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Opinión

  • | 2014/02/22 00:00

    El chavismo según Uribe

    No es muy claro que los venezolanos quieran volver a esa Venezuela en la que la riqueza del petróleo se quedaba en unas pocas familias.

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Desde que el chavismo llegó al poder, la percepción que tenemos los colombianos sobre lo que ocurre en el vecino país siempre ha estado distorsionada por esa polarización que ha instigado el uribismo, cuyo discurso ha calado sobre todo en las redes sociales donde el Twitter de Uribe se ha convertido en un arma letal. 

Para el expresidente y sus seguidores, el mundo se divide en dos: de un lado, los partidarios del castrochavismo y del otro, quienes se le oponen de manera heroica. En el primero, los uribistas que todo lo simplifica, nos ubican a los colombianos que apoyamos el proceso de paz de La Habana, incluido el presidente Santos, quien es acusado cada instante en el Twitter del expresidente Uribe de haber entregado el país al castrochavismo. Del otro, están ellos, los uribistas, hombres buenos, impolutos, que sí tienen la valentía de salir a solidarizarse con sus hermanos venezolanos que se oponen a un oprobioso régimen.

Obviamente este reordenamiento virtual que nos quiere imponer el uribismo sobre lo que sucede en Venezuela tiene tanto de realidad como la que tienen las telenovelas venezolanas. 

Su más grande descache es insistir en la tesis de que el régimen venezolano es una amenaza para la democracia colombiana porque busca expandir en nuestro territorio la revolución del siglo XXI propuesta por Chávez. La verdad es que el chavismo está lejos de ser un movimiento revolucionario y su régimen también. Basta con recorrer las calles desoladas de Caracas y entrar a los desabastecidos mercados de los barrios para llegar a la conclusión de que lo que reina en Venezuela no es un régimen dictatorial de izquierda, sino una anarquía signada más por la corrupción que por la ideología. 

La mayoría de los venezolanos que están saliendo a la calle a protestar contra el chavismo no lo hace para denunciar los atropellos de un régimen opresor, –así haya serios intentos por amordazar a la prensa que se opone al régimen y la fuerza pública haya cometido excesos imperdonables contra los manifestantes, entre los que se cuentan ya varios muertos. La mayoría de los venezolanos protesta porque ya no puede más con los índices de inseguridad y con el desabastecimiento de los mercados de barrio. Ya ni los chavistas le creen a Maduro cuando dice que la culpa de que no haya comida en los supermercados es de los fascistas, porque todos saben que los dueños de esos supermercados, que en su mayoría han sido nacionalizados, son personas cercanas al régimen (los ‘boliburgueses’). 
 
Pero además los altos índices de inseguridad demuestran que este régimen ni siquiera alcanza a ser una dictadura, –si lo fuera, ese problema sería el primero en haber desaparecido, como sucede en todos los regímenes dictatoriales–. Hoy los venezolanos tienen el temor de que sus casas sean asaltadas por unos comités que fueron armados por el propio Chávez dizque para defender la revolución del siglo XXI. Esos comités no se dedicaron a defender la revolución sino a saquearla y a utilizar las armas para robar y secuestrar ciudadanos. 

También se equivocan los uribistas cuando nos hacen creer que los venezolanos están saliendo a protestar en defensa de Leopoldo López, quien es visto por ellos como el presidente que desearían tener en Miraflores. En Venezuela, su liderazgo ha sido muy cuestionado dentro de un amplio sector de la oposición que no lo vé como su legítimo vocero, así desde aquí muchos lo vean como un galán, héroe de una telenovela venezolana. Leopoldo López representa la Venezuela que produjo el fenómeno de Chávez y no es muy claro que los venezolanos quieran volver a esa Venezuela en la que la riqueza del petróleo se quedaba siempre en las mismas familias. Chávez no logró hacer una revolución en su país, pero sí produjo una recomposición de élites: sacó a las familias tradicionales que durante años detentaron el poder político y económico para meter a una clase media emergente menos educada, menos preparada a manejar el Estado, al tiempo que les aumentó los subsidios a los venezolanos que menos tienen. Esa nueva clase, hoy empoderada, es la que está saliendo a pelear en las calles a favor de Maduro. Y desde la oposición, el único líder que ha entendido que Venezuela no está dispuesta a volver a caer en manos de las élites del pasado es Henrique Capriles, cuyo liderazgo, sin duda más realista y más ponderado, se asienta cada vez más. 

Tampoco se cumplió la profecía uribista de que el chavismo iba a armar a las Farc. Probablemente lo habría hecho si el uribismo hubiera seguido en el poder, pero afortunadamente el proceso de paz iniciado por el presidente Santos desactivó ese frente para el bien del país. Los gobernantes (y los expresidentes) tienen que pensar en el bienestar de su gente y no en satisfacer a sus seguidores en el Twitter.      

Una revolución así de famélica no puede ser ninguna amenaza. Pero además, si se trata de defender nuestra democracia de las amenazas que se ciernen sobre ella, el peligro más grande está en esa polarización esquizofrénica que le sirve de sustento al uribismo. 
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