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Opinión

  • | 2015/04/10 18:40

    La justicia del matoneo

    ¿Estaremos participando, a través las redes sociales, en una humillación excesiva y que, al final, no sirve para reparar?

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Es hora de preguntarnos si, en algunos casos, estaremos renunciando a la justicia garantista para apostarle a la justicia del matoneo. Hay un video circulando en las redes sociales en el cual se ve a una mujer, July Paola Salas, colarse en el sistema masivo de transporte de Bogotá, Transmilenio, y humillar al policía que la graba con una nueva versión del famoso ‘usted no sabe quién soy yo’. La mujer intenta atemorizar al agente con un supuesto carné que la acreditaba como funcionaria de la Alcaldía (a pesar de que el documento sólo la identificaba como beneficiaria del programa Jóvenes en paz –una sonora paradoja—) y no contenta con eso, le grita: ‘“créame que me gano más que usted, usted por mucho se ganará un millón doscientos”.

El video es viral y pronto el nombre de esta señorita se volvió tendencia en Twitter: miles de trinos se burlaron de ella y condenaron su actitud. Cuando yo lo vi no pude evitar sentir lo que he venido experimentando cada vez que sale a la luz un nuevo caso de sanción pública como la que hicimos contra Nicolás Gaviria (el falso primo del expresidente Gaviria) o Camila Cortés (la de la foto abriendo a la fuerza una puerta ‘anticolados’ del Transmilenio): ese sádico placer de castigar moralmente a quien comete una contravención, pero combinado con una enorme preocupación al sentir que estoy dejando salir al Mauricio cruel e injusto que anda agazapado en mi corazón.

Me explico: es cierto que me pudro de la rabia con estos personajes que con sus actitudes encarnan muchas cosas que detesto de nuestra sociedad, pero a la vez me pregunto si no estaré participando de un matoneo público que no mide sus consecuencias y que se convierte en una humillación excesiva que no se compadece con la falta que esa persona cometió. Y me hago la siguiente reflexión: sé que colarse en Transmilenio atenta contra la seguridad de todos los usuarios del sistema, que defrauda el patrimonio los bogotanos, que es muestra de una incultura cívica que por momentos parece desbordarnos, pero ¿colarse en un bus de Transmilenio justifica que hagamos del nombre de esa persona casi un sinónimo de criminal? ¿Que la escojamos como chivo expiatorio para lavarnos las manos y limpiar nuestras propias culpas con la ciudad? ¿Será que lo que hacen estos personajes no es más que la muestra de la crisis profunda de nuestros valores?

Porque estos episodios que hemos visto últimamente son bastante particulares. Fíjense ustedes en un detalle: son los propios policías quienes, una vez grabados estos capítulos de pequeñas contravenciones, en vez de proteger la intimidad de una persona borracha o mal educada –porque a pesar de todo siguen siendo sujetos de protección por parte de la autoridad—, corren a los medios de comunicación y a las redes sociales para que se difundan, como si ese fuera un castigo más efectivo. Es como si ellos, los propios policías, no confiaran en los códigos contravencionales, en los jueces, en los poderes que ellos mismos representan, para dejar que sea la jauría anónima la que castigue con una fuerza desmedida. Es una para-justicia.

Ahí es donde veo una crisis, más profunda, incluso, que la de unos altos magistrados subjudice: son los propios policías, los medios de comunicación y con ellos los ciudadanos, los que en nombre de la justicia ignoramos el respeto al debido proceso, a la intimidad, a la pena justa y proporcionada, y decidimos que nos importa un chorizo si esa persona recibe una sanción social tan fuerte que le resulte imposible reparar su nombre tras una noche de malos tragos o de una irresponsable colada en el Transmilenio.

Porque es cierto que Camila Cortés, Nicolás Gaviria o July Paola Salas, por exponer sólo los últimos casos, cometieron errores detestables; yo no los estoy defendiendo, ni más faltaba, pero toda mente humanista y sensata debe entender que aún el peor criminal tiene derecho a todas las garantías de la ley. Esa es una conclusión del derecho desde la llegada de la Modernidad. No estamos hablando de grandes criminales, estafadores de cuello blanco, violadores, asesinos, integrantes de bandas organizadas, desplazadores, feminicidas o demás personajes dentro de la variada paleta de delitos que vemos todos los días: son personas que cometieron una contravención, grave o no, pero contravención. Merecen castigo, sí, pero equitativo.

Si creemos que el matoneo a través de las redes sociales es una advertencia efectiva para que nadie más se atreva a colarse a Transmilenio, por ejemplo, pues estamos usando un medio injusto para combatir una injusticia. Es posible que la sanción moral aporte a la prevención y a la corrección de las faltas, pero me pregunto si no nos estaremos desbordando con estas redes masivas, si Twitter, Facebook o YouTube son idóneos para corregirnos como sociedad o, en cambio, las estaremos usando sólo para desfogar nuestra rabia.

Y me atrevo a hacer otras preguntas: ¿Cuántas de estas personas a las que las cámaras han pillado cometiendo faltas, humillando policías, gritando ‘usted no sabe quién soy yo’, conduciendo ebrios, comiéndose los semáforos en rojo o parqueándose donde no deben han pasado por el colegio, como mínimo? ¿Qué responsabilidad le cabe ahí a nuestro sistema educativo? ¿A nuestro sistema de valores?

Sería bueno que nos cuestionáramos si lo que queremos es una justicia de matoneo o, mejor, una sociedad que se eduque a sí misma y que utilice sus propios errores para recomponer a sus ciudadanos. Pensemos si queremos una Colombia vengativa o una que se parezca más a lo que nos enseñan intelectuales garantistas y pedagogos como lo fue Carlos Gaviria o lo es el profesor Mockus. Es una pregunta válida, especialmente, para un eventual posconflicto que ojalá esté cerca.

*Periodista, autor del blog http://elojonuclear.co/
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