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Opinión

  • | 2016/10/08 00:00

    Una paz nobel

    Uribe tiene dos opciones: pasar a la historia como el expresidente que permitió acabar esta guerra, o como el político que nos condenó a vivir en ella.

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En Colombia ya nada es imposible. Hace una semana, tras la derrota del domingo pasado, éramos un país sumido en la incertidumbre; lo acordado en La Habana había quedado en el limbo y el proyecto de la derecha uribista, que resurgía como el ave Fénix, se convertía en cuestión de horas en la nueva alternativa de poder ante la cual Santos iba a terminar arrodillado.

Hoy ese presidente menguado y derrotado acaba de ser ungido con el Premio Nobel de la Paz, porque el Comité Noruego consideró que su persistencia en la búsqueda de la paz, en un país que hace más de 50 años no ha podido salir de la guerra, es un acto heroico que bien vale la pena reconocer.

En una semana, los colombianos experimentamos toda suerte de sensaciones alucinantes, como si el país se hubiera convertido en una montaña rusa: fuimos a lo más bajo de la condición humana, pero también tocamos la cúspide de las emociones más genuinas. Caímos de pie de milagro, comprobando una vez más que Gabo nunca se equivocó al decir que en Colombia la realidad siempre supera la ficción.

Para el presidente Santos, este Nobel de Paz es la oportunidad de sacar al país de la incertidumbre y de retomar la iniciativa en la búsqueda de la paz. Este premio le permite emprender con más fuelle una negociación que logre introducir los ajustes posibles para que lo acordado pueda ser implementado, como bien lo afirma el comunicado conjunto que salió el viernes por la mañana firmado por la delegación del gobierno y de las Farc en La Habana.

También es la hora de que Santos ponga en orden sus huestes y de salir de quienes hacen más daño estando adentro que afuera de la Unidad Nacional. No puede ser que la de Gina Parody sea la única cabeza que vaya a rodar. Los liberales que no cumplieron su tarea deberían renunciar a sus cargos y tener la humildad de aceptar que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Si hubieran peleado por la paz como lo hicieron por los puestos, otra hubiera sido esta historia. De igual manera, el vicepresidente Germán Vargas Lleras debería tener la gallardía de renunciar y salir a hacer su campaña presidencial por fuera del gobierno. Nunca defendió el proceso de paz a lo largo de estos cuatros años de negociaciones, y solo cuando se perdió el plebiscito decidió referirse a él para señalar sus reparos. Y si quiere quedarse al lado del presidente Santos, debería ser más activo en su defensa y no intentar socavarlo desde dentro.

Como colombiana espero sinceramente que esta sea la hora de la grandeza del expresidente Álvaro Uribe. Esta no es la hora de regodearse en el triunfo como lo hizo su gerente de la campaña por el No, quien no tuvo empacho de revelar la estrategia de manipulación que se urdió para capturar votos a través de las mentiras. Esta es la hora de la sensatez y de entender que este país no puede ser guiado por el odio, la venganza o la sed de volver al poder. El Uribe que yo conocí por allá en los ochenta era un político al que le dolía el país y que quería hacer cambios en beneficio de la gran mayoría.

Hoy él tiene dos opciones: pasar a la historia como el expresidente que permitió acabar esta guerra, o como el líder político que nos condenó a vivir en ella, que le cerró las puertas a una guerrilla que estaba dispuesta a desarmarse y que frenó una serie de reformas políticas y sociales por defender a esas mismas elites tradicionales, que desde 1936 se vienen oponiendo a las reformas sociales.

Puede seguir insistiendo en demandas imposibles, como la de exigir un tribunal solo para las Farc en lugar de permitir las tres patas sobre las cuales reside la mesa de la justicia transicional –Farc, militares y civiles que hayan cometido delitos con relación al conflicto-, o plantear demandas posibles que puedan ser integradas a lo acordado sin reventar la base de lo pactado. Puede sentarse a negociar con Santos, a mejorar el acuerdo como él mismo le prometió a los que votaron por el No, o puede sentarse a negociar con Santos para dilatar las cosas con el propósito de crearle una crisis al presidente de tal tamaño que lo obligue a renunciar.

Los dos, Santos y Uribe, pecaron por arrogantes. El primero porque quiso derrotarlo en un plebiscito que el no pudo ganar y el segundo porque siente que el triunfo del No le abre el camino al uribismo para volver al poder en 2018. Sin embargo, si algo hay que reconocerle a Juan Manuel Santos es que en estos años de gobierno, el proceso de paz que inició surtió un cambio en él como persona y como estadista. Pese a que el presidente Santos no tiene el carisma arrollador del expresidente Uribe, poco a poco se fue sintonizando con un país que no conocía, y su obsesión por la paz le dio a la política colombiana una razón para existir distinta a la de repartir la marrana, hacer la guerra y ganar elecciones. Santos elevó los estándares de la política colombiana y el gran reto del expresidente Uribe es el de demostrar que él está a la altura de este momento histórico. 

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