Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/04/18 09:29

El centro de Bogotá necesita ser replanteado

Con seriedad, con planificación y con una mirada hacia el futuro.

Lucía Bastidas Foto: Archivo particular

El centro de Bogotá no puede seguir siendo sinónimo de deterioro, dejadez, abandono, inseguridad e indigentes. Y por supuesto no puede ser el símbolo de la desidia, la falta de coordinación, la anarquía y la indiferencia de las entidades que tienen alguna misión que ejecutar y que, hasta ahora, no la han cumplido.

Los centros de las ciudades, especialmente las capitales, suelen ser el corazón de la cultura, la identidad y el patrimonio histórico. De acuerdo con la atención que los gobiernos locales y nacionales les ponen, tienden a desarrollar vocaciones que los convierten en ejes de la economía y de la vida urbana.

Sucede con México D.F., con Quito, con Lima y con Asunción, para solo mencionar algunos ejemplos latinoamericanos donde todas las entidades locales y nacionales trabajan en equipo para desarrollar estrategias y políticas que permiten ejecutar proyectos puntuales para potenciar sus centros tradicionales e históricos.

Por nuestro centro de Bogotá transitan dos mil personas por minuto. Las cifras oficiales indican que la población flotante llega a 1’700.000 al día, aunque sus residentes permanentes no alcanzan a las 290.000 personas. Por sus calles transitan estudiantes, trabajadores, turistas, congresistas, magistrados, jueces, funcionarios públicos, incluido el Presidente, comerciantes, compradores, pero también vendedores informales que invaden el espacio público, ladrones que siembran el terror e indigentes que utilizan los andenes y calles como baños públicos.

Sí, nuestro centro alberga las 17 iglesias más antiguas y ricas en patrimonio de la ciudad, 138 colegios entre públicos y privados, tres teatros, 25 museos y seis plazas encabezadas por la de Bolívar, nuestra plaza mayor, además de ser sede de 13 de las principales universidades de la capital, las bibliotecas Nacional y Luis Ángel Arango, las más antiguas de la capital, y de los restaurantes que ofrecen lo mejor de la gastronomía.

También es el centro del poder en todas sus expresiones: el Congreso de la República, la Presidencia, el Palacio de Justicia, el histórico Palacio de San Carlos, desde donde se tejen las relaciones con el mundo, la Catedral Primada, y claro, el Palacio Liévano, sede del Gobierno de la ciudad y el comando de la Policía Metropolitana, encargada de la seguridad ciudadana.

No obstante, también es sede de la zona de tolerancia de Santa Fe, en la localidad de Los Mártires, donde el negocio de la prostitución se apoderó de uno de los barrios tradicionales construido en el siglo XX; el Bronx, el mayor centro de tráfico de armas y drogas del país, que es territorio vedado para los ciudadanos y las autoridades, y de San Bernardo, otro barrio tomado por las mafias del tráfico de estupefacientes, a pocas cuadras del Palacio de Nariño, la sede del presidente.

Y también es cierto que al centro lo bordea una carrera décima en la que sus edificaciones están en decadencia y claman con urgencia una intervención urbana, porque la dejadez a la que las han sometido sus dueños las ha llevado al punto de amenaza de ruina. Y eso es lo que ven los turistas que se atreven a salir del centro histórico para asomarse al centro tradicional.

Y una verdad inocultable: tenemos vías emblemáticas como la calle 19, o plazas tradicionales como la de La Mariposa en San Victorino, totalmente tomadas por prostitución y ventas callejeras, donde los peatones no tienen por dónde caminar. Y como ellas hay otros sectores del centro como San Andresito de San José, los alrededores de la plaza de Paloquemao o la plaza Samper Mendoza.

Lamentable el espectáculo de habitantes de calle y consumidores de droga que presencian a diario transeúntes, turistas y residentes en la plaza de Los Mártires o en la de España, donde los peatones y caminantes tienen que pasar de prisa para no ser abordados e incluso asaltados.

Este panorama no tiene por qué existir. Hay planes, proyectos y programas, que han sido formulados, que podrían llevarse a feliz término si adoptamos ejemplos como el de México D.F., que tiene un Consejo Consultivo de Rescate del Centro Histórico y una Comisión de Reordenamiento y Regulación del Comercio del Centro Histórico, en los que tienen representación todas las entidades locales y nacionales que tienen algo que aportarle al centro.

No se trata de crear más burocracia, sino de poner en funcionamiento una instancia coordinadora que sea capaz de orientar las acciones públicas y privadas que hagan del centro histórico y tradicional un verdadero espacio ambiental, histórico, cultural, turístico, residencial, económico, administrativo, comercial y de servicios con un alto nivel de competitividad, con vocación de liderazgo estratégico y referente cultural, como está consignado en los proyectos que reposan en los anaqueles de las entidades del Distrito.

Necesitamos acciones físicas para mejorar el mobiliario y el entorno urbano, pero también procesos de concertación para aprovechar ordenadamente el espacio público y garantizar la movilidad y la seguridad. Necesitamos un centro pensado en la gente.

*Concejala de Bogotá

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