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Opinión

  • | 2015/03/24 04:27

    ¡Pretelt nos enloqueció!

    Peor que un enfermo es un montón de médicos histéricos que no sepan qué hacer, lancen los diagnósticos más absurdos y formulen remedios insólitos.

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El caso Pretelt huele mal a kilómetros. Su nombre es como una bacteria que contamina todo lo que toca y deja una estela de afectados como la más brava de las plagas. En Colombia parece haber consenso en que nuestra institucionalidad quedó infectada por el escándalo y por lo tanto, como paciente que es, debe ir a Urgencias –suponiendo que no tiene que pasar las colas inhumanas que tenemos que hacer el resto de los mortales para que nos atiendan—. Allí debe encontrarse con especialistas que tengan la cabeza fría, porque lo peor que puede encontrar un enfermo es un montón de médicos histéricos que no sepan qué hacer, lancen los diagnósticos más absurdos y formulen remedios que resulten peores que la enfermedad.

Siguiendo con la metáfora, en estos días hemos oído una variopinta cantidad de propuestas de tratamiento para el paciente –la institucionalidad—, muchas de ellas producto de la desesperación o el populismo, que no aliviarían al paciente y sí lo dejarían en riesgo mortal. Recetas para aliviar la crisis que van desde cacerolazos y plantones para pedir la renuncia de todos los miembros de la Corte Constitucional, pasando por columnistas que exigen que se vayan todos los magistrados de las cortes, hasta al Centro Democrático pidiendo una constituyente. Es como si ante un paciente con un cáncer de garganta propusiéramos arrancarle la cabeza.

Miren un ejemplo: hace unos 10 años nos escandalizamos con los llamados falsos positivos, muertos inocentes que militares presentaron como guerrilleros fallecidos en combate para lograr ascensos en su carrera. A pesar de semejante realidad –que aún no termina—a nadie con cabeza fría se le ha ocurrido acabar con el Ejército o reformar la Constitución por esa razón.

He escuchado que la crisis que generó en la Justicia el caso Pretelt es peor que la toma del Palacio en 1985. Yo creo que es grave, sí, pero exigir la renuncia de todos los magistrados, es decir, pasar por guillotina a uno de los tres poderes de la República, es, eso sí, un golpe de Estado como el que quiso dar el M-19. Otra vez: un remedio peor que la enfermedad.

Dijo Erasmo de Rotterdam algo así como que lo más peligroso que le puede pasar a alguien es que los dioses le concedan sus deseos. Pues, ¡ojalá que la providencia no sea tan generosa con estas peticiones incendiarias! Si hoy renunciaran todos los magistrados entraríamos en un limbo jurídico de proporciones peligrosísimas, empezando porque no sabríamos cómo elegir a los nuevos togados. ¿Le daríamos al Presidente Santos el poder, bajo un decreto de Conmoción Interior, para que nombre a los nuevos togados, aunque sean temporales? ¡Mejor dicho: Maduro, Castro o Kim Joug-un palidecerían de la envidia! ¡El fascismo en toda su expresión: el poder de la Justicia en manos de un solo gobernante!

Me dirán que esta será una situación temporal, que en cuestión de unos meses habrá magistrados elegidos en propiedad, todos limpios para trabajar con legitimidad. ¿Cuánto se demorará ese proceso? ¿A los nuevos magistrados los nombraría el mismo Congreso que tenemos u otro nuevo? ¿Qué haríamos con un proceso de paz que necesita de una justicia transicional clara y sólida? ¿Les decimos que esperen a los miles de colombianos cuyos procesos y tutelas necesitan de la celeridad de la justicia?

Si sólo se renunciaran los miembros de la Corte Constitucional, como pedirá con un cacerolazo el Movimiento Ciudadano Blanco ¿Tenemos claro quién nombrará a los nuevos magistrados? Pues los ternarán los mismos –presidente, Corte Suprema y Consejo de Estado— y los elegirá el Senado de la República, con las mismas maneras e intereses con los que nombró a los que se fueron.

Por otro lado, no creamos que tras cortar las cabezas de todos los magistrados vamos a amanecer, así como así, en un mundo mejor. No pequemos de ingenuos. ¿Se acuerdan lo que pasó en 1991 cuando se creó una nueva Constitución? Se disolvió el congreso para elegir uno nuevo y ¿qué pasó?… ¡pues que quedó igualito!

La Justicia está en crisis, sí, pero hay que poner esa crisis en sus justas proporciones. Hay que distinguir entre las personas y las instituciones. Hay que aportar como ciudadanos, con ideas sensatas a la Reforma del Equilibrio de Poderes, elevar la calidad –no sólo la cantidad— de los requisitos para los magistrados y exigir que sus nombramientos se hagan de cara al país. Hay que crear un régimen de inhabilidades más eficiente y eliminar los fueros y acabar con la impunidad. En eso debería aportar, por ejemplo, el Movimiento Ciudadano Blanco: no solamente en dañar unas cacerolas a totazos frente al Palacio de Justicia.

Por otro lado, las cortes van a recomponerse por sí mismas en cuestión de meses: en año y medio se habrán ido 26 de los 76 magistrados de hoy, es decir, la tercera parte. En la propia Corte Constitucional se va a resolver pronto un reemplazo para el también polémico Alberto Rojas. Pongamos nuestros esfuerzos, mejor, en presionar para que las ternas sean conformadas con decencia, pluralidad, lejos de las componendas políticas. Seamos veedores para que quien llegue esté a la altura de lo que ha sido esa Corte, que tantos avances sociales ha introducido en nuestra jurisprudencia y que ha mostrado que como institución ha consolidado el Estado Social de Derecho. No hay porqué tumbar la casa porque encontramos una humedad.

No caigamos en la trampa de usar la democracia para intentar acabar con ella. Eso es el resultado de una calentura que no conduce a nada. Habrá que hacer ajustes, tomar correctivos, pensar con cabeza fría. Dejémosles los populismos y su desesperación a otros.

*Mauricio Arroyave es periodista. Autor del blog http://elojonuclear.co/
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