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Opinión

  • | 2014/06/15 00:00

    Me quedo con el fútbol

    Las barras llegaron a la conclusión de que tenían que contribuír a ese proceso de reconciliación desde sus orillas y se mostraron dispuestas a deponer sus odios, sus rencores por la ilusión de un país en paz.

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A veces no se necesita ir tan lejos para encontrar ejemplos que nos hagan recapacitar y  frenar por un momento este ambiente belicoso, que llama a la guerra y en el que hasta las palabras se  han convertido en armas letales. Basta con mirar hacia el mundo del fútbol para recordar que el arte de Maquiavelo tiene mucho que aprender del arte del balompié así los políticos crean que son mucho más inteligentes y virtuosos. Y para hacer ese reconocimiento se debería comenzar resaltando el ejemplo de templanza y mesura que están dando las barras de fútbol de Colombia.

A pesar de que estas barras son organizaciones sociales reconocidas por su intemperancia y por sus actos violentos, en esta oportunidad nos han demostrado que son capaces de hablar de reconciliación mucho  más fácilmente que los políticos. En un acto sin precedentes decidieron el mayo pasado en una reunión realizada en el municipio de Santa Rosa de Cabal en el marco del primer encuentro regional de barrismo social del eje cafetero, sellar un compromiso “para contribuir a la construcción de la paz en Colombia”. 

En un país donde la paz ha terminado siendo un concepto intangible para tantos sectores, sorprende que hayan sido los hinchas de fútbol los más rápidos en establecer los vasos comunicantes entre lo que pasa en La Habana y la penosa situación en que viven sus familias. Las barras allí citadas firmaron una declaración en la que manifestaban su interés por participar de esta especial coyuntura que vive el país en la que se abre la posibilidad de impulsar un proceso de paz que le ponga fin al conflicto. Que  muchachos de las barras de fútbol, que en su mayoría forman parte de familias de escasos recursos, que suelen volcar en este deporte su pasión por la vida que poco les ha dado,  hayan sido capaces de entender lo que significaría para ellos lograr el fin del conflicto, es un avance que esta sociedad tiene que rescatar del olvido. 

Pero además, el hecho de que estas barras hayan sido capaces de desprenderse de sus propios intereses, y por primera vez hayan intentado ir más allá de sus narices, es un ejemplo que deberían emular todos los políticos y expresidentes que por razones mezquinas se oponen como una mula muerta al proceso de paz.  

 No solo sellaron un compromiso para crear espacios de sana convivencia e integración entre los distintos aficionados al fútbol que les permita asistir a los estadios con alegría, exigiendo su derecho a la libre movilización por el territorio nacional, sino que decidieron pensar en lo que significaría para ellos, un proceso de paz si llegase a concluirse. Un ejercicio que no lo han hecho ni los comerciantes, ni los empresarios, ni los taxistas. 

Las barras llegaron a la conclusión de que tenían que contribuir a ese proceso de reconciliación desde sus orillas y se mostraron dispuestas a deponer sus odios, sus rencores por la ilusión de un país en paz. “Si la paz entre las barras es posible, la paz entre los colombianos también es posible”, remata el comunicado que, repito, pasó inadvertido en este país que ya no sabe distinguir entre lo urgente y lo importante. 

Esta invitación de deponer los espíritus en el fútbol, se la hacen extensiva a todas las organizaciones sociales, campesinas estudiantiles, gremiales y “a todos los sectores de la sociedad que quieren apostarle a la paz como única salida al conflicto y a la violencia que viven nuestras ciudades y nuestros campos”. 

Los que nos dan ejemplo de templanza no son grandes hombres de la política, ni líderes de empresas, ni estudiantes, sino las barras de fútbol. 

No soy una hincha muy comprometida, pero  creo que el fútbol tiene algo que no tiene la política colombiana: capacidad de convertir al enemigo en adversario. Aprendamos de estos hinchas, así sean del color que sean.

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