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Opinión

  • | 2015/04/18 22:00

    Acertijo

    La razón por la cual a Uribe se le perdona hasta lo imperdonable es que ha sabido interpretar el repudio que generan las FARC en gran parte de esta sociedad que ha vivido en carne propia su crueldad.

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¿Por qué a pesar de que Uribe tiene a buena parte de sus alfiles tras las rejas inmersos en escándalos de corrupción que escandalizarían al político más corrupto, él sigue despachando desde el Olimpo, sin que su capital político se le haya afectado?

Esa pregunta me la vengo haciendo no ahora, que dos de sus ministros han sido condenados por cohecho por la Corte Suprema de Justicia -fallo en el que además se le señalaba como el responsable de esas dádivas-, sino desde hace ocho años cuando ya se rumoraba que su primer director del DAS Jorge Noguera había puesto la entidad al servicio de las AUC, durante su gobierno. El embajador gringo de entonces dijo una frase a un medio de comunicación que me quedó sonando. Dijo que la única forma de que a Uribe lo afectaran estos hechos era si un funcionario de la talla de Noguera terminaba siendo investigado y condenado. Sin embargo, el ‘buen muchacho’ de Uribe fue condenado no solo por concierto para delinquir sino por haber asesinado al profesor Correa de Andréis y esa mácula no le hizo mella alguna. Tampoco le afectó su capital político la condena de Mario Uribe por parapolítica ni la de sus jefes de seguridad de Palacio hoy presos, uno, Flavio Buitrago, acusado de aliarse con el bloque Central Bolívar, y el otro, el general Santoyo, pedido en extradición por haberse asociado con la Oficina de Envigado para exportar cocaína hacia Estados Unidos.

La respuesta a este acertijo no la tengo clara. Lo que sí es evidente es que esta contradicción refleja a una sociedad degradada que hace rato perdió la noción para establecer  la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo ilícito y lo lícito y entre lo legal y lo ilegal. Se nos refundieron hace rato esas fronteras y para muchos las normas se convirtieron no en obligaciones sino en obstáculos.

Obviamente, el fenómeno de Uribe no se puede entender sin la guerrilla de las FARC, la cual también se ha degradado en estos años de guerra. En la selva ellos también han ido construyendo una retórica para justificar lo injustificable. En una ocasión una periodista le pregunto a Karina por qué las FARC habían decidido matar civiles, y ella contestó que “las FARC no mataba civiles sino sapos”. Su respuesta aún me produce escalofríos.

En realidad la razón por la cual a Uribe se le perdona hasta lo imperdonable es porque ha sabido interpretar el repudio que generan las FARC en una gran parte de esta sociedad que ha vivido en carne propia su crueldad. Él le ha dado voz a una sociedad desesperada, derechizada a la fuerza que poco le importa que su reelección ahora haya resultado espúrea, ni que el DAS hubiese chuzado a periodistas opositores, que bajo su precaria visión democrática,  podrían ser considerados auxiliadores de la guerrilla, o que hubiese hecho lo mismo con las amigas de Chávez como Piedad Córdoba. Nada de eso les impidió a los campesinos del cañón de Las Hermosas –reconocido por ser un lugar estratégico de las FARC– votar en las pasadas elecciones presidenciales por el uribismo. Mucho menos molesta que desde el DAS se hubiesen hecho montajes a magistrados que investigaban la parapolítca, porque para los uribistas los paramilitares fueron unos héroes anónimos que liberaron zonas que estaban bajo el dominio de las FARC.

Ahora bien, si el día de mañana, las FARC deciden dejar las armas y en lugar de cometer actos repudiables como el asesinato de los soldados en el Cauca cambian el fusil por la política, Uribe volvería a retomar su dimensión real: la de ser un político con un gran carisma que dilapidó su legado por su obsesión por el poder.  Yo aspiro aún a ver ese país.

CODA:
Poco me importa si hubo un error militar. Lo cierto es que las FARC aprovecharon un momento de vulnerabilidad de las tropas para cometer un acto cruel y repudiable. Según las FARC el asesinato de esos 11 soldados se trató de un acto de guerra más, pero se equivocan. Los efectos políticos que este atentado ha producido son mucho más profundos de lo que ellos creen. Desconocer el repudio que estos actos criminales han tenido en la sociedad, sería un segundo e imperdonable error.
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