Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/09/09 00:00

¿Marchar contra la diferencia?

Olga Lucía Lozano alerta sobre los riesgos de que un segmento de la población organice marchas en contra de una minoría, en este caso la comunidad LGBT.

¿Marchar contra la diferencia?

Nada que hacer, cuando el mundo parecía haber cambiado lo suficiente como para que cada quien tuviera derecho a ser reconocido en su diferencia, los que se autodefinen como adalides de la conciencia y moralidad atacan de nuevo.

En Bogotá, mientras en Congreso debate un proyecto de ley con miras a conceder derechos apenas obvios a las parejas conformadas por homosexuales y la administración distrital reconoce la existencia de los grupos conformados por minorías sexuales y promueve la tolerancia en la ciudad, un grupo conformado por las iglesias cristianas locales impulsa una marcha en contra del ‘LGBT (lesbianas, gay, bisexuales y transexuales) de, según ellos, Lucho Garzón’. Todo ello bajo el sugestivo lema de: ‘Por el rescate de los principios y valores morales de la ciudad’.

Quedan varias dudas sobre la convocatoria de Adme (Asociación de Ministros Evangélicos) y Cedecol (Consejo Evangélico de Colombia). Ya que si bien han orientado su evento de protesta (el que sugieren es un acto de resistencia civil, moral y espiritual en la capital del país) hacia las recientes disposiciones de la Alcaldía, hay detrás de todo ello un auténtico acto de rechazo (en otros lados sería considerada casi una incitación a los llamados crímenes de odio) a un importante segmento de la población colombiana.

Para empezar, lo asuman los cristianos nacionales o no, ni los homosexuales ni sus derechos ciudadanos son o serán de Lucho Garzón. De por si la expresión “El LGBT del Alcalde...” es un completo disparate. Ya que las políticas anunciadas por el burgomaestre son apenas el reflejo de varios movimientos y personas que en contra de la intolerancia y el odio han logrado hacer visibles a las minorías sexuales y han luchado porque los gay sean reconocidos ciudadanos integrales: con deberes y derechos. Y a la vez, se han opuesto a que ser homosexual sea una razón para ser discriminado en cualquier ámbito de la vida.

Por tanto, presumir que acciones como la famosa marcha, a la que citan para finales de este mes, es sólo una acción política en contra de una decisión del mismo tipo, es absurdo. Leyendo entre líneas aparece como una manifestación en contra de un segmento bastante representativo de la población colombiana. Algo equivalente a que cualquier personaje citara a una marcha en contra del reconocimiento y respeto por un grupo racial o por las mujeres.

Hay en todo esto, entonces, una preocupante vuelta en el tiempo. Un regreso a los momentos históricos en que los credos religiosos definían el deber ser y lo imponían, a través de mecanismos bastante menos santos de lo que promulgan sus líderes, como si el libre albedrío y la autonomía de cada ser humano fueran evocaciones ficticias y teóricas. Y encima como si las personas no tuvieran derecho a vivir según lo que son, aunque eso signifique ser distinta.

Sorprende, por eso, que a estas alturas el país observe cómo un segmento de la población se va en contra de otro por su incapacidad para aceptar la diferencia y, lo que es peor, que pretenda abrogarse el poder de negarle sus derechos y de calificar desde su estrecha visión ética lo que es civil, moral y espiritual.

Sé de antemano, y por experiencia cuando cubría estas fuentes en otro medio, que una vez salga esta columna recibiré decenas de mensajes de fieles o líderes cristianos hablando sobre la población LGBT como si se tratara de pervertidos o violadores. Así que de una vez prefiero aclarar lo que es obvio: los gay usualmente no son lo uno ni lo otro. Así como la mayoría de cristianos tampoco lo son, pese a que hace sólo algunos días el país se conmovió con la condena a 200 meses de prisión impuesta a Jorge Alexis, líder y pastor de la Iglesia Cristiana del barrio Santa Lucía, por haber abusado sexualmente de su hija durante más de tres años. Un acto que justificó diciendo que “el demonio de la lujuria se había apoderado de él”.

La cuestión es, entonces, sobre la diferencia. Porque hay mucha distancia entre un delincuente y un transexual, una lesbiana, un travesti o un gay. Pero también hay una gran distancia entre los credos particulares y el Estado de Derecho, un Estado que por fin en este país pareciera empezar a reconocer que ser distinto no implica ser un ciudadano de segunda. Y que cada quien tiene derecho a decidir sobre su vida y cuerpo.
Así las cosas, repito, “el LGBT de Lucho Garzón”, como dicen los promotores de la moralidad capitalina, no lo es tanto. El Alcalde lo único que hizo entonces fue acogerse a una verdad histórica inaplazable y reconocer algo que para cualquier ciudadano justo es apenas evidente: no hay ciudadanos de primera, segunda o tercera clase. Hay ciudadanos y punto. Sean cristianos o no, sean católicos o no, sean blancos o no.

Obviamente, esta columna no es en contra de los cristianos. No me interesa si se acusa a sus iglesias de amasar fortunas para promover la politiquería (como sucedió con el movimiento Mira según denuncias de algunos medios nacionales de comunicación) o si el país ha visto absorto cómo no se convoca a marchas para defender la vida y abogar porque no se perdone a los criminales. Es una columna contra la discriminación y contra quienes promueven la justicia divina, pero olvidan que el odio es la manifestación menos justa del espíritu humano.

Este miércoles en la mañana, un puñado de alumnas del colegio católico María Auxiliadora, dirigidas por algunas religiosas del plantel, gritaban consignas en contra de la legalización del aborto. Hace unos días un presentador de televisión, aunque no sea su trabajo ni sea guía espiritual de nadie, sentaba cátedra en un canal privado sobre el mismo tema y ofrecía ayudar de su bolsillo a las niñas para que no abortaran, aunque su embarazo fuera producto de una violación o su cuerpo no estuviera preparado físicamente para tener un hijo. Ahora un grupo de líderes espirituales marchan en contra de aquellas políticas que abogan por los derechos de una minoría hasta hace poco invisible, golpeada, maltratada y rechazada.

Todos ellos dicen que no a algo y están en su derecho. Pero las pregunta es: si todos los que decimos SI en Colombia marcháramos, gritáramos o intentáramos decidir por todos lo que es bueno o malo (copiando sus enrarecidas tácticas), ¿serían lo suficientemente inteligentes para aceptar los argumentos de los demás y asumir que la diferencia y la posibilidad de decidir sobre uno mismo es lo más importante en la vida cualquier hombre, mujer o niño? O seguirían insistiendo en que el bien y el mal es una materia sobre la que tienen potestad absoluta. Y luego vendrían por los demás...

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