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Opinión

  • | 2014/08/23 00:00

    El derecho a decir estupideces

    Constreñir la libertad de opinión del que piensa distinto a uno no es la mejor manera de empezar a construir un país más tolerante y democrático.

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Todo lo que representa la congresista María Fernanda Cabal en esta sociedad, me repugna y me asusta. Desde que llegó al Congreso, su discurso político, precario en ideas, ha estado dirigido a exacerbar el odio, la ira y el rencor entre los colombianos. Sus trinos llaman siempre a la intolerancia y a exaltar la protección de unos valores patrios excluyentes, que no cobijan ni a los que somos ateos, ni a los que son gays, ni a los intelectuales de  izquierda, ni a los partidarios del proceso de paz ni a nadie que piense distinto a ella. Su fanatismo se ha convertido en la base de su poder argumentativo, como les sucede a quienes son seguidores del método de Hitler. Ella nos trata como si fuéramos “la plaga”, palabra que Hitler utilizaba para referirse a los judíos años antes del Holocausto: los que no profesemos sus credos somos enemigos de la patria y dignos del averno porque el cielo es solo para seres puros y superiores como ella. Las cumbres celestiales solo están reservadas para figuras como el procurador Ordóñez y el ejército de exneonazis que rodean a Cabal, según lo han afirmado ya varios medios.

Desde su pedestal de pureza se ha querido presentar como una defensora de las víctimas de las Farc, pero en realidad lo que ha hecho es manipularlas. Vi con mis propios ojos cómo el señor Eduardo Romano, exjefe de los neonazis y fundador de un grupo de ultraderecha, Restauración Nacional, entró al foro de las víctimas en Cali con el único propósito de sabotear el encuentro. Los trinos que hacía el sujeto Romano eran retuiteados por la congresista desde su escritorio del Congreso y ella misma trinó frases impregnadas de ira y de odio, mucho más provocadoras que las que hizo contra Ángela Giraldo.  
Era claro que su intención no era la de pelear por la dignidad de las víctimas de las Farc, sino exacerbar el odio y el rencor que había en esa gran sala. Afortunadamente las víctimas les dieron una lección a la representante Cabal y a su intruso fotógrafo. No picaron el anzuelo de la provocación y decidieron en cambio sentarse a mirarse las caras por primera vez, de manera civilizada, lejos de manipulaciones burdas e indignas. Ahora, resulta que esta congresista que solo respira odio y rencor, le increpa a una víctima de las Farc por sonreír al darle la mano a quien Cabal pensaba era un “terrorista” de las Farc (en realidad era Jaime Avendaño, un funcionario del gobierno). ¿Y qué si ella le hubiera sonreído a un jefe de las Farc? ¿La mandaría la congresista al infierno como mandó a nuestro nobel García Márquez? 

María Fernanda Cabal es una congresista con un discurso antidemocrático, que va en contra del pluralismo, de la diversidad de opiniones y de la tolerancia; es una congresista que cree que el odio y la ira son la base para mantener el “orden” en esta patria que ella con tanta pasión defiende. No obstante, a pesar de que la Cabal representa todo lo que yo repudio, prefiero que ella tenga la posibilidad de expresar su opinión libremente así lo que diga sea agresivo, provocador e incluso insultante, que verla amordazada y tras las rejas. Ella ni siquiera se merece ser una víctima de la libertad de expresión. Y al igual que el editorial de El Espectador rechazo la propuesta del defensor del pueblo de proponer una regulación en el uso del Twitter con el propósito de evitar la revictimización de las víctimas. Constreñir la libertad de opinión del que piensa distinto a uno, no es la mejor manera de empezar a construir un país más tolerante y más democrático. Tampoco es la mejor manera de redignificar a las víctimas que lo que quieren es ser reconocidas como entes activos e impulsores de la democracia. Se empieza regulando lo que se puede o no decir en el Twitter y no se sabe en dónde se termina. Basta mirar lo que está pasando en Ecuador, donde hasta las caricaturas están reguladas.   

La señora Cabal debe tener derecho a decir estupideces y su castigo debe darse en las urnas, no tras las rejas. Pero además, ese mismo derecho a decir estupideces lo tiene también Piedad Córdoba a quien le acaban de abrir una investigación por delitos de lesa humanidad. Piedad podrá haber cometido errores, como el de haber entrado al Palacio de Miraflores con Iván Márquez de la mano; podrá hablar más de lo mandado y haber hecho hasta lo imposible para liberar a varios de los secuestrados de las Farc. Pero de ahí a  señalarla de un delito que ni siquiera se les ha endilgado a los miembros de las Farc es una exageración igual o peor a la que se hubiera podido cometer contra la Cabal si ella termina en la cárcel porque en un trino increpó a Ángela Giraldo por haberle sonreído a sus victimarios. 

Pensar distinto no puede convertirse en delito. Y si queremos salir de esta intolerancia que nos han dejado tantos años de guerra, hay que abrirle campo a María Fernanda Cabal y a Piedad Córdoba. 
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