Domingo, 22 de enero de 2017

| 2010/02/26 00:00

Mandela y Sigifredo: ¡Invictus!

El ex presidente de Suráfrica y el candidato al Congreso colombiano tienen rasgos en común: sufrieron largos cautiverios y salieron a proclamar la reconciliación.

Caterina Heyck

Llevamos demasiado tiempo viendo escenas de violencia en Colombia. Nos hemos acostumbrado a ellas. Desde los insultos recíprocos de Uribe y de Chávez, pasando por los registros de los bombardeos del Ejército a la guerrilla, considerados por muchos como noticias positivas, hasta las imágenes de las novelas de moda de El capo o Las muñecas de la mafia, que sirven de distracción a los colombianos.

En estos días es posible disfrutar la presentación de una película muy hermosa cuyo director es Clint Eastwood: Invictus. Se trata de la historia de un capítulo de la vida del entonces, recién posesionado, Presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, cuando tuvo la idea de fortalecer la unidad de su Nación apoyando al equipo de Rugby, en su mayoría formado por hombres de raza blanca.

Aún cuando miles de colombianos jamás han ido al cine y para muchos esto es como ir al médico especialista, un lujo inaccesible, vale la pena hacer una invitación a ver esta película que, además de divertir, deja un mensaje de paz y reconciliación ejemplar.

No puedo evitar comparar a Mandela con un colombiano que en la actualidad es candidato al Senado por el Partido Liberal: el ex diputado del Valle Sigifredo López.

Ambos tienen en común ser políticos que afrontaron largos años de injusto cautiverio. Mandela estuvo preso por el régimen segregacionista durante 27 años. Sigifredo López estuvo secuestrado por las Farc durante 6 años, 9 meses y 26 días. Mandela estuvo la mayor parte de su encierro en la prisión de máxima seguridad de Robben Island, una isla ubicada a 12 kilómetros de Ciudad del Cabo. Allí soportó duros vejámenes, tuvo que realizar trabajos forzados, escasamente se le permitió recibir dos visitas al año, incluso se le prohibió asistir al sepelio de su hijo que murió en un accidente ni a la boda de su hija. Por su parte, Sigifredo estuvo cautivo en la húmeda selva del pacífico colombiano. Las paredes de su celda fueron la tupida e infranqueable vegetación. También llevó cadenas, que como aéreas raíces, lo fusionaron a los árboles y a la infinita espesura.

Desde la impotencia del cautiverio, el uno condenado a cadena perpetua y el otro a la eterna indefinición de su suerte, los dos resolvieron no dejarse rendir. Mandela se dedicó a estudiar a distancia con una universidad británica. El otro se refugió en la literatura, recordando grandes obras archivadas en su memoria y escribiendo decenas de poemas. Mandela tuvo como tortura adicional los extenuantes trabajos en una cantera y las escasas raciones de comida. Sigifredo debió soportar hambre y agotadoras caminatas, atravesando grandes extensiones de suelo anegado, plagado de culebras e insectos, para huir del asedio del ejército.

Los dos cautiverios estuvieron marcados por históricas masacres. La última y más larga retención de Mandela fue precedida por la famosa matanza de Sharpeville de 1960, en la que la policía asesinó a 69 manifestantes en contra del Apartheid. Sigifredo fue el único sobreviviente de la masacre de los once diputados del Valle del Cauca del 18 de junio de 2007. La rebeldía de Mandela fue la causa del encierro, mientras que para Sigifredo fue su salvación. Lo separaron del resto de secuestrados como castigo por alzarle la voz a un guerrillero clamando respeto y consideración. Lo ataron a un árbol detrás de una pared de hojas que le impidió ver y ser visto en la masacre. Así se salvó de la muerte. Sólo pudo escuchar la balacera y después el ensordecedor silencio que duró diez días más, hasta cuando por radio se enteró de la noticia.

Mandela salió libre un febrero de 1990 y Sigifredo en febrero de 2009. Ambos optaron por continuar en política y cada quien regresó a las filas de su partido: el Congreso Nacional Africano (ANC) y el Partido Liberal colombiano. Sigifredo decidió ser parte también de un movimiento social, no político, al que la guerrilla le entregó su libertad: Colombianos y colombianas por la paz.

Pero la mayor similitud está en el mensaje de no violencia y reconciliación. Ambos hubieran podido salir a invocar su condición de víctimas persiguiendo fuertes adeptos de la retaliación y la guerra. ¿Quiénes, sino ellos, serían los mejores representantes del régimen opuesto al que los martirizó? Sin embargo, los dos salieron clamando unidad. Mandela fue elegido por voto popular en 1994 y conformó un gobierno incluyente. Permitió que aquellos que fueron dueños de su libertad participaran en el proceso de reconstrucción de Sudáfrica partiendo de un punto fundamental sobre el cual estructuró toda su política: el perdón.

Sin duda Colombia ha tenido también un Apartheid. El color de la piel no es el pretexto de la exclusión, pero sí la pobreza. Tenemos clases sociales muy diferenciadas y excluyentes, incluso con servidumbre a sus pies. Personas que ni siquiera saben que tienen derecho a educación y salud. Muchas de ellas, adicionalmente, tienen otro estigma: ser miembros de un grupo armado ilegal que, a cambio de garantizarles su derecho a comer, les condena a vivir en una sin salida de violencia frente a la cual la respuesta del Estado es simplemente un bombardeo. Sigifredo, siendo secuestrado, fue testigo de esta realidad. Mandela, estando preso, lo fue de la venganza. Los dos salieron pidiendo reconciliación y paz.

Y así como en la película podemos ver al humilde Mandela sirviendo, con sus propias manos, té al líder blanco del grupo de Rugby, hace poco vi a Sigifredo llevar personalmente a la clínica a su escolta y velar por el almuerzo del hombre. En medio de tantas ocupaciones, los dos logran sacar tiempo para lo que humanamente también es importante. El día de su liberación, luego de declararle a la prensa que no le guardaba odio a las Farc y de afirmar que sus compañeros habían muerto como hombres dignos; Sigifredo señaló: “ellos eran mejores que yo”.

Ojalá lleguen varios de los ex secuestrados al Congreso como símbolo de resiliencia, superación y libertad, como un homenaje a todos aquellos por quienes nunca se hizo el suplicado acuerdo humanitario. Ojalá que Colombia decida votar por los que tienen el talante de pensar y reconocer que otros son mejores, hombres de paz, reconciliación y... humildad.


*Caterina Heyck Puyana es experta en asuntos de paz.

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