Sábado, 21 de enero de 2017

| 2015/08/29 22:00

Añorando a Chávez

Falta poco para que en su fiebre nacionalista Maduro señale a la migración colombiana de ser culpable de la baja del petróleo.

María Jimena Duzán Foto: Guillermo Torres

Siempre he creído que el nacionalismo es una de las pasiones más bajas a las que está expuesta la humanidad, y que quienes lo exacerban y lo alimentan con falsos prejuicios son políticos indignos que recurren a los más bajos instintos para suscitar la admiración de su pueblo ante el fracaso de sus políticas.

Por eso resulta tan peligroso e injusto el camino que está emprendiendo el presidente venezolano Nicolás Maduro, al querer recurrir al nacionalismo y culpar a los 4 millones de colombianos que viven hace muchos años en Venezuela de los graves problemas de inseguridad, corrupción y anarquía que tienen al gobierno de Maduro ad portas de perder las elecciones parlamentarias de diciembre próximo.

El clima está tan enrarecido que hasta lo absurdo se vuelve posible. Nos falta poco para que la fiebre nacionalista le dé alas a Maduro  para señalar a la migración colombiana de ser también la culpable de la crisis internacional  desatada por la baja en el precio del petróleo, de la reciente debacle de las bolsas internacionales, de la escasez interna de productos que padecen desde hace rato los venezolanos, de la inflación que ya supera el 30 por ciento anual y de la devaluación histórica que enfrenta hoy el bolívar.

La forma delirante como ha venido escalando su discurso anticolombiano, alimentando el odio por todo lo que huela a migración colombiana, ha llegado al exabrupto de poner a los 4 millones de colombianos que viven en Venezuela bajo la sospecha de que podrían ser paramilitares encubiertos y, por ende, aliados secretos del ‘paramilitar mayor’, el expresidente Álvaro Uribe, cabeza del complot que según Maduro lo quiere sacar del poder.

Ni yo que he sido una antiuribista integral, que también deploro la exacerbación nacionalista que exuda el dogma uribista el cual sostiene estupideces como la de que Santos es un muñeco del castro-chavismo; que no creo en defensas de soberanías vociferantes hechas a punta de megáfono ni en su preocupación por los desplazados de Venezuela cuando aquí niega los desplazados internos que produjo su política de la seguridad democrática,  creo en este complot contra Maduro.

Tampoco creo que los paramilitares estén aliados con los medios de comunicación colombianos para derrocarlo como lo asegura Maduro en su extravío. Esos son los mismos medios que el uribismo de las redes acusa de lo contrario, es decir, de ser auxiliadores de la guerrilla por el hecho de informar sobre el proceso de paz sin hacerle oposición cerrera como lo hace desde siempre NTN24 y ahora RCN.

Pero, sobre todo, tampoco creo que los medios hayamos inventado las historias que retratan la crueldad con que están siendo deportados los colombianos, ni que sea un producto de nuestra imaginación que se estén marcando las casas de los colombianos con la D, que significa demoler, para que luego de ser deportados sus casas puedan ser arrasadas.

Es cierto que la frontera con Venezuela no es una zona de fácil lectura y que ha faltado una política de fronteras para controlar esas zonas limítrofes. Es cierto que hay presencia de grupos paramilitares desde hace mucho tiempo y de las guerrillas de las Farc y del ELN. También es cierto que es una frontera marcada por el contrabando, el cual se ha agudizado en perjuicio de los venezolanos por cuenta de la devaluación que ha venido sufriendo el bolívar frente al peso. Todo eso es cierto. Pero ni todos los colombianos son la plaga que está acabando con Venezuela, ni todos los venezolanos son tan buenos y puros como Maduro de manera maniquea los presenta.

Y señalar a la migración colombiana como la base social del paramilitarismo, es una distorsión igual o mayor que la de cuestionar el liderazgo de Santos porque no es capaz de gritar tan duro como Maduro o como Uribe. Lo cierto es que han resultado más ecuánimes en esta crisis las Farc que el expresidente Uribe y el presidente Maduro. En un comunicado leído por Santrich se hizo un llamado a la cordura para que los dos países logren solucionar sus problemas fronterizos por las vías diplomáticas. Siempre la realidad superando la ficción, como diría Gabo.

Voltaire decía que él daría la mitad de su vida para que los nacionalistas pudieran defender sus tesis, pero que la otra mitad la necesitaba para batallar para que los nacionalistas no consiguieran lo que pretendían. Por eso prefiero en estos momentos un liderazgo ecuánime como el que ha demostrado Santos en esta crisis y no uno como el de Uribe, basado en el odio y en el poder intimidante de la propaganda. A los venezolanos les debe pasar algo similar con el desvarío incendiario de Maduro. Muchos en este momento deben estar añorando a Chávez.

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