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Opinión

  • | 2013/11/29 00:00

    Marta Traba 30 años después

    Con su penetrante percepción sobre lo artístico y social, y la solvencia de sus criterios, fue quien nos enseñó con minuciosidad el método de ver al arte sin condescendencia o indulgencia alguna.

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Esta variante en mi acostumbrada temática se justifica por el hecho de que este viernes se cumplió el treinta aniversario de la trágica muerte del personaje que más y mejor nos orientara en la comprensión del arte y en la mirada crítica con que estamos obligados a interpretarlo.

Quienes tuvimos el privilegio de departir con Marta Traba sabemos bien lo que es una verdadera aproximación a la inteligencia y el carácter humanos. Ahora bien, si su inteligencia provocaba con frecuencia una fluctuación entre la admiración y los celos, fue puntualmente su reconocido carácter y agudeza examinadora los que le cobraron su precio con la maledicencia y las enemistades. No siendo la santa de la devoción de muchos, el resto sabemos cuál fue la razón de ello y cómo precisamente ahí radicaba la enorme importancia que Marta adquirió para el arte colombiano al suministrarle el reconstituyente que le hacía falta a su maltrecha complexión.

Persisten con el tiempo dos marcadas tendencias cuando se invoca su nombre: un ácido reproche frente a su concepción del arte colombiano de su tiempo, a la que tildan de acomodaticia y caprichosa, y una franca simpatía y gratitud por haber conseguido asignarle a éste una categoría que lo catapultó hacia la modernidad rompiendo el molde de  su tradicional conservadurismo provinciano.

A finales de los años sesenta, más o menos por la época en que ella protestara públicamente por la toma militar a la Universidad Nacional ordenada por el presidente Lleras Restrepo, lo que le valió que el temperamental mandatario la expulsara del país, me acerqué a ella por primera vez con la disculpa de un reportaje para la Gaceta Tercer Mundo, publicación literaria de la cual yo era el responsable, obsequiándome aquel día, además de una formidable entrevista, su valiosa amistad.

Aunque abreviar los 53 años de su intensa vida no es ciertamente fácil, ni para el caso de una personalidad como la suya rigurosamente serio, los restringidos espacios periodísticos normalmente no nos ofrecen una alternativa distinta. Y por otro lado, de lo que se trata es de intentar lograr que su recordación a los 30 años de su fallecimiento sea la oportunidad para volver sobre su memoria y descubrirle a quienes no la conocen quién fue esta Marta Traba maravillosa a la que Colombia debe que el arte y en especial la pintura hayan pasado literalmente “de la mula al avión”.

Crítica de arte, poeta, ensayista, historiadora, novelista, profesora universitaria, periodista, librera, conferencista, su agite intelectual fue descomunal.

Sus exigentes e insobornables juicios sobre el arte colombiano asistidos por un escalpelo implacable que ella era diestra en manejar, terminaron suscitando una verdadera revolución cultural en el país, cuyo origen no fue otro que su férrea decisión de seleccionar por Colombia para la Bienal De México en 1960 a un puñado selecto de pintores colombianos en quienes veía entonces como presente y futuro de la plástica colombiana: Obregón, Wiedemann, Botero y Ramírez Villamizar. Y a partir de allí, se dio a la tarea de lanzar con pasión desafiante los nombres de Negret, Roda, Grau y Feliza Bursztyn, ocupándose de perfilar sus propios relevos generacionales con, entre otros, Luis Caballero, Bernardo Salcedo y Pedro Alcántara.

Hostilizó al retratismo trillado, al muralismo facilista y seudopolitizado y al paisajismo recurrente, al mismo tiempo que defendía las audacias del arte pop y los valores inherentes en el arte conceptual desde el post-impresionismo para acá.

Estrechamente vinculada a la  Universidad Nacional, fundó desde allí en 1953 el Museo de Arte Moderno de Bogotá, o MAMBO, el cual refundó ella misma en 1957.

Su acervo plumífero da cuenta de 22 libros de arte, 7 novelas y más de mil doscientos artículos destinados a revistas y periódicos y a sus continuas y célebres conferencias.

Esta mujer culta, vital, e intelectualmente impetuosa, observadora lúcida y crítica inflexible, con su penetrante percepción sobre lo artístico y social, y la solvencia de sus criterios, fue quien nos enseñó con minuciosidad el método refinado de ver al arte sin condescendencia o indulgencia alguna.

Nómada irredenta, vivió en al menos 14 casas diferentes en su Buenos Aires natal y más tarde debió empacar y desempacar sus bártulos en Italia, Francia, Uruguay, Venezuela, Puerto Rico, España y Estados Unidos. Y, finalmente, en 1982 el gobierno colombiano le expidió su anhelada  ciudadanía que terminó por convertirla en una de las más ilustres de nuestras compatriotas.

Marta Traba Taín nació en Buenos Aires, Argentina, el 25 de enero de 1930. Después de haber superado un cáncer, su muerte trágica ocurrió en un accidente aéreo del Boeing 747, Vuelo 011 de Avianca que hacía el trayecto París-Madrid, el 27 de noviembre de 1983, cerca del Aeropuerto de Madrid-Barajas, junto a  su marido, el intelectual y crítico literario uruguayo, Ángel Rama, a la pianista catalana Rosa Sabater y a los escritores Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza.

El 2 de enero de 1984 Semana reproducía su emoción al alcanzar su nacionalidad colombiana: "Me ha dado patria, documentos, estímulo, y también redobla mis responsabilidades. Me considero un ciudadano libre de toda sospecha, dispuesto a trabajar por el país aquí y en el extranjero".

En fin, redondeando este homenaje podemos afirmar que, 30 años después, nadie se atrevería a negar el superior aporte suyo a la plástica y el arte en general tanto en Colombia como en Latinoamérica, modernizándolo mientras hacía su soberbia tarea de renovarlo y difundirlo.

Correo: guribe3@gmail.com
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