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Opinión

  • | 2016/03/26 00:00

    Trump-World

    Isis ha logrado que Marine Le Pen en Francia y Donald Trump en Estados Unidos tengan una opción de poder. En otros tiempos pasarían por ser unos extremistas insensatos.

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Mientras en  Cuba cae el último telón de la guerra fría, en el Viejo Continente, precisamente en Bruselas, el corazón de la Unión Europea, se siente el terror de una nueva guerra que amenaza con arrasar los cimientos sobre los que se han forjado las democracias europeas de la posguerra.

Luego de cada atentado de Isis, Occidente se siente cada vez más frágil, desconcertado y furioso. Ese es precisamente el objetivo del terrorismo: doblegar al enemigo para someterlo a sentimientos fáciles de exacerbar como el odio y  la venganza, con el único propósito de convertirlo en lo que no es.

Europa y Occidente  van en esa dirección y han llegado incluso a abrirles la puerta a los radicalismos, que se creían ya erradicados: tras los atentados en París, reivindicados por el terrorismo de Isis, la extrema derecha francesa  ha ido ganando terreno en cabeza de una figura como la de Marine Le Pen, cuyo partido está en favor de la deportación de inmigrantes, sobre todo si son musulmanes, y de una Francia signada no por la fraternidad ni la libertad sino por la supremacía blanca y católica.

Nunca pensé que en el país que le dictó al mundo la primera doctrina de los derechos del hombre hubiera podido tener opción de poder un partido de extrema derecha del talante que preside hoy  Marine Le Pen en Francia. En la medida en que Isis siembra el terror por Occidente, este partido ha dejado de ser una expresión minoritaria para convertirse en una clara opción de poder. Y esa posibilidad es una lamentable noticia para la paz mundial y para la salud de la democracia occidental.   

Ese temor por todo lo que venga de afuera, y ya no solo lo que provenga del mundo musulmán, es lo que ha logrado capitalizar el empresario Donald Trump, cuyo discurso racista, en contra de los inmigrantes, lo tiene punteando en la carrera para aspirar a convertirse en el candidato del Partido Republicano. Trump fundamenta su discurso también en la supremacía blanca y en la tesis de que la inmigración es la fuente de todos los problemas sociales y de seguridad que vive la clase media empobrecida. Que un país como Estados Unidos –cuya pujanza se le debe precisamente a que recibió a miles de inmigrantes desde el siglo XIX– tenga hoy un empresario racista como posible candidato del Partido Republicano, no puede ser un buen augurio ni para la paz mundial ni para la vigencia de la democracia norteamericana.

Isis ha logrado doblegar nuestra psiquis al ponerle rostro  a la guerra del terror que ellos están ganando: ha logrado que Occidente mire al mundo musulmán como si todos fueran terroristas, pese a que solo una minoría realmente lo son. Luego de un atentado en un metro o en un restaurante, una mujer con chador o un hombre de tez oscura y con barba se convierten en una amenaza.

Pero, además, ha conseguido que la política occidental desempolve discursos que pensábamos ya habían quedado sepultados por el bien de la humanidad, como los que tienen que ver con la exaltación del racismo y de la exclusión. Proponer la construcción de un muro que separe a Estados Unidos de Mexico, que además debe ser pagado por los mexicanos, parece una propuesta más digna de Goyeneche que de una plataforma política de un candidato republicano. Y por si fuera poco, ha conseguido con su terror, que figuras como Marine Le Pen en Francia y Donald Trump en los Estados Unidos, que en otros tiempos pasarían por ser unos extremistas insensatos, tengan hoy una opción de poder.

En este escenario tan adverso, las buenas noticias que el mundo va a tener próximamente puede que sean son solo dos: la primera, la reanudación de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, y la segunda, el fin del conflicto en Colombia.

La política, cuando no está cooptada por las pasiones más bajas, no solo sirve para frenar las guerras sino que nos devuelve la libertad de pensar, de distinguir los matices de las cosas y evitar así caer en ese mundo fácil en el que todo es blanco y negro. “…Yo soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi estatura”, decía el poeta portugués Fernando Pessoa. Y sí, lo que vemos en este mundo hoy nos empequeñece. De ahí la urgencia por volver a ver las cosas como son, sin distorsiones y con libertad. Ese es el mejor antídoto para frenar a los Donald Trump.

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