Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/02/10 08:13

¡Te voy a arruinar la vida!

Un estudiante de último año del colegio San Francisco ahorcó a su novia con una media velada en una residencia de Puerto Colombia

Yezid Arteta

Los dos hombres, pertenecientes a la brigada de homicidios de Baltimore, conversan sobre cualquier cosa mientras comen carne de cangrejo. Los polis arrojan las pinzas y los caparazones de los crustáceos encima de la página de un periódico que trae la noticia sobre trece mujeres encontradas muertas en un contenedor descargado en el puerto. Los policías de la serie «The Wire» se toman las cosas con calma y los traficantes de personas se lamentan, no por la espeluznante muerte de las mujeres, sino por la merma en sus ganancias.

En «Código Desconocido», el filme dirigido por Michel Haneke, hay una escena en la que dos jóvenes suben a un vagón del metro y empiezan a provocar a una chica hasta el punto de escupirle la cara. Los pasajeros miran la acción, pero no son capaces de mover un dedo y sólo un hombre viejo y machacado por la vida reacciona contra la maldad y la brutalidad.  

«Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien» corearon centenares de hinchas en el estadio de futbol Benito Villamarín de Sevilla. Los canticos fueron una apología de los actos violentos imputados a Rubén Castro, el máximo goleador de la historia del Club Real Betis, acusado por una Juez de Violencia sobre la Mujer de cometer cuatro delitos de maltrato y un quinto delito de amenaza contra su exnovia.

En Colombia, según cifras oficiales, cada cuatro días una mujer muere a manos de su pareja. En Cali matan mujeres como a moscas y en otras ciudades capitales los feminicidios se camuflan con tinta de calamar. Para un importante segmento social colombiano la mujer no es más que un mero instrumento para el embarazo, la maternidad y la lactancia. Para muchos hombres la mujer no es más que una especie de esparrin que puede ser castigada a cualquier hora y por cualquier motivo. El problema va más allá de la contabilización de los casos de mujeres afectadas por la violencia de genero. El problema de fondo tiene que ver con la hegemonía cultural que predomina en el país. Es un listón de valores extemporáneo y violento que hay abatir en el campo de las ideas. Comenzando por la escuela.   

Recuerdo un caso que causó agitación en Barranquilla a finales de los setenta. Un estudiante de último año del colegio San Francisco ahorcó a su novia con una media velada en una residencia de Puerto Colombia. Un desencuentro sexual, contó el acusado. El penalista y luego gobernador del Atlántico, Miguel Bolívar Acuña, defendió al homicida. Con el argumento de la «ira y el intenso dolor» el abogado consiguió atenuar la condena contra su cliente. «Mató en defensa de su honor», expuso la defensa ante el jurado. Hay jueces, clérigos, políticos y miembros de los aparatos de represión del Estado que todavía defienden esta suerte de razonamiento machista.

Revistas colombianas tales como «SoHo» -muy apetecida entre ejecutivos, curas, funcionarios asolapados de la Procuraduría y la Defensoría y presos de toda laya- deberían seguir el ejemplo de la mítica Playboy y empezar a vestir a las mujeres en sus portadas. No estaría mal que las escuelas y los institutos hicieran menos concursos de belleza en las aulas y estimularan, a cambio, escenarios de naturaleza creativa, intelectual, artística o deportiva, entre otros. Es una vergüenza que la televisión privada colombiana tenga que emplear el cuerpo de las mujeres como anzuelos para pescar audiencia. No tiene sentido que los medios sigan en competencia con la infinita oferta de sexo y pornografía que se puede conseguir de forma gratuita en la web.

Si algo vale la pena destacar entre tanta mediocridad es lo que han hecho millares de mujeres colombianas para organizarse y resistir todas las formas de violencia que han padecido. El tema de las victimas hubiera pasado como una anécdota más en las negociaciones de paz si las organizaciones de mujeres no hubieran plantado cara. Sin la energía de cientos de miles de mujeres colombianas hubiera sido imposible aminorar la barbarie. Contra viento y marea, solas o en grupo, siguen dando lecciones de coraje.

«Salvados», el exitoso programa de reportaje de la TV española y dirigido por Jordi Évole -una especie de Michael Moore hispano- abordó el pasado domingo el tema de la violencia machista. En el reportaje aparecieron testimonios de ex maltratadores sometidos voluntariamente a tratamientos sicológicos. Los televidentes vieron y escucharon a una mujer describiendo la manera como su expareja la atacaba a golpes y le gritaba: «te voy a arruinar la vida». Una magistrada, no tuvo reparos en decir frente a la cámara de que la violencia machista es una especie de terrorismo que cobra centenares de muertes. El machismo, en resumidas cuentas, es un pensamiento que se traduce en violencia.

Tras la data: En septiembre pasado escribí una columna para esta revista titulada «La izquierda retro». Algunos no se la tomaron en serio y creyeron que mis neuronas empezaban a echar humo. Los hechos están allí: Jeremy Corbyn ganó la jefatura laborista en Inglaterra y Bernie Sanders empieza a ganar las primarías demócratas en los Estados Unidos. Dos íntegros izquierdistas están movilizando a millones de trabajadores y jóvenes aplastados por una minoría despiadada que no pasa del 1%. «Los Liquidadores» colombianos son también el 1%.

En twitter: @Yezid_Ar_D

 Blog: https://yezidarteta.wordpress.com/author/yezidarteta/ 

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