Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/11/30 00:00

MAO TSE-TUNG CONTRA PICALUA

"... Se convirtió en el primer chino de este mundo que supo distinguir un arroz con pollo de un pena máxima"

MAO TSE-TUNG CONTRA PICALUA

A la hora en que escribo estas líneas son las cuatro de la tarde, pero igual podrían ser las cuatro de la mañana. La ciudad está desolada. En las calles espantan. Las esquinas bostezan de tedio viendo pasar los sardineles vacios. El fantasma de la soledad, triste y aburrido, da vueltas por ahí, sin saber para dónde coger.
Como ánimas en pena, como muertos que han regresado para recoger sus pasos en esta vida, solo se ven dos criaturas: un perro sin dueño que ahuyenta las moscas azotando las orejas, y un albañil que trabaja en una paredilla.
Pero, en cambio, a través de las ventanas se escucha el estruendo de radios y televisores. La gente se ha recluido en sus casas, con provisiones de papas fritas y gaseosas, para seguir las incidencias del fútbol.
Mientras deambulo en medio de la quietud callejera, sin buses ni motocicletas, las voces de los narradores deportivos me empujan hacia atrás, dándole manivela en reversa a la máquina de los recuerdos.
Cuentan los barranquilleros más viejos--como el Chichi Silebi, que se sienta todas las noches a pontificar en la terraza de El Mediterráneo -que hace muchos años Picalúa estuvo a punto de acabar a pelotazos con el patrimonio del primer ciudadano chino que llegó a la ciudad.
El hombre, laborioso y silencioso, como todos los de su raza, tuvo la idea de poner un restaurante al frente del Estadio Municipal. Le iba bien con su clientela para el arroz con pollo y el chop suey especial. Vendía aletas de tiburón y costillas agridulces de cerdo.
Pero los domingos, a las tres de la tarde, empezaba el calvario del pobre chino. De súbito sus comensales escuchaban un estrépito de catástrofe, un estropicio de apocalipsis, una batahola infernal. Platos y pocillos rodaban por el piso. Los vasos se estrellaban en la baldosa. La gente escapaba despavorida y sin pagar la cuenta.
Cuatro meses después, al filo de la quiebra, y cuando ya había tenido que comprar dieciséis vajillas nuevas, el chino, que se estaba volviendo loco, descubrió la espantosa explicación de su angustia: en el Junior jugaba Picalúa, el más poderoso defensor que ha tenido el fútbol en estas tierras, que parecía una tromba cuando se arrimaba a sus adversarios.
Lo cierto es que cada vez que Pica hacía un despeje, le pegaba al balón no sólo con el pie sino con las entrañas, con todos los huesos, con el alma entera. La pelota, naturalmente, salía disparada como una bala de cañón por encima de la cerca de la calle 72, rompía el viento y se metía como una intrusa por la puerta del restaurante.
El chino, que tenía encima cinco mil años de sabiduría y todos los proverbios de Confucio y la magia de Lin-Yután, encontró un remedio eficaz para su problema: se compró un radio del tamaño de un escaparate, lo ponía a todo volumen cuando empezaba el partido y seguía paso a paso la transmisión de Juancho lllera Palacio, atendiendo a sus parroquianos sin quitarle la oreja al aparato. Apenas lllera decía: "¡Atenciónnn! Toma la pelota Picalúa", el chino, como un resorte, saltaba por encima de las personas y las mesas, daba un brinco de ninja y cerraba la puerta. Claro que, a partir de entonces, le tocó comprar tres puertas nuevas en un año, pero en ese tiempo una puerta era más barata que doscientos platos.
La primera palabra que el chinito aprendió a decir en español fue, naturalmente, "Picalúa". La segunda fue off-side. Obligado por la necesidad se convirtió en el primer chino de este mundo que supo distinguir un arroz con pollo de una péna máxima. De manera que si algún día los chinos ganan el campeonato mundial, van a tener que invitar a Picalúa a Pekin para hacerle el homenaje que se merece.
Tonterías que piensa uno mientras camina por esas calles de Dios, desocupadas gracias al fútbol, y mientras el albañil se ha quedado dormido contra el muro que estaba construyendo. A lo mejor no sabe que Parra del Riego compuso un poema malo pero emotivo al goleador Gradín. Ni se imagina que Camus, ganador del Premio Nobel de Literatura, fue centro delantero de la selección juvenil de Argelia.
Y a todas éstas, ¿qué se habrá hecho Picalúa?

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