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Opinión

  • | 2015/04/11 22:00

    Desmadre

    Habría sido más transparente que Santos hubiera nombrado a Vargas Lleras ministro de Transporte en lugar de convertirlo en una especie de presidente paralelo.

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Al principio de este embrollo el gobierno Santos nos dijo que la reforma al equilibrio de poderes buscaba enmendar el error que se había cometido en el 2004, cuando los que hoy integran la Unidad Nacional, más quienes actualmente forman parte del Centro Democrático y el Partido Conservador, embrujados por Uribe, le rompieron el pescuezo a la Carta del 91 y, sin ningún empacho, cambiaron la Constitución en beneficio de Uribe quien pudo reelegirse desde el poder.

Fui parte de esa minoría que se opuso a la reelección no por razones ideológicas o personales, sino por convicción. No se puede cambiar la Constitución Política a la carta, ni en función de una coyuntura o de una persona. Mis convicciones me decían que ese articulito volaría en mil pedazos el sistema de pesos y contrapesos establecido por la Constitución del 91 y que una muestra de ese peligroso desajuste era que el presidente podía intervenir más de una vez en la elección del fiscal, procurador, magistrados de la Corte Constitucional y del Consejo Superior de la Judicatura. Ese fue el origen del desmadre.

Por eso, el anuncio de que Santos quería abolir la reelección y restituir los equilibrios perdidos lo entendimos como un mea culpa tardío pero importante. Sin embargo, luego de cinco debates, ese propósito inicial que inspiraba la reforma se ha ido desdibujando al extremo de que hoy parece una colcha de retazos a la que todos los días el gobierno le cuelga un nuevo perendengue. El último ofrecimiento, el que le levanta el veto que les impedía a los congresistas ser ministros, es una gabela que no tiene nada que ver con el equilibrio de poderes ni con el mejoramiento de la Justicia. Sería el colmo que con tantas tareas pendientes que tiene el Congreso, esta gabela se convierta en debate nacional. Además, un Congreso que no ha podido pasar una ley de salud, ni una ley de pensiones, ni una ley de justicia decente que le sirva a los ciudadanos de a pie, no le queda bien pelechar solo por sus derechos.

Algo confundida, le pregunté al gobierno y a los congresistas qué tenían que ver estas gabelas con el equilibrio de poderes y sus respuestas fueron dignas de las de una reina de belleza: “Eso permite que el jefe de una bancada sea el ministro en lugar de que este tenga que nombrar a una de sus fichas, como ocurre ahora. Eso contribuye a que la política sea más trasparente”, me dijo un miembro de la Unidad Nacional. O sea, hombre con hombre, mujer con mujer…o todo lo contrario.

La otra discusión que se ha convertido en trifulca política es el tema de la inhabilidad del vicepresidente y de su fuero; discusión que nuevamente a pocos colombianos interesa y que nada tiene que ver con el equilibrio de poderes ni con la Justicia, de no ser porque el vicepresidente se llama Germán Vargas Lleras y se perfila como el candidato más opcionado para suceder a Santos en las próximas elecciones presidenciales del 2018.

Lo que realmente desequilibra no es si el vicepresidente tiene la inhabilidad de un año o de cuatro o si tiene o no el  mismo fuero que el presidente, como se plantea en la reforma. Lo que verdaderamente desequilibra son las atribuciones que por decreto le dio el presidente Santos a Vargas Lleras para que fuera  el encargado de poner en marcha las nuevas carreteras de cuarta generación. Eso sí le ha dado a este vicepresidente un inusitado poder que pone desde ya a los demás candidatos presidenciales en una clara situación de desventaja. Desde esa óptica habría sido más transparente que Santos hubiera nombrado a Vargas Lleras ministro de Transporte en lugar de convertirlo en una especie de presidente paralelo.

Si este país estuviera menos confundido estaría dando la discusión en torno a las atribuciones del vicepresidente en lugar de andar intentando utilizar la reforma de equilibrio de poderes para frenar candidaturas con nombre propio, desdibujando aún más el espíritu de la reforma. La sorpresa de todo este zafarrancho es la frase con que el expresidente Uribe apoyó a German Vargas Lleras: “Le hace enorme daño al país que se cambie la Constitución con nombre propio”. Tiene razón. Lo que sorprende es que esto lo diga quien se hizo aprobar una reforma hecha a su justa medida que le permitió reelegirse y armar el desmadre del que hoy estamos pretendiendo salir. Tiene razón Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte cuando dice que la historia se repite unas veces como tragedia (2004) y otras veces como farsa (2015).

De los 28 artículos que tiene la reforma solo hay cinco importantes que en realidad tienen que ver con el equilibrio de poderes y el mejoramiento de la Justicia: el que acaba con ese adefesio del Consejo Superior de la Judicatura, la no reelección del procurador, la creación del Tribunal de Aforados, la abolición de las funciones nominadores de las cortes y de la reelección presidencial. Los demás son micos, que si se siguen amamantando se pueden convertir en el orangután del 2012.
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