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Opinión

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Dicen que hay una manguala para atajar a Horacio Serpa. O una alianza _suena más noble_ para concitar voluntades que se opongan al continuismo. Manguala o alianza: es la misma cosa. Pero hace unas semanas hablaba aquí mismo de la posibilidad de otra manguala, más ambiciosa, para atajar de un solo golpe a Horacio Serpa y a Andrés Pastrana: dos pájaros de un tiro. Ya retiró su candidatura Carlos Lleras (por fin un gesto de sensatez en él). Ya retiró la suya Alfonso Valdivieso (en un gesto otra vez insensato: para apoyar a Pastrana). A lo mejor se retira también Antanas Mockus, aunque la sensatez no ha sido nunca su fuerte. Entonces ¿por qué no nos amangualamos unos cuantos millones de votantes para elegir presidente a Noemí Sanín?
Más que enumerar sus virtudes, quiero señalar su falta de defectos. Lo cual es más importante en un presidente de Colombia, porque lo que necesitamos no es un salvador que nos resuelva los problemas, sino un funcionario serio y capaz que no venga a añadir problemas a los que ya tenemos. Ya lo decía en el mencionado artículo: puesto que no podemos evitar que haya un presidente, como sería lo ideal, escojamos al candidato que sea menos dañino. Y Noemí lo es.No es corrupta. No es oportunista. No es indigna. En cuanto a lo primero, lo ha demostrado en todos sus cargos públicos, incluyendo el de Ministra de Comunicaciones del presidente Betancur: el ministerio del miti-miti (el aberrante reparto de los noticieros de televisión entre los hijos de ex presidentes fue anterior a ella). Como canciller del presidente Gaviria se comportó con admirable discreción (con la única salvedad de su extenuante brincoteo final de islote en islote del Caribe en busca de apoyos para la elección de su jefe como secretario de la OEA, como si no se hubiera dado cuenta de que bastaba y sobraba con el apoyo de Estados Unidos). Noemí no es corrupta y _sin duda por eso mismo_ no tiene el apoyo de ningún corrupto. Y no es oportunista: en las elecciones pasadas le hubieran dado lo que hubiera querido por ser compañera de fórmula tanto de Pastrana como de Samper, y no quiso aceptar ninguna de las dos cosas. Esta vez ha vuelto a hacer lo mismo, rechazando los cantos de sirena de la 'lealtad' conservadora. Y no es indigna: renunció a la embajada en Londres cuando quedó perfectamente claro que quien la había nombrado allí no era digno de ocupar la Presidencia de la República (por oportunista y por corrupto, justamente). Es verdad que antes había aceptado el nombramiento, contradiciendo el aforismo de un incorruptible poeta surrealista: "No basta con rechazar la Legión de Honor: es necesario además no haberla merecido". Pero si hubiera alcanzado ese grado de perfección ética y estética, Noemí, que no hubiera aceptado una embajada, tampoco sería ahora candidata a la Presidencia.
Ahora bien: Noemí es mujer. Lo cual llama mucho la atención de los analistas políticos. Tontamente. Porque el sexo de un político no es ni un defecto ni una virtud, sino un mero dato fisiológico que para nada afecta su comportamiento político. En el poder, y sin remontarnos a tiempos legendarios, hemos visto a mujeres de todas clases: corruptas como Indira Gandhi, o transparentes como Violeta Chamorro; feroces como Margaret Thatcher, o blandas como Corazón Aquino, o duras como Golda Meir; jóvenes como Benazir Buttho; viejas como la señora Bandaranaike de Ceilán; casadas, viudas (varias), solteras (Benazir en su primera etapa), monjas (una presidente de nombre impronunciable que hubo en Sri Lanka); bonitas (Benazir otra vez), indiferentes (esta señora que fue primer ministro de Noruega y de la que nadie recuerda ni la cara ni el nombre), feas (la aterradora Golda). Hemos visto a mujeres de todas clases y, sobre todo, hemos visto a muchísimas mujeres en el poder. Y algunas han sido buenas, y la mayoría malas: exactamente como los hombres en el poder.
Dije que no iba a entrar en el capítulo de las virtudes de Noemí, pero quiero señalar una sola: si llega a la Presidencia, no tendrá primera dama.
Y otra, más importante: atajará a los otros dos.
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