Opinión

  • | 2016/12/10 00:00

    No a la polarización política

    Un bien supremo como la paz se ha ido reduciendo al farragoso escenario de los tecnicismos jurídicos y al terreno peligroso de las interpretaciones, como si la paz fuera un problema jurídico y no político.

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Vivir en un país tan polarizado nos está convirtiendo en una sociedad intolerable. Las discusiones entre opuestos ya no se dan sobre la base de las ideas, sino de la pura descalificación personal. El mundo se nos ha vuelto aún más chico, porque el país que antes se dividía entre los que más tienen y los que menos tienen o entre esa Colombia urbana que vive en su burbuja y la Colombia rural que ha padecido desde siempre la guerra y el olvido institucional, hoy de manera arbitraria se divide en dos mitades que se aborrecen cada vez más.

Entre esas dos orillas no hay discusión posible que salga bien porque en ambos bandos se perdieron los argumentos y los matices. El contexto de los acontecimientos se echó a la caneca para así poder manipular los hechos. Todo se vale, desde la mentira hasta la verdad.

Los medios también caímos atrapados por esta polarización: nos pusimos nuestros uniformes del Sí y del No, pero en el camino se nos olvidó que nuestra prioridad era el anhelo de paz de los colombianos. Nos desviamos de nuestras asignaturas por seguir como borregos el Twitter de Álvaro Uribe o del presidente Juan Manuel Santos: por cubrir las peleas, los enfrentamientos, los insultos, como si nuestro oficio periodístico fuera alimentar la polarización con noticias que suscitaban la rabia, la venganza, el odio.

Pero lo más grave es que no fuimos capaces de salir de la matriz que nos impuso la guerra por tanto tiempo. A la hora de informar sobre los avances y reveses del proceso de paz, magnificamos los últimos y minimizamos los primeros. Ni siquiera hemos desarmado el lenguaje que nos han dejado tantos años de guerra: la mayoría de las emisoras de radio y canales de televisión, con contadas excepciones, siguen llamando a los jefes de las Farc “cabecillas” y los siguen reconociendo por sus alias, pese a que el propio presidente Juan Manuel Santos en la ceremonia de Cartagena fue el primero en llamar a Timochenko por su nombre de pila. En el fondo, los medios, incluidos los que votaron el Sí, todavía insisten en darles a las Farc un tratamiento de terroristas. Tal parece que las cuatro veces que se ha firmado el acuerdo de paz con el gobierno Santos no son suficientes para que la gran prensa cambie el chip frente a las Farc. Los pocos medios que han logrado zafarse de la tenaza de la polarización y han empezado a tratar a las Farc como sujetos políticos y posibles opositores, por cuenta de la polarización política, han sido señalados de ser aliados del terrorismo y de haber perdido la ‘neutralidad’.

A tal extremo ha llegado la polarización política, que un bien supremo como la paz se ha ido reduciendo al farragoso escenario de los tecnicismos jurídicos y al terreno peligroso de las interpretaciones que generan los incisos, como si la paz fuera un problema jurídico y no político. Los debates en torno al acuerdo de paz se parecen más a discusiones entre abogados de baranda, y, en lugar de atraerlos, ahuyentan al colombiano de a pie. El morbo por el inciso que tienen los abogados puede acabar fácilmente con lo acordado, si no se le pone un fin al camino incierto de las interpretaciones jurídicas. De todas formas, el uribismo ha utilizado este sorpresivo afán por los tecnicismos jurídicos para echar a andar la tesis de que la implementación del acuerdo con las Farc va en contra del Estado de derecho, mientras el gobierno de Santos intenta calmar a las hordas uribistas, pecando de garantista con tan mal tino que ha terminado enredándose en la maraña jurídica que él mismo diseñó.

Estamos atrapados en la red de la polarización política y el país se ve atascado. Solo se puede pensar, reflexionar e informar de acuerdo con lo que nos impone esta guerra de posiciones, y el que se salga del molde inmediatamente es castigado por las hordas enardecidas. Es hora de que volvamos a la esencia de la política y de que el periodismo vuelva a recuperar su libertad de acción. De lo contrario, nos van a ganar estos vientos huracanados. 

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