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Opinión

  • | 2014/03/15 00:00

    Los emputados

    La mayoría ha perdido su fe en los políticos y existe la noción de que para hacer cosas por la comunidad lo que queda es la calle.

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Hace unos meses tuve la oportunidad de entrar en contacto con varios personajes aparentemente desconocidos por los reflectores mediáticos, pero que han sido protagonistas de las últimas movilizaciones sociales. Quería saber quiénes y cómo habían logrado movilizar a una ciudadanía tradicionalmente apática, en donde la protesta es considerada casi un acto de sublevación y expone a quienes la hacen a ser señalados como auxiliadores de la guerrilla.

Para responder esos interrogantes me puse en la tarea de entrevistar a varios líderes de la Mane, a miembros de las nacientes dignidades, a los representantes de las minorías afro y a juezas como María del Pilar Arango, quien fue la protagonista anónima que logró tumbar la polémica reforma a la Justicia.

En vista de que varios de ellos han anunciado un nuevo paro agrario y de que se vuelve a anunciar una nueva reforma a la Justicia, me pareció interesante compartir mis hallazgos periodísticos, la mayoría de los cuales dejé plasmados en un libro que escribí y que titulé de manera provocadora Los Emputados.

El primero, contrario a lo que muchos suponen, es que no encontré dentro de los indignados colombianos que entrevisté, liderazgos radicales. Los líderes de las dignidades con los que hablé me dieron la impresión de pertenecer a un movimiento cuya indignación surge de la desesperación que producen el hambre y el olvido. Las dignidades no hicieron dos paros el año pasado porque querían tumbar el Estado ni porque querían cambiar las formas de poder,  sino porque el ministro de Agricultura de entonces, no les respondió las cartas que ellos le enviaron en donde le decían que estaban quebrados, que los bancos ya no les prestaban plata y que no tenían cómo llevar comida a sus casas.

El otro hallazgo es que la mayoría de los indignados que entrevisté vienen de estratos medios bajos y tienen un común denominador: son los primeros en su familia en haber llegado a la universidad. Es decir, son indignados letrados, con estudios universitarios y hasta con especializaciones. César Pachón es graduado de Ingeniería Agronómica de la UPTC, y ya ha patentado varias semillas. Carlos Amaya es graduado de Electrónica de la misma universidad. Daniel Quintero y Juan Carlos Upegui del partido del Tomate, estudiaron en la Universidad de Antioquia. A casi todos les tocó hacer un gran esfuerzo para realizar sus estudios universitarios y pasaron aulagas económicas a pesar de que la mayoría de ellos eran estudiantes excepcionales que habrían podido encontrar una beca en las mejores universidades de este país.

Me preguntarán entonces por qué los mejores estudiantes, los que más se han beneficiado de los lentos avances sociales del Estado colombiano son hoy los más indignados.  La respuesta a este interrogante me la dio uno de ellos: porque sienten que ese impulso producto de ese salto increíble que han conseguido con tanto sacrificio, lo están perdiendo a la hora de encontrar trabajo y desarrollar sus sueños. Pachón ha perdido todo lo que tenía en estos últimos años; la jueza María del Rosario Arango por no tener un padrino ni pertenecer al carrusel de la corrupción en la Justicia, probablemente no va a llegar a ser magistrada de tribunal que es su gran aspiración.

La mayoría ha ido perdiendo su fe en los políticos y en los congresistas y existe la noción de que para poder hacer cosas por la comunidad, el Congreso ya no es el mejor sitio y que lo que queda es la calle. “Si un joven me pide un consejo sobre si se lanza o no a aspirar una curul, sin duda alguna le diré que lo piense porque en ese mundo se puede hacer muy poco por la comunidad”, me confesó Carlos Amaya, quien decidió salir del Congreso. La experiencia que tuvo María del Pilar Arango fue más o menos la misma: mil veces intentó que la escucharan en el Congreso sobre los peligros que traía esa reforma, pero no la escucharon. Por eso tuvo que salir a las redes sociales y montar un tsunami de protestas que creó una ola de indignación que terminó tumbando la reforma.

Nada de lo que ellos piden es desorbitado ni fuera de lugar. Solo están pidiendo que los escuchen, que entiendan su situación para que las políticas respondan a las necesidades del país y no a las de los  poderosos de turno.

Yo, si fuera Juan Manuel Santos, no despreciaría a estos emputados. Si a esta indignación tan aparentemente lógica se le responde con el olvido y la invisibilidad, mañana las cosas serán a otro precio. Estos indignados pueden estar fácilmente detrás de esos miles de colombianos que no quisieron ir a las urnas porque estaban hastiados de los Gerleins, de los Besailes, de los Joseobdulios, de los Serpas y de los Roys y Benedettis. No hay que olvidar la historia: por no haberle respondido una carta a Marulanda, se fundaron las Farc.
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