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Opinión

  • | 2000/01/10 00:00

    MARX RESUCITA

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desempolvar El Capital señoras y señores! No de otra forma se pueden interpretar las
masivas y alborotadas protestas de Seattle en contra de la globalización económica. No es que el
fantasma del sistema comunista _muy lejano al ideal marxista_ esté al acecho, ni que estén retumbando los
estertores del capitalismo, pero el fracaso de la denominada 'Ronda del Milenio' de la Organización Mundial
del Comercio en esa ciudad fue una bofetada histórica al capitalismo salvaje y su desbocada liberalización
comercial.
Revive Marx, oh ironía, en el epicentro geográfico de la prosperidad y en la capital espiritual del mundo
global: en las tierras fértiles del Tío Sam y, más concretamente, en la apacible ciudad costera de
Seattle, sede de compañías-símbolo como Microsoft, Amazon y Boeing. Y reaparece, como quien frota sin
querer una lámpara oxidada, en su más pura y límpida versión: en su crítica frontal al capitalismo. Despojada
de todo leninismo, trotskismo, maoísmo y demás 'ismos' ideologizantes. Bastaba mirar con detenimiento los
puntos de discordia de la agenda del Milenio, u oír las consignas de los manifestantes, para darse cuenta
que los postulados marxistas están más vivos que nunca: intercambios desiguales, explotación de unos
por otros, fetichismo de las mercancías, alienación del trabajo, etc_ ¡Das Kapital!
Claro, en un modelo Marx'99, más global y totalizante, donde ya no se cuestiona la relación individual
patrón-obrero, sino la relación multinacional-ciudadano, países ricos-países pobres y donde, además, el
tema ambiental se ha vuelto crucial en el álgido debate sobre el progreso. La cumbre fracasó,
fundamentalmente, por el miedo de los países pobres a la globalización. Estos temen, entre otras, que la
vinculación al comercio internacional de ciertos derechos laborales es una sutil forma de proteccionismo
explotador de los países ricos que va en contra de su arma más preciada: la mano de obra barata.
Ha sido, por tanto, muy miope y facilista de parte de algunos analistas descalificar las protestas de
Seattle presentándolas como un combo mesiánico de anarquistas radicales a quienes los dejó el tren de la
historia. Nada más torpe. Nunca antes en la historia de Estados Unidos se habían congregado tantos
manifestantes con causas e intereses tan disímiles. En la multitud había sindicatos, estudiantes,
activistas de derechos humanos, ambientalistas, trabajadores de la industria de acero de Estados
Unidos, fabricantes de queso franceses, militantes prolibertad del Tíbet, defensores de animales, activistas
de sida, etc. Fueron cerca de 30.000 personas de más de 400 organizaciones de 50 países.
Y la mayoría de estos manifestantes que marcharon contra la globalización no abogan, como se ha querido
mostrar, por el retorno a un nacionalismo autárquico y oscurantista. Piden sólo unas reglas del juego claras y
transparentes, y que la globalización se lleve a cabo mediante reformas democráticas en las cuales se
respeten los derechos humanos y la autodeterminación de los pueblos. Por eso el enfrentamiento de fondo
no es entre liberalizadores y proteccionistas _ya superado, creo_ sino entre dos visiones distintas de
concebir la globalización.
La discusión, por ende, no es si debe o no haber globalización sino cómo se debe llevar a cabo. La historia de
los últimos 100 años ha demostrado que el comercio y la integración económica son el mayor generador
de riqueza. Y que el capitalismo es el sistema menos imperfecto que se ha inventado para lograr el
bienestar de la sociedad. Por este camino las controvertidas megafusiones de empresas, las
privatizaciones y la aparición de Internet han ayudado a agrandar la torta de la riqueza mundial en los últimos
10 años. El gran dilema es que cada día la torta está más mal repartida. Y Seattle es su más genuino
campanazo de alerta. La globalización nos ha dado más libertad, pero nos ha dejado más inequidad y
menos seguridad.
Si en 1913 la brecha entre países ricos y países pobres era de 11 a uno, en 1998 el abismo ha llegado de
80 a uno. Y esto no es sólo cierto entre países (norte y sur) sino dentro de los propios países. La
distribución del ingreso es cada vez más injusta en los países en vías de desarrollo y, ante todo, en América
Latina. Para darnos una idea de este desbarajuste mundial, hoy en día los tres grandes billonarios tienen
más capital que los 48 países menos desarrollados. Al respecto, ya varios reconocidos personajes como
George Soros, Jeffrey Sachs y Paul Krugman han prendido las alarmas sobre los inminentes peligros de
una globalización sin control.
En medio de la era digital y cuando creíamos que sus ideas estaban enterradas con él, el viejo Marx
reaparece en escena. No como exponente de un sistema totalitario caduco sino como el más profundo y
mordaz crítico de las falencias del capitalismo. Y como un oportuno recorderis para la humanidad: los
pobres existen.
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