Martes, 17 de enero de 2017

| 2016/05/07 00:00

Un bálsamo llamado Íngrid

En su discurso, Íngrid incluso plantea que la verdadera reconciliación no es solo entre víctimas y victimarios, sino que es necesario que todos los estamentos de poder se sinceren.

María Jimena Duzán. Foto: Guillermo Torres

Leí con detenimiento el discurso que Íngrid Betancourt pronunció en la Fundación Buen Gobierno y debo admitir que me cautivó de principio a fin. Ante todo, no percibí que sus palabras estuvieran escritas con el afán que da la arrogancia, sino con la sabiduría que se deriva de una humildad intelectual que personalmente le desconocía.

Su definición sobre lo que es ser víctima en Colombia no puede ser más acertada. “Ser víctima es primero y ante todo”, dice ella, “ser el sujeto pasivo de un violento impacto sobre la propia identidad”. Eso es cierto, no solo para las víctimas de las Farc que sufrieron el flagelo del secuestro y estuvieron como ella seis años de su vida condenados a vivir sometidos, desprovistos de todo, de su identidad y de su dignidad humana. También lo es, para quienes hemos sido víctimas de los paramilitares y de los agentes del Estado porque también hemos sido sujetos pasivos de la impunidad y del miedo a la verdad que tanto paraliza.

Con una madurez admirable, habla de dos formas de perdón. La primera, es el perdón que proviene de la víctima hacia el victimario y que se da sin ser solicitado. Ella confesó en su discurso que había perdonado a las Farc y que lo había hecho como una estrategia de sobrevivencia “para deshacerse de las cadenas del odio y descargarse del peso de la venganza”. Es decir, que lo había hecho para reconstruir su condición humana. “No hay nada más fuerte que el perdón para detener la deshumanización”, afirmó en su discurso.

Muchas víctimas en el país hemos hecho lo mismo que hizo Íngrid. Hemos perdonado a los que segaron la vida de nuestros familiares por la misma razón: porque sabíamos que si no lo hacíamos íbamos a terminar tan degradados como nuestros victimarios.

Sin embargo, también Íngrid habló del otro perdón, acaso más urgente y necesario si es que queremos la reconciliación en este país: el perdón que es solicitado por las víctimas a sus victimarios, que para ella es “espiritualmente superior porque tiene efectos rehumanizantes tanto sobre el agresor como sobre el agredido. Se abre entonces un espacio para sanar y reaprender a confiar en el otro”.

Este perdón es el que las Farc le deben a Íngrid Betancourt y a todas las víctimas que fueron sometidas al flagelo inhumano del secuestro. Ojalá las Farc entiendan el mensaje y le respondan a Íngrid y a sus víctimas si están listos para dar ese tipo de perdón.

En su discurso, Íngrid va incluso más allá de estas fronteras y plantea que la verdadera reconciliación no es solo entre víctimas y victimarios. Es decir, que no es suficiente que las Farc le pidan perdón a Íngrid y Clara Rojas, ni que los paras y los agentes del Estado hagan lo mismo con sus víctimas, sino que es necesario que todos los estamentos de poder, sociales y políticos, se vean las caras y se sinceren. Y que lo hagan pero no para olvidar, ni para hacer pactos entre las elites como ya ha sucedido, sino para hacer una sociedad más incluyente y más democrática donde exguerrilleros de las Farc y uribistas, católicos, cristianos, agnósticos, y demás, podamos convivir en el desacuerdo.

No puedo estar más de acuerdo con Íngrid y con su noción de lo que verdaderamente significa para el país la reconciliación. La gran pregunta es si este país tan polarizado, tan atravesado por el odio y la sed de venganza, está listo para este tipo de desafíos. La respuesta es que no. Lamentablemente, todavía estamos muy lejos de llegar a esa reconciliación en la que todos nos podamos mirar, aceptar responsabilidades y sincerarnos. Y por eso mismo, este discurso de Íngrid Betancourt es un buen comienzo para empezar a pensar en otros escenarios, para romper paradigmas que nos ha impuesto la cultura de la guerra y para acabar con esas cadenas de odio que tienen secuestrado nuestro intelecto. Ante el espectáculo que nos toca ver todos los días, en el que los políticos se destripan por puestos, este discurso nos cae como un bálsamo que refresca la precariedad de las ideas políticas en Colombia.

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