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Opinión

  • | 2015/04/27 18:50

    Defensa de la eutanasia

    Extraña sobre manera que el Procurador haya dicho que la eutanasia es ‘la verdadera esencia del Nazismo’.

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Esto está patas arriba: en un país en el que es común morir en la guerra, en un ‘ajuste de cuentas’ o en la sala de espera en Urgencias, iglesias como la católica califican como ‘moralmente inaceptable’ que el ministerio de Salud, por fin, haga valer una sentencia de la Corte Constitucional para que una pequeña parte de los colombianos pueda beneficiarse de la eutanasia activa. Y tiene menos sentido, aún, que la eutanasia, aplicada bajo las condiciones más estrictas y complicadas, como lo establece el ministerio, sea calificada de herencia del Nazismo.

Es increíble, también, que en pleno siglo XXI y en un Estado de Derecho como dice ser el nuestro, se utilicen púlpitos y trampas leguleyas para impedir que una persona mayor de edad, racional y libre, que sufra de una enfermedad terminal o sea víctima de padecimientos espantosos e irremediables, pueda tener el socorro de un profesional para terminar dignamente con su vida, si es que así lo desea.

Paradójico, igualmente, saber que si un ser racional tiene un animalito que padece un mal que no puede ser curado, sería acusado de crueldad si no le practica la eutanasia; sin embargo, si ese ser racional es quien sufre de una condición mortal y traumática, refrendada por criterios profesionales de otros seres racionales, haya quienes consideren moralmente condenable su muerte por piedad. Es más, hay quienes luchan con toda su ira y poder público para que esos profesionales sean tratados como asesinos.

A pesar de todo eso hay quienes celebramos la resolución del ministerio de Salud que establece protocolos para la eutanasia voluntaria en Colombia. La consideramos un paso, aunque sea tímido y plantee dudas jurídicas para resolver.

Esa resolución sobre la eutanasia voluntaria significa que el Estado colombiano empieza a entender que su papel no es el de ser un intérprete de las convicciones religiosas de nadie. Cada vez es más claro que los individuos o grupos religiosos, por mayoritarios que sean, tienen todo el derecho de ser consecuentes con lo que creen pero no a imponerse sobre el resto de la sociedad.

Significa que el Estado colombiano empieza a entender que hay ciudadanos respetables que podemos amar nuestra propia vida con todas las fuerzas, pero que consideramos que hay momentos en que ésta puede ser un bien temido y no un valor a proteger a toda costa. Cuando la enfermedad u otras circunstancias accidentales nos destrozan, hay quienes pediríamos evitar el dolor o la indignidad innecesarios, particularmente cuando la vida se convierte en una espera monstruosamente inhumana hasta que llegue la muerte.

Puedo llegar a comprender el temor de muchos frente a la posibilidad de que la eutanasia se convierta en una coartada para asesinar a los más débiles con argumentos como que son un estorbo personal y económico. Es cierto: de ser así sería espantoso. Sin embargo, para evitar tal monstruosidad se establecen unos protocolos estrictos y mediados por profesionales científica y éticamente preparados. En países donde está aprobada la eutanasia legal esta práctica no ha aumentado el índice de homicidios.

También puedo entender que haya colombianos muy valiosos y respetables que no están dispuestos a permitir una eutanasia para sí mismos, porque sus creencias no se lo permiten; pero ellos pueden estar tranquilos porque su decisión de vivir a pesar de cualquier circunstancia también será respetada. Afortunadamente la ley tiene claro que sin el consentimiento del paciente sería un delito practicar la eutanasia.

Contra la eutanasia voluntaria hay argumentos de todo tipo, como por ejemplo el que dice que la medicina ya ha avanzado en el control del dolor y que ese sólo elemento garantiza una muerte natural, digna y tranquila. Puede ser. Lo único que yo argumentaría en ese sentido es que el dolor físico no es lo único que haría que yo deseara, racionalmente, terminar con mi vida; hay otras circunstancias: no me imagino que yo quiera conservar mi existencia reducido a una cama, absolutamente impedido, alucinado, inconsciente o peor aún, en uso de todas mis facultades mentales pero sin un cuerpo que me responda.

Tampoco quisiera ser un ente que sólo respira y sufre, amputado o imposibilitado para cualquier movimiento, sin poder controlar mis esfínteres o contener el vómito, alimentado por una sonda, sintiéndome un estorbo o viviendo en una condición que para mí sea indigna, a pesar de que la medicina me garantice que no sentiré el menor dolor físico. En esos casos valdría la pena un par de preguntas: ¿a quién beneficiaría el que yo respire? ¿A mí? ¿A mis seres queridos? ¿O será, mejor, que mi eventual estado lamentable beneficiaría económicamente a quienes negocian con la salud?

Con estas consideraciones me extraña sobre manera que el Procurador haya dicho que la eutanasia es ‘la verdadera esencia del Nazismo’. Se confunde y confunde a los incautos con esa frase sonora y tramposa. Es cierto, los nazis defendieron como eutanasia sus asesinatos miserables y decían que era su obligación matar a quienes ellos consideraban que sus vidas no merecían ser vividas. Pero para ellos eutanasia era el eufemismo de homicidio: se mataba por razones de ‘pureza racial’ o con el asqueroso argumento de que un viejo o un enfermo le cuesta mucho a la sociedad.

Pero la eutanasia que celebramos hoy en Colombia es otra cosa: hay autorización de quien va a morir y criterios humanitarios, profesionales y de caridad. Por eso es raro que el Procurador se confunda: pensé que conocía el pensamiento Nazi y sabía separarlo de la piedad; creí que sabía diferenciar lo uno de lo otro desde aquella época en la que él, como los Nazis, quemaba libros que contaminaban la ‘pureza ideológica’.

* Periodista. Autor del Blog http://elojonuclear.co/
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