Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/03/17 00:00

Más allá de la propaganda

La impunidad ha sido el epílogo del asesinato de periodistas. no hay un solo autor intelectual que haya ido a la cárcel

Más allá de la propaganda

Es muy bueno para el periodismo colombiano que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) se reúna esta semana en Colombia. La SIP ha sido uno de los más caracterizados defensores de la libertad de prensa en el mundo. Esa institución, que agrupa a los medios impresos más importantes de Estados Unidos y Latinoamérica, ha hecho sentir su voz frente a los crímenes contra los periodistas en cualquier lugar del continente. Por todo eso, es esencial que ellos puedan ver la realidad de nuestro periodismo más allá de la propaganda oficial.

El presidente Uribe abrirá la reunión de Cartagena y dirá que el periodismo colombiano vive una etapa de esplendor gracias a su gobierno. Asegurará que antes de 2002 nadie se atrevía a informar sobre los crímenes de la guerrilla, de los paramilitares y de sus aliados políticos. Mostrará las cifras que le resulten convenientes y concluirá que nuestra prensa está gozando de las mayores garantías que haya tenido en la historia.

Olvidará el Presidente que antes y después de 2002, muchos periodistas han ofrendado su vida y su tranquilidad para informarles al país y al mundo lo que aquí está pasando. No mencionará que varios parámetros estadísticos han sido modificados para que los números magnifiquen sus importantes logros. Tampoco dirá que los grupos paramilitares que manejan la mayor parte del narcotráfico, y que según su gobierno, están plenamente desmovilizados, siguen siendo el mayor peligro para la prensa nacional. Omitirá, así mismo, que las denuncias por la infiltración paramilitar en su gobierno fueron divulgadas por la prensa, a pesar de la agresiva postura pública del Presidente.

Después del discurso, los asistentes a la reunión tendrán que hacer un esfuerzo grande para recordar que en Colombia siguen matando periodistas y que la autocensura campea en las salas de redacción del país. Apenas en agosto pasado, muy cerca del sitio en el que se reunirá la SIP, fue asesinado Atilano Pérez, un reportero soñador que creía que sus denuncias radiales contra el poder paramilitar en María La Baja, Bolívar, serían oídas.

El año pasado también callaron a tiros a Gustavo Rojas Gabalo, cuya voz tronaba contra la corrupción en Montería. Los pistoleros resultaron ser miembros de los grupos paramilitares que para esa época ya estaban oficialmente desmovilizados. A Salvatore Mancuso, el jefe de las autodefensas de la zona, no le han preguntado siquiera sobre el asunto.

En el Valle del Cauca, también durante el quinto año de la seguridad democrática, fue asesinado Milton Fabián Sánchez, periodista de la emisora Yumbo Stereo.

La impunidad ha sido, y sigue siendo, el epílogo de los asesinatos de periodistas. No hay un solo autor intelectual que haya ido a la cárcel. Libres y llenos de poder siguen los determinadores del homicidio de Orlando Sierra, el subdirector de La Patria, de Manizales. El expediente por el asesinato de Jaime Garzón ha rodado de despacho en despacho, hasta llegar a Cartagena, donde se llena de polvo sin que la justicia haya sido capaz de reconstruir una investigación convenientemente desviada desde el principio.

Al momento de escribir esta columna, me enteré de que el periodista Darío Arizmendi acaba de dejar el país, por amenazas de las Farc.

Amenazar de muerte a una persona en Colombia no es un delito. La amenaza sólo está tipificada penalmente si es asociada a terrorismo, y aun en esos casos la pena es excarcelable. Amenazar a un periodista es fácil y barato. Ningún pez gordo es procesado y los pequeños salen de la molestia pagando una multa de 2.000 dólares.

Buenos temas para conversar en ese almuerzo con el presidente Uribe.

CUENTAS PENDIENTES: Por haber formulado unas respetuosas inquietudes matemáticas sobre la última encuesta de Gallup, me han llovido insultos.

En contraste, recibí una carta amable de Jorge Londoño, el gerente de la firma encuestadora. El gentil mensaje no resuelve, sin embargo, mis dudas. Por eso le he mandado mis preguntas extensamente explicadas al doctor Londoño. Tan pronto reciba su respuesta, me ocuparé nuevamente del tema.

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