Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2015/09/19 22:00

El periodismo en el que creo

Los medios no pueden amedrentarse ni hacerse los de la vista gorda con lo que está pasando en la Fiscalía porque todavía hay muchas preguntas sin respuesta.

María Jimena Duzán Foto: Guillermo Torres

El fiscal Eduardo Montealegre se ha venido lanza en ristre contra mí, luego de cuestionar una serie de contratos que se firmaron al amparo del decreto que reestructuró el ente acusador. Al principio trató de menospreciarme y de horadar mi credibilidad con argumentos sexistas, al decir en una entrevista en El Espectador que yo no escribía mis columnas sino que me las escribían sus contradictores.

Luego nos graduó de perros rabiosos del uribismo. Según Montealegre, a los periodistas que nos hemos atrevido a indagar la manera como se está utilizando el dinero para la reestructuración no nos mueve un afán periodístico, sino el deseo de hacerle el juego al uribismo, grupo que quiere acabarlo por haber metido a la cárcel a varios uribistas. (Álvaro Uribe Vélez cuando era presidente también nos estigmatizaba cuando nos señalaba de ser auxiliadores de la guerrilla por denunciar sus abusos de poder).

Pese a que los argumentos con que ha intentado desprestigiarme son bajos e indignos de quien se dice defensor de los derechos de la mujer y de la libertad de expresión, creo que el fiscal Montealegre está en todo su derecho de emitir sus opiniones, así estas sean ruines. Ese derecho a disentir de manera franca y cruda, forma parte de la libertad de expresión que él tanto dice defender. Yo, sin embargo, hubiera preferido ver al fiscal respondiendo los serios cuestionamientos que se le han hecho en los medios en lugar de personalizar las denuncias y cuestionar la credibilidad de los periodistas que los hacen.

Lo que sí no es admisible es la amenaza. En la entrevista que concedió a Caracol Radio me notificó que venía recolectando información sobre mí, con el propósito de enviarme una carta de rectificación a sabiendas de que iba a parar a la caneca, ya que según él, el único periodista que en Colombia tenía el valor de rectificar era Daniel Coronell.

Que sea la oportunidad para decirle al señor fiscal que no tengo ni he tenido problema alguno en rectificar cuando se demuestra que me he equivocado en los hechos. Y puede estar seguro que si hubiese alguna imprecisión en los hechos por mí relatados no voy a tener ningún problema en rectificar, porque como dice Fernando de Rojas, en La Celestina, “propio es de los humanos errar y de las bestias porfiar”. Lo que sí no me puede exigir el fiscal, a pesar de su intimidante tono, es que me rectifique de mis opiniones, porque estoy protegida por la Constitución y ni siquiera un funcionario con un poder sin control como el que él detenta, me puede quitar ese derecho.

El periodismo como yo lo entiendo debe servir de ojo avizor para evitar los abusos y desmanes de los poderosos, estén donde estén y sean de la ideología que sean. El periodismo en el que creo, no puede convertir la denuncia en un arma política porque traiciona los postulados que rigen esta dura profesión. Por eso he sido crítica del poder omnímodo y arbitrario del procurador Ordóñez, de la misma forma que lo fui de los abusos de poder del gobierno del presidente Uribe o del cuestionado gobierno liberal de Ernesto Samper. La Fiscalía de hoy se ha convertido en un monstruo con más poder que el presidente. No tiene ningún control político y su único control jurídico es una comisión de absoluciones que no le hace ni cosquillas.  Razones de más para que el periodismo ejerza un control certero sobre lo que ocurre en ese monstruo que se creó.

Los medios no pueden amedrentarse ni hacerse los de la vista gorda con lo que está pasando en la Fiscalía porque todavía hay muchas preguntas sin respuesta, sobre todo si se trata de un funcionario que no tiene o no quiere tener control institucional alguno.

La libertad de expresión no se puede defender solo cuando los reflectores de los medios apuntan a donde el funcionario poderoso quiere. Eso solo pasa en regímenes en donde los medios están sometidos por coacción o intimidación.

Con su tono intimidante, lo que está haciendo el fiscal Montealegre es darle la razón a los uribistas cuando dicen que no tienen garantías. Y si en este país la justicia no le da garantías a la oposición, podemos comenzar a rezarle los responsos a esta democracia.  Lo mismo habría que decir de las garantías para los periodistas que no estamos bajo el control de la Fiscalía y nos atrevemos a cuestionar a ese monstruo indomable que se creó.

En mi caso el desequilibrio de fuerzas es evidente porque puedo terminar procesada por mi perseguidor.

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