Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/03/19 00:00

Sin las Farc, ¿habrá uribismo?

Para el dogma uribista, la paz negociada es una amenaza que lo deja sin discurso. Sin las Farc, la política de seguridad democrática queda sin fundamento.

María Jimena Duzán. Foto: Guillermo Torres

Que la oposición uribista, que representa a una derecha recalcitrante, decida salir a la calle a protestar por el proceso de paz de La Habana me parece no solo lógico, sino saludable para una democracia que se ha acostumbrado a altas dosis de intolerancia. Pero que esa misma oposición –autora de esperpentos como el articulito que dio pie a la Yidispolitica, de escándalos de corrupción monumentales como el del DAS, la parapolítica y el saqueo de la DNE– salga a protestar el próximo 2 de abril en contra de la corrupción y de la mermelada de Santos, como parece que lo tienen pensado, es todo un acto de cinismo.

Para exigirle transparencia a un gobierno pródigo en mermelada como este se debe tener autoridad moral, y el uribismo no la tiene. La perdió cuando Uribe nombró en el DAS a Jorge Noguera, “el buen muchacho” que convirtió a esa entidad en un centro de operación del narcoparamilitarismo: desde allá se les hicieron favores a los narcos, a Jorge 40, y de allí salió también la información que utilizaron los paramilitares para acabar con la vida de varios sindicalistas y de profesores como Correa de Andréis, señalados de ser auxiliadores de la guerra por oponerse a la política de seguridad democrática.

Ese fue el mismo gobierno que recibió en “la Casa de Nari” a alias Job, y que intentó valerse de él y de sus amigos en el bajo mundo de la mafia de Medellín para fabricarle un montaje contra el magistrado auxiliar Iván Velásquez, con el objetivo de intimidarlo y hacerlo desistir de sus investigaciones en contra del primo del presidente Uribe, el senador Mario Uribe, condenado hoy por parapolítica. Un gobierno, cuyo presidente vertió desde el poder toneladas de mermelada con el propósito de reelegirse y reformar la Constitución en beneficio propio, y en el que sus hijos de la noche a la mañana se volvieron grandes empresarios, no tiene de dónde sacar arrestos para convertirse en el adalid en la lucha contra la corrupción.

A los uribistas les molesta la corrupción y la mermelada de Santos, no porque la consideren una mala práctica, sino porque piensan que los únicos que se la merecen son ellos. Lo mismo les pasa con la impunidad: la denuncian si se trata de enemigos políticos pero la abrazan para los suyos.

Descifrar los derroteros de una oposición como la uribista, que mezcla el cinismo con la realpolitik sin sonrojarse, no es fácil, pero me atrevería a apostar que esta actitud, hasta cierto punto errática, tiene que ver con una fatalidad a la que podrían estar expuestos si, como muchos esperamos, las Farc y el gobierno logran un acuerdo de paz. Si esa paz llega a cuajar, el uribismo podría perder su razón de existir en la política colombiana.

Ellos saben que su suerte está atada no a su lucha contra la corrupción –que es muy, pero muy, poco creíble–, sino a lo que pase en La Habana. En la medida en que se avanza hacia el fin del conflicto, los uribistas pierden terreno y cuando las negociaciones se frenan, el uribismo capitaliza ese revés en favor suyo. Es decir, si mañana hay un acuerdo en La Habana, lo que para el país sería un hecho histórico de enormes repercusiones, para el uribismo sería su crucifixión. Y si, por el contrario, a Santos y a las Farc se les quema el pan en la puerta del horno y la paz se nos vuelve a escapar de entre las manos, el único que ganaría con el retorno a la guerra sería el uribismo.

Para el dogma uribista, la paz negociada es una amenaza que lo deja sin discurso. Sin las Farc extorsionando o secuestrando, la política de seguridad democrática, aquella en la que los ciudadanos antes de ser sujetos de derechos son informantes de la fuerza pública, queda sin fundamento.

El miedo y el odio, dos sentimientos que el uribismo ha aprendido a exacerbar entre nosotros –de la misma forma que hoy lo está haciendo Donald Trump en la política norteamericana–, perderían audiencia, si el país se abre a la reconciliación y pone sus ojos en cómo reparar a las víctimas para que no volvamos a repetir los horrores del pasado.

Si se logra finiquitar el conflicto y parar la guerra, el uribismo perdería el blanco que siempre ha tenido en la mira y su propaganda política perdería su habilidad de convertir en verdad las mentiras que fabrica. Y sin su fuente de inspiración, al uribismo no le quedaría otra opción que reinventarse.

Si a eso lo lleva el silencio de los fusiles de las Farc, no sería mala idea que lo hiciera alrededor de figuras nuevas como Iván Duque, un opositor de quilates que no anda acaballado en el odio ni en las conjuras del pasado y que ha demostrado ser capaz de fundamentar su acción política sin necesidad de recurrir al cinismo.

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