Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2015/04/06 18:19

    Libertad de opinión y libertad religiosa

    Si yo hago proselitismo de fe estoy haciendo uso de mi libertad religiosa, pero también hace uso de ella quien me refuta.

COMPARTIR

El pasado dos de abril, el punzón del odio rompió la vida de 150 estudiantes cristianos en la universidad de Garissa, en Kenia. Es apenas el último episodio conocido de esa lucha sangrienta, quimérica y sempiterna para que una creencia religiosa se imponga por encima de las otras. Porque siempre habrá, en todas las sociedades y en todos los tiempos, quien quiera arrasar con su verdad y desterrar la de los otros.

Hoy en Colombia utilizamos métodos más sofisticados que la espada de la milicia yihadista somalí Al Shabab, por lo menos para estos fines. Fíjense ustedes: una senadora no tiene empacho en pedir un referendo para legalizar creencias personales, el procurador presenta argumentos religiosos para justificar posiciones de su despacho, y el periódico más importante de Medellín censura a un columnista porque escribió dios con minúscula. Y así. Pero esas son sólo tres de las miles de formas que se ejercen quienes tienen algo de poder para imponer sus creencias y matar, simbólicamente, las de los demás; también se hace uso de una forma más simple y cotidiana para acallar el disenso en materia religiosa: el alegar irrespeto, ofensa, burla o discriminación cada vez que alguien se permite ironizar, dudar o cuestionar una creencia de fe.

Escribo esto cuando ya ha pasado la Semana Santa y a propósito de ella. Esperé a publicar esta columna en estas fechas posteriores y lo hice no porque hubiese temido herir sentimientos de algún generoso lector, sino porque no quería contaminar el debate con una exacerbada sensibilidad religiosa. Es bien sabido que en los llamados días santos los ánimos se caldean.

Esta semana que pasó vimos muchos trinos en Twitter que provocaban la fe católica. Otros, parodiaban con la historia bíblica –entre ellos yo, lo confieso— la actualidad de este país, llena de Judas, mesías, crucifixiones y Poncios Pilatos. Leímos, igualmente, muy serias columnas de opinión cuestionando la manera tradicional de vivir la fe o compartiendo un punto de vista agnóstico sobre la vida. Y todas esas manifestaciones siempre suscitaron protestas de fieles que se declaraban indignados, ofendidos y pedían respeto. Yo, sin embargo, soy uno de los que no le halla razón a su ira y voy a tratar de exponer, muy resumido, el porqué.

Como nos enseñó ese gran humanista laico que fue Carlos Gaviria, una de las virtudes de la Modernidad es la libertad de expresión, la cual está protegida por la legislación de las sociedades más civilizadas de Occidente, incluyendo la de Colombia. Con ciertos límites, como la injuria y la calumnia, nuestros códigos permiten que expresemos nuestras opiniones. Es por esto que insultar a un cura con nombre propio está penalizado, pero opinar contra la religión es un derecho consagrado por la ley, así moleste.

Lo que ocurre es que una creencia religiosa está sustentada sobre la fe y la emoción, no sobre la razón; por eso cuando un argumento racional se contrapone a uno emocional la lucha es desigual: las partes combaten en terrenos distintos. En estricto sentido, ninguno de los dos lados tendría que declararse ofendido al ser derrotado, en franca lid argumentativa, por los razones del otro. Pero generalmente esto no ocurre y quien se siente perdedor acude, lleno de soberbia, al sofisma de declararse ofendido e indignado. Las convicciones que no están respaldadas en la razón son débiles y evidencia esa debilidad quien se siente insultado al ver cuestionadas sus convicciones.

Tampoco es cierto que quien se burla de una idea abstracta como es la religión esté insultando a alguien en particular. Una de las características del fundamentalismo es, precisamente, su falta de sentido del humor. Es más, la mofa de las ideas puede llegar a ser una de las formas más exquisitas del ejercicio de la libertad de opinión y aunque puede molestar no siempre incita al odio: el discurso del odio está enmarcado en un contexto y un grupo específico. Me explico: no es lo mismo burlarse del gremio de los periodistas llamándonos brutos a todos cuando decimos las barbaridades que a veces decimos, que hacer mofa de los indígenas, judíos, negros u homosexuales, por ejemplo, poblaciones que han sido discriminadas en nuestro contexto social y victimizadas a través de muchas formas, entre ellas el matoneo. No es lo mismo ironizar hoy sobre los católicos en Kenia que sobre los católicos en Colombia, los cuales constituyen una mayoría históricamente asociada al poder.

No es cierto, igualmente, que al rechazar públicamente una moral religiosa se esté atentado contra la libertad religiosa. Ese principio -de libertad religiosa— surgió para cuestionar las creencias que se imponían desde el poder, estatal o sacerdotal, no para que las creencias fuesen intocables por la razón o el debate. Por contradictorio que parezca, la libertad religiosa es la protección de la independencia individual y no de la inefabilidad de las religiones: no es para que nos digan, por ejemplo, que si cuestionamos la interferencia cristiana sobre los códigos civiles estamos violando la libertad de los demás de creer lo que quieran.

Si yo hago proselitismo de fe estoy haciendo uso de mi libertad de religiosa, pero también hace uso de ella quien me refuta. Traiciona la libertad religiosa quien crea que puede difundir una creencia moral y que en virtud de esa libertad nadie pueda cuestionarla.

Otra cosa es que no nos guste que se nos cuestione y que las religiones organizadas, como la católica, haya vendido la idea de que la fe es una virtud que eleva al que la tiene sobre el que no. Esa idea tan interiorizada en nuestra sociedad tiene un lado peligroso: cuando la fe nos impulsa a creer que tenemos la verdad sobre los demás, cuando nos convencemos de que esa verdad hay que imponerla por el bien de todos, así sea a sangre y fuego como hoy ocurre con muchos islamistas; o a través de permear nuestra legislación como quieren hacerlo tantos dirigentes de este país; o a través de una mal entendida libertad religiosa que pretende acallar la disidencia o eliminar por completo en sentido del humor. Sobre este último punto ya veré los comentarios ofensivos de algunos lectores, los cuales, paradójicamente, se declararán ofendidos con esta opinión.

(*) Periodista y creador del blog http://elojonuclear.co/
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.