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Opinión

  • | 2016/12/03 00:00

    Preguntas sin respuestas

    ¿Por qué esta guerra les gusta tanto a los colombianos si nos ha producido tantos muertos? ¿por qué este país nunca los ha llorado? ¿por qué nos volvimos indolentes frente a la barbarie?

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Aunque el Congreso lo aprobó por una abrumadora mayoría, todo indica que la verdadera refrendación del acuerdo de paz con las Farc solo va a darse en las elecciones presidenciales de 2018. Es decir, una vez más, el anhelo de paz de un pueblo lo va a definir la política nacional con su mezquindad, sus manipulaciones y su falta de grandeza. Como nos ha sucedido en los últimos 30 años, vamos a tener que dejar de nuevo en manos de unas elites políticas divididas la decisión de si seguiremos implementando las reformas políticas y sociales acordadas en La Habana, o si estas van a ser bloqueadas y desmanteladas por los defensores del statu quo.

Ante esta incertidumbre que nos espera, tengo desde hace rato una serie de interrogantes que me rondan y a los que todavía no les encuentro respuesta. Comienzo por el más intrincado: ¿será que en el fondo los colombianos estamos tan acostumbrados a la guerra, que somos incapaces de entender todo lo que el país gana al dejar de tener una guerrilla como las Farc desplegando sus métodos coercitivos y crueles por todo el país, como lo han hecho en los últimos 52 años? ¿Puede ser acaso que el odio le ganó a la cordura y nos transformó en seres incapaces de comprender lo que significa para miles de campesinos el hecho de que no se vuelva a enterrar nunca más una mina antipersonal, y que además se empiece a desminar todo el territorio nacional en momentos en que los estudios sobre la materia nos ubican como el segundo país, después de Afganistán, con el mayor número de minas antipersonal?

¿Será tanta la sed de venganza que no somos capaces de entender lo que significa que las Farc hayan cesado de secuestrar, de extorsionar y de matar a policías y a militares? ¿O será más bien que las vidas de los campesinos y de los soldados, que hoy saben que podrán ver crecer a sus hijos por cuenta de que las Farc ya no están en los territorios, no son relevantes para que los colombianos que viven en las ciudades y que se acostumbraron a ver esta guerra por la televisión entiendan la importancia de este acuerdo?

A veces me pregunto ¿por qué está guerra les gusta tanto a los colombianos, si nos ha producido tantos muertos? Según Memoria Histórica, cerca de 600.000 colombianos han caído y se cree que hay más de 60.000 desaparecidos, una cifra que sobrepasa los números de desaparecidos dejados por cada una de las guerras que el mundo ha sufrido en los últimos 50 años. ¿Por qué este país nunca los ha llorado? ¿Por qué nos volvimos indolentes frente a la barbarie?

¿Por qué no somos capaces de comprender que sin las Farc en armas, este país puede comenzar una nueva etapa que nos va a permitir acometer políticas que antes no se podían hacer precisamente porque la presencia de las Farc en la zona impedía que se llevaran a cabo? ¿Por qué es tan difícil creer en lo evidente y en lo real? Por ejemplo, la erradicación de la coca, sobre todo manual, ha tenido que adelantarse en medio de grandes dificultades porque las Farc, con frecuencia, repelían con sus armas a los erradicadores. Lo mismo sucedía cuando el Estado entraba a sustituir los cultivos. Ahora, ese obstáculo se ha removido porque hoy las Farc han iniciado su camino hacia la reintegración a la vida civil, y no solo van a formar parte de ese desarrollo agroindustrial que va a generar nuevas oportunidades para la gente del campo, sino que van a acompañar al Ejército en las difíciles labores de desminado.

¿No es esta la oportunidad para que el campo salga de la pobreza y se allane esa distancia abismal entre la Colombia urbana y la Colombia rural? ¿No le conviene al país que los índices de desigualdad mejoren? ¿Por qué es tan difícil entender la psiquis colombiana, por más que uno lo intenta? ¿Sabemos acaso de qué estamos hechos los colombianos?
Finalmente, un interrogante más: ¿cómo se explica que la política en Colombia haya sido incapaz de mostrarnos las bondades de un acuerdo de paz y en cambio sí haya sido exitosa en convertir los beneficios políticos que se les dan a las Farc -obtenidos a cambio de dejar las armas y de que silencien sus fusiles- en concesiones inauditas, en obstáculos insalvables que hay que frenar a toda costa dizque en bien de la democracia? ¿De cuál democracia? ¿La que nos condena a vivir siempre en la guerra, sin reformas sociales, sin que se haya podido hacer una revisión del catastro rural en los últimos 40 años por temor a tocar los intereses de los grandes terratenientes? ¿Una democracia que solo se acuerda de las víctimas cuando les conviene y las pone al servicio de sus intereses?

No tengo respuesta a ninguno de estos interrogantes. Pero sí creo que cuando hay tantas preguntas sin responder es porque la política ha abandonado las ideas y la cordura, y se ha convertido en el escenario de las más bajas pasiones. 

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