Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/01/09 21:00

Una revolución entre comillas

Cuando las mayorías chavistas ejercían los poderes que les otorgaba la Constitución, la democracia venezolana sí era legítima, pero ahora que esos poderes han pasado a la oposición, hay que ver cómo se le impide ejercerlos.

María Jimena Duzán Foto: Guillermo Torres

Al presidente Nicolás Maduro le gusta la democracia pero solo cuando le conviene; es decir, cuando en las urnas triunfa el chavismo. Recuerdo cómo en las elecciones presidenciales de 2013, cuando Maduro le ganó al candidato de la oposición Henrique Capriles por una nariz, la voz de las urnas sí era un mandato sagrado. Tal era su embeleso por las reglas de la democracia que hasta se dio el lujo de conminar a la oposición a que reconociera su derrota y a que aceptara los resultados. Su argumento –propio de los grandes demócratas– era que el pueblo en su sabiduría se había pronunciado y que no se podía traicionar ni a la democracia venezolana ni a la Constitución bolivariana.

Sin embargo, ahora que en las elecciones legislativas ganó la oposición y no por una nariz, sino por un avasallador número de votos, victoria que les permitió obtener las tres cuartas partes de la Asamblea Nacional, al presidente Maduro de repente ya no le gustan las reglas de la democracia.

A pesar de que al día siguiente de las elecciones aceptó a regañadientes la derrota y afirmó que venía con “su moral y con su ética, a reconocer estos resultados adversos, a aceptarlos y a decirle a nuestra Venezuela que ha triunfado la Constitución y la democracia”, en la realidad Maduro se niega a aceptar que perdió en las urnas.

Eso queda claro en la manera como se las ha ingeniado para quitarle a la oposición su triunfo electoral. Como ya no controla el Legislativo, ahora decidió cuestionar la legitimidad de la Asamblea Nacional luego de que la impuso siempre como el paradigma de la democracia venezolana. Decidió crearle una asamblea comunal paralela, llena de adeptos chavistas, que sí son la voz del pueblo a pesar de que ninguno de ellos haya sido elegido. Cuando las mayorías chavistas ejercían los poderes que les otorgaba la Constitución bolivariana a la hora de legislar, la democracia venezolana sí era legítima, pero ahora que esos poderes han pasado a manos de la oposición hay que ver cómo se le impide ejercerlos. Han denunciado a tres diputados de la oposición por haber sido elegidos de manera ilegal para impedir que hagan mayoría; han culpado de la derrota en las urnas al fantasma de “la guerra económica” y hasta se las han ingeniado para echarle la culpa a las casas de cambio de Cúcuta por ser las responsables de fijar la tasa de cambio del bolívar.

Ahora las reglas que valen provienen de la revolución chavista, esa que dejó a medio camino el comandante Hugo Chávez; una revolución inconclusa que si bien interpretó en sus inicios una necesidad de nuevos liderazgos que acabaran con las elites que habían mantenido la hegemonía en los últimos 20 años, pronto fue perdiendo el rumbo hasta extraviarse en ese peligroso limbo anárquico al que ha llegado.
 
Quien mejor ha definido la revolución venezolana es el escritor venezolano, ganador del premio Tusquets de este año, Alberto Barrera. Para él, la revolución venezolana es una “revolución entre comillas”, tan ficticia como los derrières de las ‘mises’ venezolanas (y colombianas, para ser sincera). Según el escritor, cuando el precio del petróleo se derrumbó se “demostró que el socialismo del siglo XXI estaba sostenido sobre un petróleo a más de 100 dólares el barril”.

La realidad que hoy vive Venezuela después de 16 años de chavismo le da la razón a Alberto Barrera. Apenas los precios del petróleo bajaron, el país entró en una crisis terrible: hoy tiene la inflación más alta del continente, superior al 100 por ciento, y registra una caída del PIB del 7 por ciento. Tiene serios problemas de desabastecimiento de alimentos y una crisis social interna que explica el triunfo de la oposición en las pasadas elecciones legislativas.

El chavismo terminó pareciéndose al enemigo que más combatió: a esas elites todopoderosas que se enquistaron en el poder en Venezuela en el siglo pasado y que le terminaron abriendo paso a un caudillo como Hugo Chávez. Los regímenes no son eternos... menos si se juegan con las reglas de la democracia.

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