Martes, 17 de enero de 2017

| 2016/02/22 14:46

En el periodismo no todo se vale

La verdad divulgada por el periodismo nos debe hacer ciudadanos más libres y pensantes y no esclavos del morbo noticioso que distrae la atención de lo realmente importante.

Margarita M. Orozco

Nunca he estado de acuerdo con esa frase que dice que en la guerra y en el amor todo se vale. No creo que una guerra amerite el reclutamiento de niños, como tampoco que alguien tenga que ser víctima de acoso en nombre del amor. De igual manera, creo que la verdad divulgada por el periodismo debe hacernos ciudadanos más libres y pensantes, capaces de asumir posturas responsables sobre los asuntos públicos y no esclavos del morbo noticioso que distrae la atención de lo realmente importante. 

Por eso, en el periodismo tampoco todo se vale. Si el periodista pretende ser veedor de la verdad y administrar el bien público de la información, lo mínimo que se le pide es que sus estrategias de reportería sean honestas y las pruebas que soportan sus denuncias, verídicas y conducentes. De lo contrario, todos salimos perdiendo. 

¿Qué sucede cuándo el ejercicio periodístico se desvirtúa como ocurrió la semana pasada en Colombia con el escándalo de La FM de RCN? Simple, que quienes se afectan no son sólo los personajes que se vieron involucrados en los hechos. Es la sociedad entera la que pierde un poco de sus libertades y capacidad de juicio.  

En primer lugar, porque la divulgación de ese video sólo sirvió para desviar la atención del público del hecho central, que sigue siendo la supuesta existencia de una red de prostitución en la Policía, hecho que no se resuelve con la renuncia de nadie.

Este tipo de contenidos escandalosos y cargados de connotaciones sexuales funcionan muy bien para captar la atención del público, pero sólo de manera momentánea y efímera, con muy pocas posibilidades de alojarse en la memoria de largo plazo para posteriores reflexión y discusión. Visto de esta manera, la prueba sólo sirvió para que la opinión pública se indignara sobre el contenido del video e hiciera chistes homófobos sobre las personas involucradas, pero no para avanzar en la exigencia de unas instituciones menos corruptas y transparentes, que es lo que nos corresponde como ciudadanos.

En segundo lugar, la violación del derecho a la intimidad convirtió un presunto victimario en una víctima de la prensa. El afán por sacar a la luz una verdad, de la manera que fuera, hizo que el accionar periodístico se convirtiera en algo tan cuestionable como la “comunidad del anillo” misma.  

La denuncia que pretendía develar graves irregularidades dentro de la fuerza pública hizo un efecto búmeran contra el gremio periodístico, al que las personas calificaron de amarillista e irresponsable mientras veían el video una y otra vez y lo convertían en tendencia en redes sociales.   

El rechazo del público no fue para menos, el uso de una grabación, que es ilícita por la manera como se obtuvo el registro; la tosquedad de la prueba; la falta de conexión de esta con los hechos y antecedentes de la denuncia, y el desconocimiento sobre la forma como el medio obtuvo esa información, dejaron la sensación de que en Colombia el periodismo es capaz de acabar con la vida de cualquiera, con tal de publicar una información.  

La prensa, que debió servir para que los ciudadanos hicieran una valoración adecuada de sus funcionarios e instituciones públicas, terminó vetada por un error de procedimiento, mientras las verdades de fondo continúan sin ser investigadas.

Finalmente, la semana pasada todos perdimos como sociedad, cuando los poderosos aprovecharon este río revuelto de indignación en contra de los medios para silenciar, distraer, mover fichas. Total, la corrupción se nutre de una opinión pública entretenida con el espectáculo y de una prensa cercana al poder.

Pulitzer, el padre de la profesionalización del oficio, escribió en sus diarios que el alma de la información la constituye su sentido moral, su coraje, su integridad, su humanidad, su consideración por los oprimidos y el anhelo de proporcionar un servicio público. Ojalá todos los periodistas recitáramos esto como un mantra y aprendiéramos la lección de que en el periodismo no todo se vale porque hay mucho que perder.  

En Twitter: @morozcoa

margaraorozco@yahoo.es

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