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Opinión

  • | 2015/01/24 22:00

    La voz

    Los uribistas están muy agradecidos con el fiscal Montealegre. Cuando menos lo esperaban, les hizo el milagro de convertir una investigación bien sustentada, que los exponía ante la justicia, en una burda persecución política.

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Recién posesionado, el fiscal Montealegre dijo en una entrevista que su sueño era escribir un libro que incluyera todos los libros del universo como en un cuento de Borges. A un año de salir de la Fiscalía, me atrevería a decir que a nuestro fiscal le queda muy poco de esa fantasía borgiana y que lo que realmente lo seduce hoy no son ni los ensayos borgianos ni sus metáforas, sino los micrófonos.

Eso quedó claro la semana pasada cuando citó, por los micrófonos de la W, al excandidato uribista Óscar Iván Zuluaga y a su hijo David a un interrogatorio en la Fiscalía por el caso hacker, y lo hizo con una voz de locutor pulcra e imperturbable, de esas que se utilizan para anuncios comerciales.

Aunque su ligereza ha sido duramente cuestionada por los editoriales de los grandes periódicos con el argumento de que eso le quita credibilidad a sus investigaciones, los uribistas están muy agradecidos con el fiscal Montealegre.  Cuando menos lo esperaban, les hizo el milagro de  convertir una investigación bien sustentada, que los exponía ante la justicia, en una burda persecución política. De ahora en adelante va a ser difícil llegar a la verdad de lo que sucedió en esa campaña y lo más probable es que esta quede tan sepultada como la del proceso 8.000. Nadie sabe para quién trabaja.

Sin embargo, el gran problema del fiscal Montealegre no es solo de forma sino de resultados. Con excepción del escándalo de la DNE, los grandes escándalos de corrupción no han pasado de los titulares. En el caso del robo a la Dian, la Fiscalía terminó procesando a una funcionaria de quinta categoría como si fuera el gran cerebro de esa millonaria defraudación. Lo mismo pasó en el carrusel de la contratación: metió a la cárcel a unos contratistas, a otros los benefició con un extraño principio de oportunidad, mientras que a la mayoría de concejales y dirigentes políticos los ha dejado por fuera de las pesquisas. Algo parecido ha sucedido en las investigaciones contra miembros de las Fuerzas Armadas por auxilio al paramilitarismo y por corrupción: en ninguno de los dos casos se ha pasado de las preliminares.

Otro tanto ha sucedido con el escándalo de InterBolsa y el Fondo Premium. Su presidente terminó con casa por cárcel por cuenta de la manipulación de las acciones de Fabricato, pero no se le vinculó al escándalo del Fondo Premium. Y a los otros protagonistas, Tomás Jaramillo, Juan Carlos Ortiz y Víctor Maldonado no se les ha llamado a la audiencia de imputación a pesar de que esta fue anunciada ante las cámaras de televisión por el propio Montealegre en octubre del año pasado. Para no hablar del escándalo de la Salud, tema frente al cual el fiscal debería haber actuado con una diligencia máxima si quería despejar las suspicacias que suscitaba el hecho de que él había sido asesor de Saludcoop antes de llegar a la Fiscalía. Sin embargo, no lo hizo: al señor Palacino, la Fiscalía solo lo ha llamado a un interrogatorio en septiembre del año pasado que no se dio porque fue aplazado.

En cambio, a la excontralora Sandra Morelli, que sí hizo la investigación de Saludcoop y que encontró un desfalco de 1,4 billones de pesos, la Fiscalía, en tiempo récord, la investigó y la imputó acusándola de 11 delitos, de los cuales ya se le cayeron diez ante el juez de garantías. Tan mal estaría armado el caso que un magistrado del Tribunal de Garantías no le dictó medida de aseguramiento a Morelli, con el argumento de que las pruebas suministradas por la Fiscalía no eran suficientemente sólidas. No dudo que la excontralora cometió un error al irse del país, pero si nos atenemos a la forma como se han desencadenado los hechos, cada día que pasa hay más evidencias de que la investigación contra Morelli tiene más visos de retaliación que de corrupción.

Sus pobres resultados tampoco se compadecen con el aumento de presupuesto que tuvo este fiscal por cuenta de la reestructuración de la entidad, la cual le dio un poder burocrático inusitado al crearle 3.000 nuevos puestos. ¿Para que sirvió esa reestructuración si no mejoró su gestión en materia de investigaciones en la Fiscalía?
 
Sus opiniones sobre el proceso de paz debería guardárselas para sus tertulias borgianas, y sus energías las debería invertir en sacar adelante las investigaciones que tiene represadas y no en impulsar a sus candidatos para que ocupen puestos clave en la justicia.
  
Borges  decía que “había que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno terminaba pareciéndose a ellos”. Ojalá eso no le esté sucediendo al fiscal Montealegre.
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