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Opinión

  • | 2013/12/11 00:00

    Mandela y el gran capital

    Más allá de las luchas de Mandela y del pueblo negro, fueron los empresarios, los banqueros y el gran capital, los que al final más contribuyeron a la caída del apartheid en Sudáfrica.

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Nelson Mandela fue una de las figuras políticas más importantes del mundo en el siglo XX y principio de este. Su grandeza es equiparable a las de Roosevelt, Churchill y Gandhi.  Es un símbolo del perdón y la reconciliación en el mundo. El poder de la palabra, la paciencia, la coherencia, el pragmatismo y su visión política fueron entre otras las armas más poderosas que utilizó para derrotar el apartheid, pero su triunfo no lo había logrado sin dos poderosos aliados: los empresarios y el gran capital.

Por eso uno de los aspectos más importantes de su legado fue el pacto político que firmó con los empresarios y líderes políticos blancos sobre el reparto del poder, en donde los negros controlan el poder político y los blancos el poder económico de la nación. 

Un asunto que fue fundamental para lograr una paz duradera en Sudáfrica. Tema que analiza con profundidad y sapiencia, el escritor Anthony Sampson, en su libro Sudáfrica: magnates, revolucionarios y apartheid. Un libro que revela la relación que hubo entre las grandes multinacionales y los movimientos políticos negros. 

Sampson hace un análisis sobre la ruptura del gran capital y los hombres de negocios con el régimen opresor y muestra que al final socavaron al régimen y terminaron como figuras determinantes en la abolición del segregacionismo. 

Otro libro que aborda el papel del sector financiero y empresarial en la caída del régimen es Sudáfrica: historia de una crisis del escritor francés, René Lefort. En estos dos libros se hacen interesantes revelaciones acerca de los roles que jugaron los banqueros, las multinacionales y el gran capital en la caída del régimen segregacionista en Sudáfrica.

Lefort analiza como el sistema de segregación no se adaptaba, ni a las exigencias de una industria moderna, ni a un nuevo sistema de producción debido a que el desarrollo separado se constituía en un obstáculo para el crecimiento de la economía más próspera de África. 

En aquel momento varios sectores económicos sudafricanos, exigían que para la expansión y la masificación de sus ganancias era fundamental la derogación de la legislación racial. En virtud de que Sudáfrica se había convertida en el centro de un enfrentamiento entre fuerzas revolucionarias y el imperialismo en África.  

Sampson examina cómo fue el viraje de los hombres de negocios y del sector financiero, tanto en Sudáfrica como en Nueva York y Londres sobre el régimen, el apoyo a las luchas de los negros y sus exigencias para que liberen a Mandela y los otros presos políticos.

Estudia cómo el Comité de la Industria Británica para Sudáfrica y los empresarios sudafricanos inician a preocuparse por el retiro de grandes inversionistas y por los incrementos de las revueltas populares de los negros. Esos dos hechos los obligaron a replantar el papel que jugaban en el sostenimiento del apartheid. 

Sampson muestra cómo fueron de trascendentales las primeras reuniones en Londres, entre los líderes del Congreso Nacional Africano, empresarios y banqueros hablaron sobre el futuro de Sudáfrica. Y cómo se fue creando un clima de entendimiento, entre los intereses de los negros y el de los magnates de emporios empresariales como la Ford, la fundación Rockefeller, la Shell, General Motors, Chase Manhattan, Mobil, el Barclays, Texaco, British Petroleum y la Anglo-American Corporattion.

Expresa que a pesar del escepticismo que tuvieron al principio los líderes negros sobre el cambio de postura de los empresarios, finalmente reconocieron que habían sido los empresarios los que habían tendido con más eficacia que los diplomáticos el puente con occidente para acabar con el poder de la supremacía blanca.

Señala que la crisis económica que habían generado el boicot económico en el régimen fue de tanta envergadura que lo obligaron a reconocer la necesidad de la abolición de la segregación. Además muestra cómo fue el papel de los banqueros norteamericanos que habían sido piezas claves con sus créditos para el sostenimiento del aparato económico, militar y represivo del régimen. Pero cuando vieron que era inminente un triunfo de la rebelión negra y lo que significaría eso en términos de expropiaciones de sus empresas y capitales, adoptaron decisiones económicas que socavaron al régimen de forma más drástica que las presiones ejercidas por los gobiernos europeos.

Las medidas adoptadas por los banqueros norteamericanos y londinenses no fueron de simples estimaciones de pérdidas y ganancias de sus bancos, sino las presiones de los grandes accionarios que esgrimieron el argumento de que el apartheid no sólo era improductivo, sino moralmente repudiable. Fue tan importante el boicot del gran capital que se demostró que sus medidas fueron más determinantes que las ambivalentes políticas de las potencias en contra del régimen.

En Twitter: @j15mosquera
jemosquera@une.net.co
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