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Opinión

  • | 1999/11/29 00:00

    MARCHAS Y DESAFIOS

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Los acontecimientos del pasado domingo 24 fueron de índole equívoca. Bienvenido, por
supuesto, el comienzo de las negociaciones. Bienvenidas también las marchas, que fueron llamadas 'marchas
por la paz', pero que en realidad fueron más una protesta ciudadana, al grito del 'no más'.Mucha gente
atiende campañas entusiastas si son impre-cisas, porque lo que nos divide y reparte en pequeñas celdas y
grupos son las definiciones. No cualquier negociación está implícita en el esperanzado comienzo del diálogo,
ni cualquier paz es aceptable por la multitudinaria concentración.
Es relativamente fácil reunir 10 millones de votos, asediando al votante en las cercanías de la urna, con el
ofrecimiento de una papeleta por la paz. ¿Quién no quiere la paz? Sólo rambos enfermizos no querrán que se
oxiden sus fierros de guerra. Pero el resultado es el de un sufragio poético y un hermoso canto a las nubes.
Ocurre lo mismo con una movilización, que aunque algo más concreta en sus propósitos, en cuanto se
marcha al grito de una protesta, pero esa protesta es todavía imprecisa. Originada la movilización en una
organización contra el secuestro, la marcha toda, y todas las marchas, se entienden como el rechazo a
esta práctica inhumana, que es, sin embargo, fuente de financiación de la contraparte de la guerra.
Entonces la marcha podría interpretarse en contra de quienes practican sistemáticamente el secuestro.
Siendo así, no se trataba de una marcha por la paz. Y de ahí algunos recelos que mostró la insurgencia.
El agregado de 'negociación ya' fue un sobrepuesto de última hora. Por eso, mientras unos protestaban
contra las ofensas guerrilleras, o contra todo secuestro, otros clamaban por la conciliación y la mesa de
diálogo. Todos a una bajo las mismas banderas, las de la imprecisión, que en alguna forma capitalizaba para
tan noble causa, y por qué, no para un eventual fortín político, don Francisco Santos.
No se diga de la mesa de negociaciones. Tan larga como ancha. Copada por comisionados, altos y
bajos, por comités temáticos, y por tozudos guerrilleros, muy dueños de la situación. Por la transmisión,
originada en Uribe, se pudo observar la sumisión de la República y el cumplimiento de formalismos muy
colombianos, como discursos, himnos, a la voz de mando de una insuperable maestra de ceremonias. El
clímax evidente se vivió cuando mi admirada Judith Sarmiento anunció el himno de las Fuerzas
Revolucionarias de Colombia, Ejército Popular, y la concurrencia se puso de pie, para la rendición de honores
a aquellas notas marciales.
Obispos, generales retirados, jefes políticos, grandes financieros y altos funcionarios del Estado, fueron
conminados todos a levantarse, como Anwar El Sadat, para ser fusilados por unas notas marciales _
harto destempladas_ de quienes han deshumanizado el enfrentamiento y lo han financiado con el cautiverio
extorsivo de personas, en ese mismo y preciso momento, privadas de la libertad. El espectáculo fue
humillante, humillante, humillante.
Los acuerdos se hacen entre pares, o entre dispares respetuosos, con disimulos, si se quiere, con
formalidades, pero sin desafíos que avergüencen a los opuestos. Es como si la arrogante guerrilla, instalada
en el Caguán y exigente de más amplio territorio independiente, le hubiese negado al gobierno y a la
sociedad colombiana, allí representada, un estatus, siquiera restringido, de beligerancia.
Ya lo ven. En medio de todo, debe admirarse la actitud omisiva del fiscal general, el muy impedido doctor
Gómez Méndez, quien no asiste a los foros del Caguán, para no someter la justicia, que formalmente
representa, a los desafíos y arrogancias de quienes están bajo su jurisdicción.
Sorprende la humillación a que está siendo sometido el país, colectivamente, en sus representantes e
individualmente, en humillados ciudadanos que hacen lo que sea y hablan de comandantes y señores, con tal
de rescatar a sus seres queridos.
Y me sorprende igualmente la falta de precisión de la marcha de protesta. 'No más' podría también entenderse
como un grito de guerra. ¿Expresaba así mismo un verdadero ánimo de conciliación? ¿Y qué pasará con los
derechos humanos, si se negocia con personas que reconocen estar cometiendo el crimen atroz del
secuestro, bajo el nombre de retención?
Nadie sabe bien a qué atenerse. La paz hay que hacerla. Pero se ignora qué país quedará y en manos de quién
o de quiénes. Y qué va a decir de nosotros la comunidad internacional. (¡qué pena!) ¿O vendrá, acaso, el juez
Baltasar Garzón y acabará humillando a toda Colombia, al llevarse para Londres o Madrid, el muy vengador,
a los firmantes de la paz?
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