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Opinión

  • | 2001/05/21 00:00

    María Fernanda Siniestro

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(A propósito de nuestra película "Siniestro", que se exhibe esta semana en Bogotá, presento la historia de María Fernanda Leal, personaje central de la historia.)

María Fernanda Leal posee un pecho perfecto. Pero eso a ella poco le importa. No es tan inescrupulosa como para utilizarlo en favor de sus causas y la única razón por las que suele exhibirlo tiene que ver más con el clima hirviente de Ovejas, el pueblo en que vive desde hace cuatro años. María Fernanda piensa que su verdadera fuerza está en su cabeza y _sobretodo_ en su corazón.

Aunque si por la cabeza fuera, María Fernanda jamás hubiera sacado adelante la Escuela Nacional de la Gaita. Fundar ese centro educativo, en medio de un territorio desolado por la violencia y un conglomerado que definitivamente prefiere a Diomedes y al Binomio que a las tradiciones milenarias del territorio, fue en realidad una traición de la mente, en favor del corazón.

Aquel Ministro de Cultura, loco de amor por ella, le habría dado lo que ella hubiera querido. Pero María Fernanda sólo le pidió que le asignaran la vieja e imponente casa de la familia Habib, que en los últimos cinco años había sido un oscuro convento de clausura de las hermanas clarisas y que ahora estaba abandonada y ruinosa.

Y así fue. María Fernanda Leal, apenas quince días después de recibir su grado de Antropóloga de la Universidad Nacional, se mudó a Ovejas, en todo el centro de Sucre, y se dedicó, con el mismo fervor que una monja le profesa a Dios, a enseñarle gaitas y tambores a los niños pobres de la escuela pública.

El Ministro de Cultura, a quien María Fernanda denominaría para siempre "mi mecenas sexual", duró seis meses más en el cargo, y de allí en adelante la antropóloga quedó sola en la vida con un caserón sin mobiliario, un ramillete de párvulos que daban su vida por una gaita y una lista de gastos mensuales que simplemente no tenía cómo costear.

María Fernanda se coló entonces en cuánto presupuesto de cultura encontró un orificio abierto: el Departamento de Sucre, el Municipio de Ovejas, el Fondo Mixto del Ministerio de Cultura, la Oficina de Asuntos Culturales de la Empresa Colombiana de Petróleos y hasta el Congreso de la República. Pero la verdad es que María Fernanda pasaba más tiempo frente a la máquina de escribir, enviando cartas limosneras, que en el aula inmensa de las gaitas, donde estaba su verdadera dicha y su verdadera pasión.

Así, tecleando en una vieja "Underwood" y trabajando de sol a sol con los niños músicos de Ovejas, María Fernanda había logrado en corto tiempo que su objetivo principal se cumpliera. La música ancestral había resucitado en el corazón de la juventud ovejera y la escuela había producido, en sólo cuatro años, seis primeros lugares en el Festival Nacional de la Gaita.

El día en que el periodista Marco Byrne la visitó por primera vez, María Fernanda estaba trenzada en una de las peores batallas en la guerra por mantener con vida la escuela. El Representante a la Cámara por Sucre, Armando Romero Olmos, le había ofrecido construirle una faraónica nueva sede para la escuela, en un terreno ubicado en las afueras de Ovejas. Eso a ella jamás le sonó. No sólo porque estaba sobrada de sede, con los 500 metros cuadrados del caserón que le había regalado su mecenas sexual, sino porque María Fernanda supo siempre que algo turbio se escondía detrás de las intenciones del influyente político local. Así se lo hizo saber a Romero Olmos en una enérgica carta, en la cual le manifestó que si se trataba de ayudar a la Escuela de la Gaita, lo mejor era asegurarle su funcionamiento con una partida permanente.

El día de la visita de Byrne acababa de protocolizarse la porquería. Romero Olmos se había presentado a la escuela para decirle, sin pudor alguno, que no se le atravesara en el camino. "Si usted se opone a ésta gran obra", la amenazó, "se queda sin sede, ni la nueva, ni la vieja". María Fernanda lo supo enseguida: las nobles intenciones de Romero Olmos no eran otras que la de aprovechar el prestigio de la escuela para construir, piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, un fenomenal negociado.

Así, Marco Byrne encontró a María Fernanda de muy mal genio. Como si fuera poco, ella tenía una impresión muy clara de los periodistas y no era la mejor. Por eso, cuando Byrne y su equipo subieron a la segunda plata de la casona, muy orondos, se encontraron con una verdadera fiera.

A pesar de que ya iban ser las diez, María Fernanda estaba aún en clase de ocho. El atraso de la clase la había puesto aún peor.

"Hola, preciosa", dijo Byrne muy coqueto. "Preciosa no, profesora", le corrigió ella, y de inmediato le preguntó que en qué le podía servir. Byrne comenzó a explicarle, pero ella misma lo interrumpió para decirle que estaba en clase y que la esperara abajo.

Ya abajo, la conversación fue un desastre. Byrne le dijo que había venido a buscarla porque Marcano Leal le había dicho que ella había comprado el medallón de Lía y Deogracia, la pareja de enamorados que había muerto en un accidente cincuenta años atrás.

_¿Y usted para qué necesita ese medallón?

_Un video musical sobre el siniestro de Ovejas que estamos haciendo, _repuso Byrne.

María Fernanda parecía escandalizada. "¿Un video musical sobre semejante tragedia? La televisión sí se nos terminó de enloquecer..."

María Fernanda inició una retahíla sobre el ojo morboso de la televisión, hasta que Byrne no quiso oirla más. "Señorita, haga lo que quiera, piense lo que quiera, Marco Byrne se larga de acá".

Y se fue, con un portazo. Ya lejos del alcance del oído de ella, Marcos Byrne le dijo a sus colaboradores:

_Esta cachaca es culebra cascabel encastada con mapaná.

_¿Le viste las tetas que se manda?, _ fue todo lo que le contestó Dalí Castillo. Tres días después de aquel accidentado primer encuentro, María Fernanda Leal y Marco Byrne volverían a encontrarse, pero en circunstancias más placenteras. Sería en una de las denominadas "Noches del Arraigo" que cada viernes celebraba la Escuela. La gaita, que los indígenas usaban para espantar a los malos espíritus, fue la solución.
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