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Opinión

  • | 2007/06/23 00:00

    María Emma Me fía

    Para repetir la victoria de garzón el polo debe presentar un candidato que garantice su moderación, insatisfactoria desde lo ideológico pero necesaria desde el ángulo de lo práctico

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La guerra que vivimos en Colombia no es el problema, sino la manifestación del problema. Una manifestación tan larga y tan dura, tan desmoralizadora, tan omnipresente, que ha terminado en convertirse, para muchos, en el problema mismo. Dicen: si no fuera por la guerra, este sería un gran país, Se equivocan: es al revés. Hay guerra porque el país no es bueno. La guerra no es la causa de los males del país, sino su consecuencia.

Por no ver eso, o por negarlo (es decir, de buena o de mala fe), se ha pretendido dar salida a esos males con más guerra, como si la enfermedad fuera el remedio. La dosis más reciente de esa dañina medicina ha sido la administrada por el gobierno charlatán de Álvaro Uribe, cuya promesa era la de ganar primero la guerra para que, entonces sí, pudiera llegar la paz: como si la guerra fuera fruto de la voluntad malévola de unos "malos colombianos", y no producto (entre muchos otros) de la injusticia esencial que se ha pretendido mantener mediante la guerra misma, forma extrema de la represión social. Pero así como el diagnóstico es falso, la receta es equivocada, como lo muestran con creces los resultados obtenidos en cuatro años. La persistencia en la receta -la doble taza de caldo- nos trajo el segundo gobierno de Uribe, cuyos resultados, por lo que se va viendo, serán aún peores.

Esto es así por la sencilla razón de que las recetas de la derecha no pueden ser solución a los problemas generados por la propia derecha. La derecha no puede resolver los problemas, no porque le falten los medios ni las capacidades, sino porque no quiere resolverlos. No está interesada en resolverlos. Y la palabra "interés" es aquí la definitiva. Prefiere aplastarlos, o por lo menos intentarlo. Aquí lleva por lo menos medio siglo -el medio siglo de esta guerra- intentando aplastarlos, y negando que existan; y en consecuencia agravándolos. Porque aunque la guerra no sea la causa ni el origen de los males, sí es un serio agravante, y un bloqueo para su solución.

El desbloqueo, el desmonte de ese mecanismo tramposo que es la guerra permanente, que disfraza los males y los retroalimenta, sólo puede venir del avance de las fuerzas de la izquierda política: la que, al contrario de la derecha y a diferencia de la izquierda armada (la guerrilla) ve la guerra como un obstáculo que hay que evitar, y no como una herramienta que hay que emplear. Esa izquierda está representada hoy en Colombia por el Polo Democrático Alternativo. Y su avance sólo puede producirse si se consolidan los ya obtenidos, de los cuales el más importante es sin duda la Alcaldía de Bogotá. No es que Luis Eduardo Garzón haya hecho una alcaldía radicalmente de izquierda en estos años: por supuesto que no. No fue el radicalismo, sino la moderación, el elemento que permitió su victoria electoral. Para reproducirla el Polo tiene que presentar en las próximas elecciones un candidato que garantice esa misma moderación, sin duda insatisfactoria desde el punto de vista ideológico pero necesaria desde el ángulo de lo práctico. Y ese candidato es, como lo sugiere el título de esta columna, María Emma Mejía.

¿María Emma, un avance de la izquierda? Desde aquí puedo oír las risotadas. Y las entiendo, claro: porque es un hecho que su carrera política -o más exactamente administrativa- ha sido zigzagueante: desde Focine con Belisario Betancur hasta Pies Descalzos con Shakira. En el camino intermedio ha habido de todo: galanismo, gavirismo, samperismo, serpismo, y ahora Polo Democrático. Pero más que los nombres de los grupos o los jefes habría que mencionar los puestos que ha ocupado, y ver que en todos ellos ha sido dos cosas: leal a su jefe de turno, y eficaz en el cumplimiento de sus funciones. De lo cual se deduce que ese será también su comportamiento esta vez: si es escogida como candidata del Polo en la consulta interna -cuyas reglas ha aceptado, sin pretender, como es usual, cambiarlas: se ha puesto en manos del elector, y no del Registrador- será clara en el manejo de la candidatura; y si es elegida a la Alcaldía de Bogotá con los votos del Polo, cumplirá con el programa de gobierno que el partido ha acordado, y que acaba de reiterar al recibir la adhesión de dos de sus parlamentarios, Antonio Navarro y Gustavo Petro. No tiene vocación de ideóloga, sino -como ella misma declaró alguna vez- de funcionaria.

Y de funcionaria eficaz. El crecimiento del Polo como fuerza creíble y confiable de la izquierda también depende de eso: no sólo de la teoría, sino de la práctica. Y en la práctica María Emma lleva más de veinte años, desde los tiempos de su Consejería para las comunas de Medellín, mostrando su capacidad para hacer cosas, en las embajadas, en los ministerios, o en las conversaciones de paz con las Farc y con el ELN. Hace unos días un grupo de escritores, artistas y gente de teatro publicó una carta de apoyo a su candidatura en la que se enumeraban sus cualidades, y la primera, con razón, era esa: su "vocación de servicio", demostrada "al ejercer con profesionalismo y transparencia altos cargos públicos".

María Emma Mejía es de fiar. "María Emma Me-fía", la llamaban los cineastas que buscaban apoyo para hacer películas cuando era directora de Focine.
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