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Opinión

  • | 2017/07/21 11:48

    Algoritmo electoral

    Como en el resto del mundo, cada vez más los ciudadanos prefieren o confían en la interacción directa con el líder político o candidato, siempre y cuando los 140 caracteres o la foto resuene con sus juicios y teorías.

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Cada quien elige. Por eso no hago parte del club de bloqueados por el senador Uribe Vélez: no lo sigo en redes sociales. Por diversos motivos, pero el principal es porque no considero que con su tono y talante aporte nada a los temas que me interesan, a la construcción de este país, a planteamientos o lineamientos de Estado que lleven al debate propositivo, a una mejor sociedad. Eso no es para hablar mal de Uribe –él solito se encarga de eso, como se ha visto-, sino para anotar algo a mi favor.

Así como no sigo en redes al expresidente, tampoco sigo a Maduro, a Bashar al-Ásad, a Petro, a Potus, a alias Popeye, al candidato Ordóñez  o a Rodrigo Londoño (Timochenko). Y  tengo claro que les es absolutamente indiferente.  Eso no significa que resulte irrelevante lo que puedan decir pues sé que las palabras, tuits y mensajes directos o velados de varios de ellos tienen un impacto en eso que se llama “opinión pública” del país y en la temperatura del belicismo local y mundial. 

Sin embargo, si por algún tema específico necesito revisar una información sobre alguno de esos personajes, la busco. Pero no dejo que mi “línea de tiempo” y mi cabeza se llenen de mugre o de afirmaciones que me resultan rastreras, a veces francamente estúpidas, en ese permanente llamado a la violencia, a la discriminación, a la división y el señalamiento, que es lo que varios de ellos hacen a través de sus redes, aplicando la retorcida llave de mentir-azuzar para intimidar o acabar con sus críticos. Ese es el caso de la calumnia lanzada por el senador Uribe Vélez contra Daniel Samper Ospina.

Prefiero dejar espacio mental y en mi plan de datos para temas más divertidos o interesantes que contribuyan a pulir criterios, argumentar o compartir temas y lecturas con una cantidad de gente diversa que también habita la redes y tiene la capacidad de sostener una conversación, de aportar y controvertir sin esa procacidad que se ha tomado el debate político, como un reguetón muy barato –peligroso y adictivo en ocasiones- que golpea el ritmo cotidiano y pone a las personas a bailar al son de sus intereses particulares. Repetir agresiones (retuitear) nos convierte en peones de un juego macabro,  en bots de carne y hueso, autómatas que reproducen contenidos sin verificar.

Además, información sobre ese tipo de personajes circula tanto por las redes, la reproducen tanto los medios tradicionales, la viraliza la propaganda digital, aparece en todos los formatos, por igual en titulares faranduleros o judiciales, que realmente ni hace falta seguirlos. Nos embiste. Esa avalancha no obedece a un criterio, sino a una tendencia, a la inercia misma de las redes. Pesadilla sin fin.

Eso desde una perspectiva personal, pero queda la pregunta relevante: si los colombianos nos informamos cada día más por las redes y los medios tradicionales pierden terreno como fuente de consulta, incluidos los sitios especializados; y si todo queda reducido a titulares, ¿realmente qué calidad de información determina la elección de, por ejemplo… presidente? La gran prensa nacional, la muy especializada, la digital que copia lo que se publica en periódicos y revistas para armar un salpicón y ganar tráfico sin “gastar” en periodistas; radio, televisión y artistas de opinión en Youtube deben estar haciéndose esa pregunta. Ojalá.

Para los lectores y audiencias, ¿cuánto se ha difuminado la línea entre información investigada, con varias fuentes, análisis, datos, hechos, trabajo sobre el terreno y aquella que proviene de la percepción? ¿Cuánto pesan las encuestas express lanzadas por Twitter frente a las que se hacen de manera más seria, con todo y sus fallas? ¿Cómo están trabajando la agenda informativa los periodistas y medios de cara a las elecciones de 2018? Me lo pregunto porque revisando la situación y credibilidad de los medios en Estados Unidos, previa a la elección de Trump; la de los británicos antes del Brexit, y de los franceses en tiempos de elección de Macron algunos indicios se alcanzan a ver.

De acuerdo con un estudio realizado por el Oxford Internet Institute, de la Universidad de Oxford, se sabe que no solo los candidatos marcan la pauta en el debate político, sino con creciente peso los algoritmos. En tiempo electoral, en Estados Unidos la información basura fue compartida con igual frecuencia que la originada por fuentes informativas profesionales; en Francia la proporción fue de 2 a 1, a favor de fuentes calificadas, como también sucedió en Alemania.  Y entre las anotaciones, el estudio señala que ese comportamiento se dio justo cuando cada una de esas sociedades se enfrentaba a momentos cruciales. El nuestro será en 2018.

Según la Gran Encuesta: Colombia opina, publicada en agosto pasado, los medios de comunicación colombianos tienen igual imagen positiva y negativa: 47%, y solo un 6% dice no tener opinión formada. Como en el resto del mundo, cada vez más los ciudadanos prefieren o confían en la interacción directa con el líder político o candidato, siempre y cuando los 140 caracteres o la foto resuene con sus juicios y teorías.

En 2014 el Foro Económico Mundial identificó la distribución de información falsa a través de las redes sociales como uno de los 10 mayores peligros para la sociedad.  En Colombia podríamos hacer nuestra propia lista, con la ventaja de ya tener claramente identificado a uno. 

@Polymarti

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