Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/07/09 00:00

El largo camino que comienza

En la selva, la guerrillerada le dedica el tiempo no a la guerra sino a prepararse para lo que se les avecina.

María Jimena Duzán. Foto: Guillermo Torres

"Todo concluye, pero nada perece”, decía Séneca. esa fue la reflexión más nítida que me dejaron los tres días que estuve en un campamento guerrillero del bloque oriental jorge briceño de las farc; el mismo al que pertenece el frente primero del guaviare que le acaba de notificar al país su decisión de no acompañar el proceso de paz.

Para mi sorpresa, cuando le pregunté al comandante Mauricio Jaramillo, jefe del bloque Oriental, sobre la noticia que estaba siendo difundida por los medios, él no me lo negó: “Sí, eso es cierto – me aclaró– no creo que sean más de 100 y muy probablemente lo hicieron porque fueron cooptados por la mafia”.

La noticia causó sorpresa en la joven guerrillerada con la que habíamos conversado durante tres días con sus noches, bajo una lluvia inclemente que nunca nos abandonó. “Santos ya salió a decir que los que no fuéramos a apoyar el proceso de paz nos iban a dar plomo”, me contó un guerrillero de 23 años con un gesto de preocupación en su rostro.

Ese era el mismo guerrillero raso al que habíamos visto estudiando los acuerdos de paz, atendiendo todas las noches los cursos que se estaban dando en el campamento en torno a lo acordado en La Habana. El curso sobre la paz lo hacían en el búnker, una trinchera que habían acondicionado para convertirla de noche en un aula de clase y a la que iban cerca de 30 guerrilleros cuyas edades variaban entre los 23 y 35 años. El más ‘viejo’ del campamento era el jefe de seguridad que tenía 40 años, perteneciente a la etnia de los cubeos del Vaupés.

Convertir los refugios de guerra en aulas de clase no fue la única señal de que la guerra estaba llegando a su fin. Desde que las Farc decretaron el cese unilateral del fuego hace casi ya un año, a la guerrillerada le ha cambiado la vida en estas selvas del Amazonas: ahora el tiempo que le dedicaban a la guerra lo invierten en prepararse para los nuevos desafíos que se les avecinan. Desde hace cuatro meses toman cursos para estudiar los acuerdos de paz. Punto por punto los han ido analizando y debatido. De noche atienden las clases en el búnker y de día hacen las tareas en los escritorios de madera que tienen sus caletas. Al parecer esta es la manera como las Farc están preparando a la guerrillerada para la celebración de su décima conferencia, el mayor órgano de decisión de este movimiento, la cual va a realizarse en las próximas semanas. Ese será el escenario en el que las Farc definirán los parámetros sobre los cuales dejan de ser un movimiento armado para convertirse en un partido político. ¿Cómo será esa nueva organización sin armas? De eso muy poco se sabe. Lo que sí me quedó claro es que su voluntad para cesar la guerra es irreversible, así haya grupos minoritarios que no quieran acogerse a este momento histórico.

La manera como construyeron el campamento demuestra que fue hecho pensando en el fin de la guerra y no en la confrontación. Hay caminos de gravillas enmarcados por finos palos de bambú que permiten caminar de un lado a otro sin que el barro los atasque; hay represas de agua en los morichales que permiten cocinar y bañarse. En tiempo de los bombardeos, los campamentos se construían en perímetros cuadrados, unos alejados de los otros. En este, los cuadrados están pegados, las guerrilleradas han tenido alientos para arreglar sus caletas, les han puesto maticas y corotos, como si supieran que el tiempo de salir corriendo al ruido de un avión se ha terminado. Me sorprendió incluso ver a dos guerrilleras embarazadas caminado tranquilas bajo la pesada humedad de la selva. “Las dejamos aquí los primeros meses porque las cosas están muy tranquilas”, me respondió una guerrillera. Solo los M16 que cargan como si los llevaran pegados al cuerpo, le recuerdan a uno que esta guerra todavía tiene combustible para revivir si la alientan.

Pero si bien es cierto que en este mundo oculto que habita estas selvas se siente que hay un ciclo de la historia de Colombia que se termina, también se percibe que hay otro que comienza. Y que ese mundo que se inicia resulta para esa guerrillerada tan incierto como esperanzador. El fin de la guerra significa aquí muchas cosas: para muchos, va a ser la primera vez que van a tener una cédula colombiana; para unos, va a ser la posibilidad de ver a la familia que perdieron de vista; para otros será la oportunidad de validar su bachillerato con el propósito de estudiar ecología, derecho o ingeniería mecánica. Y aunque todos dicen que harán lo que su organización les diga, la realidad es que su futuro lo ven incierto. Unos tienen temor de que los maten, de que el gobierno no les cumpla. Otros, de que los recibamos con odio. La que ha sido hasta ahora la familia de ellos, las Farc, se va a convertir en un partido político, y ellos van a tener que dejar el poder que les dan las armas para volver a ser ciudadanos de a pie. Dónde y cómo lo harán, todavía no lo saben.

Ellos no son los únicos que tienen esas dudas e incertidumbres. Los que no creemos en la lucha armada, pero sabemos que hay que aprovechar este momento histórico para que cambien las cosas, también las tenemos. Tampoco sabemos muy bien cómo será ese futuro. Unos y otros estamos caminando sobre un terreno desconocido por el que nunca habíamos transitado. Ojalá entre ellos y nosotros podamos construirlo, así pensemos de manera distinta.

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