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Opinión

  • | 2014/11/01 22:00

    ¿En qué orilla juega Juan Carlos Pinzón?

    Con un ministro de Defensa dedicado a desautorizar constantemente lo que se acuerda en la Mesa, la oposición uribista parece un juego de niños.

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La oposición uribista está en todo su derecho de cuestionar el proceso de paz que se adelanta en La Habana. Lo que no tiene ninguna lógica son las continuas descalificaciones que hace el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, de todo o casi todo de lo que se acuerda en la Mesa de negociación.

Hace unas semanas, el ministro decidió hacer pública una información confidencial al revelar que el gobierno de Santos permitió la ida de Timochenko a La Habana y, en lugar de presentarla como un avance del proceso, Pinzón se lavó las manos como Pilatos y echó a los perros al equipo negociador. El resultado de esta maniobra es que hoy el gobierno Santos se está empleando a fondo para tranquilizar al procurador Ordóñez quien, por cuenta de la cizaña que sembró el ministro, anda indagando si la salida de Timochenko fue o no apegada a la ley. Para ser francos, este tejemaneje no lo ha hecho ni siquiera la oposición uribista.

El ministro Pinzón también se vino lanza en ristre contra otro acuerdo que salió de la Mesa de La Habana: el que permitía la traída de dos miembros del Secretariado de las FARC y de varios jefes de bloque que venían a fortalecer el equipo negociador de la guerrilla. De nuevo, en lugar de registrar este hecho como una señal de que las FARC no están divididas y que sí están integralmente comprometidas en el proceso, el ministro salió a descalificar la traída de estos nuevos comandantes y la demeritó como si se tratara del más uribista de los uribistas y no del ministro de Defensa del gobierno que adelanta una negociación de paz. Lejos de plantearla como producto de un acuerdo derivado de la Mesa de La Habana, la expuso como un acto desesperado de unos “bandidos que salen huyendo del país”.

Con un ministro de Defensa como Pinzón, dedicado a desautorizar constantemente lo que se acuerda en la Mesa, la oposición uribista parece un juego de niños.

Otro episodio que ha demostrado su poco compromiso con el proceso de paz es la forma lenta como ha reaccionado a las denuncias hechas por Semana.com según las cuales, desde varias plataformas de inteligencia militar, se estarían chuzando ilegalmente a periodistas, personalidades y al equipo negociador que está en La Habana.

Pinzón le ha restado importancia a la denuncia y ha insinuado que ese tipo de plataformas de inteligencia son normales en la guerra. Lo cierto es que no hay todavía ninguna norma que les permita a los militares chuzar de manera ilegal a los negociadores de paz, a comunicadores y personalidades diplomáticas.

Si este país fuera otro, el ministro debería haber asumido esta responsabilidad política desde hace rato. Y no habría podido hacer lo que ha hecho hasta ahora con el general Mauricio Forero, uno de los altos oficiales involucrados en el escándalo, a quien no solo lo ascendió sino que lo mantuvo en su puesto hasta hace pocos días, cuando Semana.com sacó nuevas revelaciones sobre chuzadas ilegales. Una cosa es que el uribismo diga que los acuerdos de paz hasta ahora logrados en La Habana son una capitulación al castro-chavismo. Otra cosa es que se descubra que la inteligencia militar está utilizando sus plataformas para sabotear el proceso de paz.

Su insistencia por abrirle paso en el Congreso a un proyecto de ley que amplía el fuero penal militar demuestra que Pinzón sigue con la matriz de la guerra y que el proceso de paz que se adelanta en La Habana es, para Pinzón, un escenario que no hay necesidad de integrar en el pensamiento estratégico de las Fuerzas Armadas.

El ministro tampoco estuvo en el debate que la congresista del Centro Democrático Paloma Valencia hizo hace unas semanas sobre la compra de las pistolas Sig Sauer. Y su ausencia fue elocuente, porque levantó suspicacias sobre hasta dónde llega la fidelidad de este ministro para con el gobierno Santos.

Es evidente que el proceso de paz tiene divididas a las Fuerzas Armadas. La mayoría de los generales lo ven con desconfianza, pero no se atreven a decirlo públicamente. Y hay otro grupo probablemente minoritario– de militares que sí se han declarado abiertamente enemigos del proceso.

Ante este realidad, habría que preguntarle al ministro si su fidelidad es para con el presidente Santos o si, por el contrario, está en el bando de los que se oponen abiertamente al proceso.
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