo uno el libro de Castro Caycedo, es evidente que la versión oficialmente asumida por Italia (la de una policía brutal que masacra al muchacho italiano) sufre con todos los testimonios recogidos por Castro Caycedo un serio cuestionamiento. Muchas cosas dichas y difundidas por la prensa tambalean y aun la investigación de la Fiscalía colombiana resulta, a la luz de lo revelado en el libro, llena de graves deficiencias. Desde luego, no nos corresponde a los periodistas de Colombia o de Italia erigirnos en jueces, así como tampoco a los diplomáticos o a los gobiernos, señalando de antemano culpables o inocentes. Lo que uno puede registrar, mientras se produce un fallo, revisando los hechos y testimonios reportados en el libro de Castro Caycedo, son negligencias monstruosas. Drogado o no, no es posible dejar morir a un muchacho por falta de atención médica o desidia policial, así en su muerte hubiesen intervenido golpes recibidos o autoinfligidos, la droga ingerida o la irresponsable inyección que le aplicaron. Pero tampoco, por indignante que esto sea, se puede presentar la muerte de Giacomo Turra como una conjura criminal de la cual resultarían cómplices, ante la comunidad internacional, los colombianos, el gobierno, los jueces, los investigadores, la Policía. Pese a todo, no somos un bárbaro país donde la muerte de un joven turista es objeto de encubrimientos ante la indiferencia de la opinión pública. Las investigaciones dirigidas por el propio García Márquez, al frente de todo un equipo de periodistas colombianos e italianos, y el libro de Germán Castro, que es un trabajo serio, honesto e insaciable, así lo demuestran.

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