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Opinión

  • | 2011/05/14 00:00

    Marchas inútiles

    En México, Javier Sicilia ha dicho que no volverá a escribir versos. ¿Les importa algo a los narcos semejante amenaza?

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Grandes marchas pacíficas de protesta se realizan en México, convocadas al grito de "¡Estamos hasta la madre!" por el periodista y poeta Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado por los narcotraficantes. Una pregunta: ¿sirven de algo esas marchas?

Como desahogo, sí. Pero poco más. El grito es siempre el mismo: ¡Basta ya! Pero ¿basta ya de qué? ¿Del negocio del narcotráfico, como en el caso mexicano? ¿Del secuestro, como en Colombia se ha hecho contra las Farc? ¿De los asesinatos con tiro en la nuca, como una y otra vez se ha hecho en España contra ETA? Sobre tales organizaciones, mafiosas o terroristas, las marchas ciudadanas de rechazo no tienen ningún efecto. A las mafias criminales les importa un bledo no ser populares entre sus víctimas, ni entre la población en general que no participa en el negocio. A los grupos armados violentos -en Colombia o en Irlanda del Norte, en el País Vasco español o en Chechenia- esa impopularidad incluso les conviene, pues acentúa el poder de su herramienta principal, que es el terror. Ni ETA ha dejado de matar, por multitudinarias que hayan sido las marchas de repudio no solamente en toda España sino en el mismo País Vasco; ni las Farc han dejado de secuestrar en Colombia; ni las mafias del narcotráfico han abandonado su jugoso negocio ni en México ni en ninguna parte, abochornadas al ver que la gente no las quiere.

Y es porque se trata de cosas que no tienen que ver entre sí. En México es el dolor de padre de un poeta el que concita la protesta contra la sangrienta guerra del narcotráfico (cuarenta mil muertos). ¿Por padre? ¿Por poeta? ¿Es la poesía, como pretendía Gabriel Celaya, "un arma cargada de futuro"? ¿Sirve de algo la literatura para un niño que se muere de hambre, como preguntaba Jean-Paul Sartre? Y renunciar a ella ¿sirve de algo? En México, Javier Sicilia ha dicho que no volverá a escribir versos. ¿Les importa algo a los narcos semejante amenaza? Vale la pena recordar que en Colombia, cuando el golpe militar de Chile, Gabriel García Márquez anunció que no volvería a escribir hasta que cayera Pinochet. El cual gobernó diecisiete años. En Colombia se ha tenido a menudo la piadosa ilusión de que la música y las artes tienen un efecto balsámico sobre la violencia: las "escopetarras" que inventó alguien para disuadir a los sicarios, o el gran cuadro de Alejandro Obregón llamado, justamente, La Violencia, o las instalaciones de la escultora conceptual Doris Salcedo, la cual ha dicho que "el arte es un contrapeso a la barbarie". Pero no es así. La música se inventó para animar a los hombres a la guerra. Y las invenciones de Salcedo son visual y estéticamente poderosas, pero en lo político y social no tienen ninguna influencia. Nunca ha sido el arte contrapeso a la barbarie. Al revés: en la historia los dos han ido siempre juntos.

Esto no significa que no haya que oponerse al imperio de la barbarie. Pero no desfogándose en acciones inútiles, o cuya utilidad está en otro campo (el del arte, justamente). Vuelvo al principio de este artículo. Ningún efecto tiene marchar masivamente contra los criminales. Hay que obrar -o hacer marchas para exigir de los gobiernos que obren- ` para que los crímenes no sean rentables. En el campo de la violencia política esto se presta, por supuesto, a interminables discusiones sin salida. Pero en el de la violencia de la droga, como es el caso de México, la solución es clara. Hay que obrar -o hacer marchas para presionar a los gobiernos para que obren- en el sentido de la sensatez. Es decir, no acobardados por las advertencias del gobierno de los Estados Unidos, que persiste en imponer en el mundo entero una "guerra contra las drogas" inevitablemente perdida, sino rechazando esas advertencias. Sacando el tratamiento del problema de la droga del terreno del orden público y trasladándolo al que le corresponde, que es el de la salud pública. O sea, legalizando (y en consecuencia pudiendo controlar) la producción, el comercio y el consumo de las drogas hoy prohibidas. Y que por estar prohibidas caen en manos de organizaciones que necesitan ejercer la violencia para manejar su tráfico.

Ese tráfico, que hoy mata a tantos miles de personas a tiros, pasaría así a formar parte del flujo normal y pacífico del comercio. Como el de las drogas legales (alcohol, tabaco, medicamentos), o el de los alimentos. Y no habría que seguir llorando asesinatos.
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