06 septiembre 2013

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Mal gobierno

Por Antonio CaballeroVer más artículos de este autor

OPINIÓNEl resultado de estos tres años de incumplimientos le está cayendo ahora encima a Santos de un solo golpe.

Mal gobierno.

Foto: León Darío Peláez / Semana

Juan Manuel Santos empezó su gobierno lanzando audaces iniciativas, contradictorias con lo que de él esperaba, o se temía. Cada vez que se asomaba al balcón de la televisión para anunciar alguna la calificaba de “histórica”, de “trascendental” y de “sin precedentes”. 

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>Y eran por lo menos, como digo, sorprendentes. Para decepción de los uribistas, que lo 
habían creído tan uribista como su jefe: reconocimiento de la existencia del conflicto armado interno y búsqueda negociada de la paz; normalización de las relaciones con los países vecinos; reconciliación del gobierno con las altas cortes. 

Y para asombro de sus críticos, que siempre lo habíamos visto como de la pura almendra neoliberal en lo económico y del tuétano represivo en lo político: devolución de tierras; reparación de víctimas; incluso legalización de las drogas en contra de la doctrina prohibicionista de los Estados Unidos. ¿Eso era de repente Santos? Nadie lo podía creer. Cambiante sí, desde luego: siempre con el viento en popa. Pero, ya desde el poder propio ¿antisantista?

Costaba creerlo. Yo acababa de escribir, durante la campaña electoral, una columna titulada ‘Es peor Santos’: peor incluso que un irresponsable megalómano como el candidato del pantano verde, Antanas Mockus. Venía de ser nada menos que ministro de Defensa de Uribe, y en su zigzagueante carrera había sido ministro de Comercio Exterior de Gaviria y ministro de Hacienda de Pastrana. Pero ahora anunciaba que sería “un traidor de clase”, que haría “llorar a los ricos”, que devolvería a los campesinos las tierras del despojo y repararía a las víctimas, que buscaría la paz dialogada con la guerrilla. 

Después se fue arrepintiendo de sus ruidosos anuncios, que en la práctica resultaron ser como el famoso parto de los montes de los fabulistas. De devolución de tierras hubo poco: apenas algo de titulación de baldíos –y después se supo que eso era para grandes empresarios. La trompeteada reforma de la Justicia se diluyó en componendas sórdidas con magistrados y parlamentarios. La protección del medioambiente se estrelló contra la atribución de 15 millones de hectáreas a la exploración minera. El llanto de los ricos se convirtió en una caricia: una reforma tributaria que los eximió de pagar impuestos por las herencias y por los dividendos. La protección al agro consistió en reducirle su cuota de presupuesto.

El resultado de esos tres años de incumplimientos le está cayendo ahora encima a Santos de un solo golpe. Lo castigan las encuestas de opinión: nadie, desde que existen, las había tenido tan malas. Lo castiga la realidad del descontento, manifestada en paros y protestas: no se había visto unanimidad semejante desde el paro del 14 de septiembre de 1977 contra López Michelsen. 

Lo castiga la voluble clase política de la Unidad Nacional, hasta ayer ebria de mermelada como una mosca de miel: casi no consigue encontrar ministros para remendar su gabinete llegado su último año. Que puede ser de verdad el último, pues aunque no se ve todavía ningún rival de peso ni a su derecha ni a su izquierda, hasta la reelección deseada por su corazón se le complica. 

Juan Manuel Santos, que se preparó toda la vida para gobernar a Colombia y hace veinte años montó con ese propósito una fundación llamada ‘Buen Gobierno’, que se consideró a sí mismo un estadista de dimensiones históricas, comparable a los más grandes que ha dado América (pues la modestia no es su fuerte), ha decepcionado a todo el mundo. Se presentaba como la reencarnación del López Pumarejo de la Revolución en Marcha. Y ha resultado una copia del López Michelsen del Mandato Claro. Si de este se dijo que había sido en realidad un Mandato Oscuro, del Buen Gobierno de Santos puede decirse que ha sido un Pésimo Gobierno.

Él mismo, hace unos días, en la celebración del centenario del nacimiento de López Michelsen, se dejó ir en un revelador lapsus freudiano: “También recordamos –dijo– a López el gobernante: el que se propuso avanzar en ‘cerrar la brecha’ de desigualdad, algo que hoy seguimos haciendo con absoluta convicción”. Han pasado cuarenta años, y con la misma convicción de entonces la brecha se sigue ensanchando y ahondando.
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