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Opinión

  • | 2014/06/15 00:00

    Un triunfo que no sabe a gloria

    El presidente Juan Manuel Santos debería leer con prudencia el resultado obtenido en las urnas porque su victoria no nos sabe a gloria. Un análisis de María Jimena Duzán sobre los comicios de este domingo.

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El presidente Juan Manuel Santos debería leer con prudencia el resultado obtenido en las urnas porque su victoria no nos sabe a gloria. Para comenzar, su triunfo no se lo debió a su capacidad de hacernos soñar con un país en paz, sino al temor que suscitó entre la centro-izquierda la posibilidad de que el expresidente Uribe pudiera volver al poder. Que no se equivoque el presidente: en las elecciones no triunfó la esperanza como dijo en su discurso inaugural, ganó el antiuribismo. Y una victoria en condiciones tan precarias debería prender las alarmas internas del presidente y  hacerlo reaccionar en torno a sus limitaciones y a sus errores. 

Por eso esta no puede ser la hora de magnificar la victoria sino el momento de detectar los errores que se cometieron porque fueron muchos y muy grandes. El primero de ellos fue creer que la Unidad Nacional representaba algo distinto a la arrogancia de las élites tradicionales. Y en ese sentido, lo primero que tendría que hacer Santos es recomponer sus bases políticas con el propósito de reconectarse con el país. Un gobernante que no se conecta con la gente, no puede hacer la paz por más de que se logre poner fin al conflicto en La Habana. 

Santos debería aprender eso de su adversario Uribe, quien a pesar de su cinismo, tiene una habilidad impresionante para conectarse con la gente. Y si el presidente quiere ser un gobernante medianamente popular, debe hacer varios cambios drásticos en su forma de hacer y concebir la política. Un buen comienzo sería el de aceptar de una vez por todas que su querida y favorecida unidad nacional no solo no le puso un voto, así ahora saque pecho dando el parte de victoria, sino que tampoco se sintonizó con el país. Ni los Gaviria, ni los samperes, ni los galanes, ni los Vargas lleras, ni los parody, ni los hijos de, ni los ñoños ni sus musas, fueron capaces de deponer sus interéses personales ante el interés supremo de la paz. Pudieron más las peleas internas entre todos ellos y las ambiciones personalistas que las ganas de aportar a la construcción de ese nuevo país.

 Nos impusieron su arrogancia, su miopía y su mezquindad y fueron los votantes de centro izquierda, -liderados por figuras como Mockus y Clara Lopez, que si supieron sobreponer sus intereses al bien supremo de la paz, los que salieron a lanzarle a Santos un salvavidas para que no se ahogara. 

Es claro que el país no se ve representado en esa clase política tradicional que mira a Colombia desde los clubes de Anapoima. Y si Santos no lee bien este momento e  insiste en perpetuarla no va a poder pasar a la historia como el presidente de la paz. En consecuencia, debería cambiar todo su gabinete y reemplazarlo por gente de carne y hueso, que les duela este país y esté dispuesta a jugársela por sacar adelante las reformas sociales que saldrían si se firma el fin del conflicto con las Farc. En otras palabras, Santos va a tener que abrirle el paso a lo que muchos en la unidad denominan despectivamente como “la ralea” y aceptar que esa gentuza de centro-izquierda está más conectada con la necesidad de la gente que los hijos de Gaviria, de serpa o de Galán. 

La otra lección es que tiene que recuperar su liderazgo sobre las fuerzas militares, que perdió en esta campaña. Hasta su ministro estrella, Juan Carlos Pinzón, terminó en la orilla contraria,  dándole voz a los militares retirados y a los activos que no solo se opusieron al proceso de paz sino que lo torpedearon en alianza con el expresidente Uribe alrededor del cual muchos generales y coroneles activos cerraron filas públicamente en un hecho sin precedentes desde los tiempos de La Violencia. Sin los militares la paz tampoco será posible y Santos va a tener que liderar con inteligencia y mesura su reconquista.  

Finalmente, Santos debería ser generoso con sus adversarios y hacer un gesto de reconciliación con el uribismo o por lo menos con sectores representativos. La polarización con que terminó esta campaña no sirve para impulsar ningún clima de reconciliación ni de paz y tender puentes con ellos debería ser uno de sus primeros actos de gobierno. No puede ser que vayamos a firmar la paz con las Farc y no seamos capaces de hacerlo con los uribistas. El país no quiere más guerra ni más pugnacidad. Es momento de deponer los ánimos y volver a la sensatez porque irremediablemente nos a tocar construir la paz con los uribistas. 

Dice Michael Ignatieff, que los pueblos democráticos deberían buscar siempre a gobernantes que tuvieran no solo audacia y visión, sino la voluntad de arriesgarse al fracaso. Yo creo que Santos ha sido un presidente audaz al abrir un proceso de paz en medio de una virulenta oposición por parte del Uribismo. Ha sido también un presidente con visión histórica al plantear el fin del conflicto como un comienzo para edificar una democracia más incluyente y más real, así no haya sido muy hábil en comunicar estas ideas. 

Sin embargo Santos le teme arriesgarse al fracaso. No se ha jugado como debiera por sus ideas y su pelea la ha hecho a medias. 

Creo que este gobierno ya no puede gobernar con ese paso temeroso y que le llegó la hora de jugarse a fondo por la paz y asumir que está dispuesto incluso al fracaso por llevarla a buen puerto. 

Las democracias fracasan cuando no solucionan los problemas de la sociedad. Y el gran problema de la democracia colombiana es que ha sido incapaz de solucionar la violencia en estos últimos 60 años. Y cuando eso sucede, surgen de entre las piedras, los movimientos populistas que se las ingenien para ofrecen falsas promesas a los problemas reales.  Y ese monstruo del populismo no ha sido derrotado en Colombia, así hoy Santos haya ganado las elecciones. 
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