Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/08/13 00:00

¿Cuál es la sociedad que queremos?

Las multitudinarias marchas que se hicieron el pasado miércoles por todo el país me recordaron lo peligroso que resulta, para cualquier sociedad democrática, unir la religión con la política.

María Jimena Duzan. Foto: Guillermo Torres

Las multitudinarias marchas que se hicieron el pasado miércoles por todo el país me recordaron lo peligroso que resulta, para cualquier sociedad democrática, unir la religión con la política. Pese a que somos un estado laico, el procurador Alejandro Ordóñez (secundado por la Iglesia católica y por los cristianos) nos devolvió al país del Sagrado Corazón y acusó a la ministra de Educación, Gina Parody, de estar imponiendo la ideología de género que según su credo lefebvrista arrasa con los valores de la familia porque corrompe a los niños y les quita la pureza.

Desde ese instante, se prendió en el país una llama que nos tiene incendiando el intelecto y que ha sacado a flote los sentimientos más antidemocráticos que la sociedad tiene adormecidos: la intolerancia, el odio y el señalamiento. De ahí a la lapidación hay solo un paso. 

La manifestación del miércoles pasado fue ante todo una salida del forro que mostró lo peor de nuestra sociedad. En lugar de que el país hubiera dado la discusión sobre si era errada o no la forma como la ministra Parody estaba acatando un fallo de la Corte Constitucional, que le ordenaba cumplir con el mandato de que nadie puede ser discriminado por raza, por género o por su orientación sexual, los cuestionamientos, muchos de ellos válidos, no se tramitaron por las vías tradicionales. Sin mayor apelación, la discusión política terminó cooptada por la Biblia y por una muy bien craneada campaña sucia que difundió por internet unos cómics pornográficos belgas haciéndolos pasar por las cartillas que estaría imponiendo la ministra. 

Ese hecho, producto de la farsa, rebosó la copa de miles de creyentes ya suficientemente incendiados con declaraciones como la de monseñor Jairo Jaramillo, arzobispo de Barranquilla – el mismo que meses antes había concluido que la ministra Parody y la exministra Cecilia Álvarez eran un muy mal ejemplo para la sociedad -: “No hay derecho que un ministerio esté legislando para las minorías contra el sentir del 98 por ciento de los colombianos”, había exclamado airado. Poco le importó al prelado que estos manuales fueran solo herramientas para que los colegios pudieran hacer de manera independiente sus manuales de convivencia. Lo importante no era aclarar los malentendidos – que los hubo - o los errores en la ejecución de la ministra – que también los hubo –. Lo importante era exacerbar los ánimos para aumentar la indignación y conseguir que muchos padres de familia salieran a marchar pensando que en efecto Gina Parody era el apocalipsis. 

Eso fue evidente en las manifestaciones que se hicieron frente a la catedral de Barranquilla, en la que los padres de familia salieron a gritar “No más Parody, Cristo vive, Cristo vive”, como si la ministra de Educación fuera Satanás. Y según La F.m. de RCN, miles de padres de familia que asistieron a la marcha –¡con sus hijos!- corearon esta frase que revela cómo en todo esto primó más la aversión por la ministra por el hecho de ser gay y haberlo hecho público que el episodio de las cartillas: “Corrupta, sinvergüenza, los niños se respetan”, le decían. Para no hablar de las miles de pancartas homofóbicas que circularon en la marcha sin ningún pudor.

El miércoles pasado la intolerancia se sintió a sus anchas porque contó con el silencio diciente de casi todos los partidos y con el amparo de la Iglesia católica, de precandidatos presidenciales como el procurador Ordóñez para quien las mujeres no tenemos derechos, de senadoras como Viviane Morales que convirtió al Partido Liberal en un apéndice de la Iglesia Casa sobre la Roca y de expresidentes como Uribe que aprovecharon esta lapidación virtual que se pretendió hacer contra la ministra Gina Parody para sacarle votos de ‘No‘ al plebiscito, bajo la tesis de que este proceso de paz es una entrega al terrorismo y a Satanás.   

Estoy segura de que si Gina Parody fuera heterosexual no habría desatado la ira de nuestros prelados. Y que si en lugar de una mujer gay al frente del ministerio, hubiera estado un hombre heterosexual y blanco, probablemente hoy el tema de la revisión de los manuales de convivencia no hubiera llamado la atención del procurador Ordóñez. 

Desde que se hizo la Constitución del 91, la clase política nunca ha estado a la altura de los desarrollos que le impuso la Carta en materia de discriminación e igualdad de los colombianos ante la ley. Esas peleas no las dieron por temor a perder votos en un país fuertemente católico y por cuenta de esa cobardía, el trabajo de ir construyendo una cultura política acorde con la Constitución del 91 se lo dejaron única y exclusivamente a la Corte Constitucional que sí se ha metido a legislar sobre los derechos de las minorías. Ni el aborto, ni el matrimonio gay ni la adopción para parejas del mismo sexo han pasado por el Congreso, porque se sabe que nadie las va a defender. Eso explica por qué Gina Parody no ha contado con el apoyo de ningún partido de la coalición y por qué todos los avances que en materia de derechos de minorías ha hecho la Corte Constitucional hoy los está cuestionando el Partido Liberal y La U, dos colectividades que han dejado en manos de los cristianos el tema de los derechos de las minorías gais y de las mujeres. 

Yo, que también soy madre, aspiro a que mis hijas vivan en un Estado laico, incluyente, que le permita a todas las minorías convivir dentro las normas que impone la Constitución. Lo que sí no quiero es volver al país del Sagrado Corazón. 

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