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Opinión

  • | 2016/11/26 00:00

    Nada es suficiente

    Esta es la hora de las grandes definiciones en la que todos los colombianos, sobre todo los indiferentes, deberían jugarse a fondo por la defensa de los valores democráticos.

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El expresidente Álvaro Uribe ha dejado expuesta su verdadera esencia: nada es suficiente para él ni para su afligida alma, sedienta de poder. Cerca de 200 propuestas que hicieron los del No fueron incluidas en el nuevo acuerdo, pero no le bastaron. Hace unas semanas, cuando Uribe las propuso, eran importantes, pero hoy, como fueron incluidas por su
archienemigo Santos en el nuevo acuerdo, son puro maquillaje. Es tal su afán por volver al poder, que no tiene campo para la sensatez, ni mucho menos para la grandeza.

Ha quedado claro que de ahora en adelante, el expresidente va a dedicar su capital político a destruir todo lo que se vaya construyendo en el camino hacia la paz, así siga insistiendo de manera cínica que él también la quiere: nos queda claro que va a hacer hasta lo imposible para impedir que las Farc silencien sus fusiles, se desarmen y entren a la vida política con el objeto de que se conviertan en un partido político. A él no le conviene que las Farc silencien sus fusiles porque se le acaba el sustento de su dogma. Los necesita extorsionando, sembrando minas antipersonal, porque de esa forma se alimenta en el país la necesidad de que un líder autoritario como él siga teniendo vigencia. A lo mejor por eso, su alma hoy no tiene campo ni para la reconciliación ni para el perdón, sino para la venganza, el odio y la imposición.

Lastimosamente su alma tampoco tiene espacio para las reformas políticas y sociales por exiguas que sean. En esta coyuntura histórica queda claro que Uribe es el representante de esas elites terratenientes que históricamente han frenado las reformas sociales y políticas: se opone a las reformas rurales propuestas en el acuerdo porque las considera una concesión a las Farc y al comunismo. Se opone incluso a la realización del catastro rural porque afecta sus intereses ya que podría aumentar el predial rural, que según el informe de la misión rural es uno de los más bajos del continente, pero que según el exmandatario es muy alto. Si el uribismo llega al poder en 2018, lo más probable es que acabe con la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras -Fedegán la considera como la cuota inicial para escriturarle a las Farc el país-, de la misma forma que las elites agrarias lo hicieron en 1936, con la reforma de López Pumarejo y en los setenta con la de Carlos Lleras Restrepo.

Uribe es en realidad el gran defensor del statu quo y de unas elites agrarias corruptas que se han enquistado en las regiones desde tiempos inmemoriales, las cuales en los ochenta se aliaron con el narcotráfico y con los paras y produjeron una vorágine de violencia arropada con la bandera de la contrainsurgencia. Se hicieron a las mejores tierras de este país a través del expolio y de las masacres como la de la UP, que según palabras de Uribe fue una autoexterminación.

El expresidente ha dicho que no se opone a la paz, sino al acuerdo pactado con las Farc. Pero ya está claro que el único acuerdo que le sirve nos devuelve a todos a la guerra: el exmandatario no quiere ver a las Farc haciendo política, ni los quiere tener debatiendo en el Congreso, sino encarcelados o acribillados por la fuerza pública. La paz de Uribe condenaría a las víctimas de Bojayá, a las del Salado, a las de Trujillo y las de La Chinita a un nuevo ciclo de violencia, en el que los muertos los pondrían como siempre las familias más pobres del campo. Uribe no quiere la paz. Lo que quiere es recuperar el poder para acabar con las Farc por la vía armada. Si eso nos cuesta más muertos no le hace. Según el dogma uribista, el fin justifica los medios.

Uribe, además, quiere utilizar desde ya su poder de intimidación para presionar a la Fiscalía y a las cortes a que rediman de culpa a todos los familiares y socios políticos que están extraditados y condenados por narcotráfico o por sus relaciones con el paramilitarismo. Todos los uribistas que tienen problemas con la justicia son buenos muchachos, víctimas de una campaña de desprestigio por parte del castro-chavismo, del comunismo internacional y los propulsores de esa cosa que nadie sabe qué es, pero que ellos llaman ideología de género. A eso se reduce el dogma del uribismo: en pedir cárcel para las Farc mientras que para los suyos quieren impunidad.

Su sed de poder lo ha convertido en un voltearepas. Antes de que se perdiera el plebiscito, el uribismo propuso que el ágora indicada para esa refrendación debía ser el Congreso y no un plebiscito. Ahora que el presidente Santos quiere refrendar el nuevo acuerdo en el Congreso, los uribistas en gavilla, liderados por su jefe, han salido a decir que el ente no tiene facultades refrendatorias y que el plebiscito que tanto detestaban es la única opción. No les sirve nada, solo lo que les conviene y cumple sus ordenanzas.

La ira con la que convoca a sus huestes no es producida por la injusticia, ni por la impunidad ni por la corrupción, sino porque no puede imponer su voluntad como lo hacen los poderosos dueños de finca como él. Para infortunio de Colombia, su viudez de poder y su afán por frenar todos los avances sociales y políticos pudieron más que su responsabilidad ante la historia.

Afortunadamente del otro lado hay un país que sí cree en la reconciliación y que no le teme a los cambios sociales. No es fácil la lucha que nos espera, pero lo que sí creo es que esta es la hora de las grandes definiciones en la que todos los colombianos, sobre todos los indiferentes, deberían jugarse a fondo por la defensa de los valores democráticos. 

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